EL VIAJE DE MELISSA

[L1] Epílogo

Y este sí, *sonido de tambores* es el último del último de los últimos capítulos de El viaje de Melissa: La Séptima Estrella. ATENCIÓN. Antes de este epílogo está el Capítulo 31 que he subido poco antes, y es importante, pues se averiguan cosas de cierta relevancia. Así que, si aún no lo has leído, retrocede un poco. Tampoco son muchas páginas de capítulo, unas seis.
Si, en cambio, sí lo has leído, disfruta de esta página y media de epílogo que tantas ganas tenía que escribir. En breves estaré redactando la entrada donde quiero decir un montón de cosas. Dicho esto, espero que hayas disfrutado de esta historia tanto como yo disfruté imaginándomela.

Hasta pronto.


La única luz del techo caía directamente sobre la elfa de largos cabellos rojos y el caballero de platina cabeza. Ambos estaban arrodillados y mirando al suelo. Ambos se mostraban temerosos de lo que podía venir.
Así que los habéis perdido —habló el hombre sentado en el trono, oculto entre las sombras—. Y yo me pregunto, ¿cómo habéis podido tener la osadía de llegar aquí con las manos vacías y esa noticia en vuestras inútiles bocas?
Lo sentimos, señor —dijo Bowar, en un hilillo de voz y sin levantar la cabeza—. Nos atacaron por sorpresa.
¿Entonces me estás diciendo que sois tan incompetentes como para que dos niños os engañen? —bramó Gouverón.
No, señor... —musitó Bowar, encogiéndose—. Pero apareció alguien y nos pilló completamente por sorpresa.
Ya veo.
Y entonces se levantó del trono y comenzó a bajar las escaleras que alzaban su posición. Primero una, luego otra, y seguidamente la tercera.
Senlya no había abierto la boca hasta entonces. Pero como no era la primera vez que presenciaba algo así y sabía qué haría Gouverón, no pudo contenerse. Un sentimiento que ella desconocía le provocó un atroz dolor en el pecho al imaginarse en lo que Bowar se convertiría en cuestión de segundos.
Y, sin saber muy bien por qué, una descarga eléctrica la llevó a reaccionar como ella nunca había actuado.
¡NO! —chilló.
Gouverón se detuvo en el penúltimo escalón. Senlya se dio cuenta de lo que había hecho, y sabía que no había vuelta atrás. Sin embargo, se inclinó hacia delante y se postró ante Gouverón en una postura de súplica y respeto, arrodillada y con la frente casi tocando el suelo.
Por favor, señor, perdónele la vida —imploró. Se sorprendió ante las palabras que acababa de pronunciar. Nunca jamás se hubiese imaginado que diría algo así—. Fueron sus soldados los que fracasaron, no él. Pero su hermano va en el mismo barco, así que todavía tenemos más buenas oportunidades si vamos hacia donde van ellos. Y yo le juro que conseguiré de alguna forma reclutar a más de mi raza. Pero si ahora acaba con su vida, el plan no puede salir tan bien, ya que su hermano podría investigar sobre el caso y llegar hasta aquí, y no sería bueno si consigue poner en su contra a gran parte del ejército. Piense que ya es huérfano de padres. Si se queda sin hermano, la compasión podría poner en su contra a gran número de soldados cercanos a él. Cavile sobre ello, por favor, señor.
No se oyó nada durante unos segundos. Bowar la miraba completamente anonadado, y Senlya seguía inmóvil en su posición.
Confío en que ese poder de palabra que tienes servirá para reclutar a más elfos, Senlya —habló al fin Gouverón—. Y ten presente qué ocurrirá si fracasas.
Por supuesto, señor, soy completamente consciente y me responsabilizo absolutamente de todo.
Bien. Pueden irse ambos.
La elfa y el caballero se levantaron y, tras una reverencia, se dieron media vuelta y caminaron a través del largo pasillo flanqueado por gruesas columnas de piedra. Ninguno dijo nada, pero ambos sabían que Gouverón tenía los ojos clavados en sus espaldas. Bowar esperaría a salir de allí para preguntarle a Senlya por qué había hecho aquello, y Senlya le respondería con un «porque sí» completamente indiferente. Ninguno de los dos diría nada más.
Gouverón suspiró, volvió a subir a su trono y reclinó su codo en uno de los brazos del asiento para, posteriormente, apoyar la cabeza sobre sus nudillos.
¿Lo has visto? A eso se le llama debilidad —habló de repente—. Espero que aprendas que nunca debes permitir que algo así te atrape.
Aunque al principio parecía que estaba hablando solo, no era así. Algo se movió a su vera, junto al trono. Dos figuras, una más pequeña que la otra, que siempre se encontraban allí. Todo el tiempo, sin excepción. Una acariciaba el lomo peludo de otra. Por ciertas partes blanquecinas de su pelaje que, a veces, por la escasa luz que penetraba en la sala, deslumbraba un tanto cuando se movía, podía adivinarse que se trataba de un lobo. El mismo lobo que había asustado a Melissa días atrás.
Lo he podido sentir —habló la voz de una niña—. Lo que Senlya desprendía, lo he podido sentir.
Bien, pues ya lo sabes. Jamás quieras a nadie. Jamás dejes que el amor te afecte así; no dejes que absorba desde el principio.
Entendido.
Gouverón sonrió.
Así me gusta. Aprendes rápido, hija mía.
La niña que había estado hablando hasta entonces, abrió los ojos. Y, como dos velas de luz verdosa, se distinguieron en las sombras; brillante, refulgentes e imponentes. Ambos ojos mostraron una luz antinatural, que escondía el poder prohibido de épocas anteriores.
El poder de un brujo puro.

Gracias, padre.
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[L1] Capítulo 31: Sorprendentes compañías

¡Buenas! Bueno, pues tras diría que dos años aquí, al fin terminé esta novela. Este es el último capítulo, y en breves subiré el epílogo. Por lo que, si nos ponemos quisquillosos, este es realmente el antepenúltimo capítulo. Por ello, todo lo que tenga que decir, lo diré en el epílogo y/o en otra entrada aparte. Por ahora, aquí dejo este capítulo, que tanto se ha demorado en aparecer.

Arrivederci! Y hasta el epílogo.



Había un gran barullo en el puerto. Numerosos hombres que trabajaban para el servicio del barco recogían las incontables maletas que venían en los carros de las gentes más ricas. Grupos de mujeres con altos y cargados sombreros se reunían en grupillos para parlotear y cotillear de sus cosas antes de subir al navío que las llevaría a Digrin.
Entre el gentío había un chico alto de cabellos platinos que observaba con detenimiento cómo transportaban su gran espada. Estaba atento de que la trataran con el mayor cuidado que les fuera posible. Vio cómo se quejaban del peso de aquel bulto, y cuando entraron en el barco con ella, el de delante tropezó y la espada cayó. Koren casi sale corriendo hacia ella. Pero enseguida la levantaron, comprobaron que no estaba rota y siguieron andando. Koren suspiró con alivio.
Fue entonces cuando su mirada se topó con los verdes ojos de una joven que lo miraba. Ella le sonrió en el acto y lo saludó disimuladamente con la mano. Koren la correspondió mostrando sus blancos dientes en una gran sonrisa. Junto a Gabrielle vio a una mujer alta y de cabellera negra que se dio cuenta de sus saludos, o al menos eso le pareció, pero volvió la cabeza y se hizo la despistada.
De repente alguien apareció por sorpresa a su vera. Al girarse, se encontró con una chica menuda de risueños rizos color miel sobre los que se posaba un pequeño sombrero, algo cargado de detalles, a conjunto con su vestido color jazmín.
Buenos días, Koren —sonrió Inya.
Buenos días —respondió el joven, pensando todavía en lo ocurrido en su último encuentro, intentando disimular.
Llega a llegar un poco más tarde, señorita De Sianse, y podría haber perdido el barco —observó el criado de Koren, que estaba tras este.
El barco no hubiese partido sin mí, no se preocupe —contestó Inya sin hacerle mucho caso y poniendo toda su atención en sonreírle a Koren.
Mientras tanto, Gabrielle los observaba desde su fila. Estudiaba a la chica que hablaba con Koren y pronto se percató de quién era. La tal Belinya De Sianse, la prometida de Koren. Así de cerca la pareció bastante hermosa. Su larga cabellera rizada le aportaba mucha elegancia y gracia, y su rostro era casi como el alabastro, sin poros ni imperfección alguna. Cuidada, limpia y de buen ver, parecía un buen partido. Gabrielle se sorprendió cuando se dio cuenta de lo que pasaba por su mente. ¿Qué le importaba a ella quién era o dejaba de ser esa tal Belinya? Suspiró.
Entonces un lobo apareció en escena y fue directo hacia Koren y Belinya. Al principiola gente se asustó, pero tras el animal caminaba tranquilamente un joven alto y delgado de media melena negra y ojos verdes, que vigilaban al lobo como si fuese un pequeño cachorrito inocente que solo quiere jugar. Belinya, al verlo, en lugar de asustarse, lo acarició, y Koren hizo lo mismo. Al parecer, el lobo era amistoso, y sería de aquel joven que parecía o un criado, o de la propia Inya. Pero Gabrielle no pasó por alto tal detalle. ¿Quién tendría un lobo como mascota? Que ella supiese, solo había una situación “normal” que encajase en tener un lobo. Por lo que tenía entendido, los brujos tenían como compañía los animales de su familia. Pero los brujos estaban extintos. Aunque Syna seguía viva... pero Syna era una mediobruja.
Siguió observando la escena. El lobo parecía muy apegado a Belinya. Entonces le surgió una duda que luego le pareció estúpida: ¿Sería Belinya una bruja? ¿O quizá el criado? O... ¿Tal vez Koren?
De repente sus ojos se encontraron con la mirada fija del muchacho de cabello platino. La había descubierto mirándolos. Gabrielle se puso notablemente nerviosa y volvió el rostro hacia el otro lado, avergonzada. Justo en aquel momento llamaban a Syna y a ella para entrar en el barco. Lo agradeció, y sin mirar atrás se encaminó directa a la entrada del navío, adelantando a Syna, que la observó interrogante.
Koren sonrió divertido.
Inya lo vio y luego buscó lo que su prometido observaba con tanta diversión. Solo vio a una mujer de larga cabellera negra adentrándose en las entrañas del barco.

* * *

Era el momento. El barco se movía muy lentamente al principio, como si alguien tirase de él hacia atrás y él intentase avanzar con todas sus fuerzas. Olía a agua y a pescado, algo que a Melissa le encantó. Pocas veces había visto el mar. Solo una vez al año visitaban la playa en el orfanato. Y disfrutaba nadando hasta que ya no podía más, y luego volvía a la orilla. Eso enfurecía a sus tutores, porque temían que se ahogase por el cansancio. Siempre le metían una gran bronca cuando volvía. Pero Melissa lo volvía a hacer, incluso con más ganas.
Como la gente se despedía de los familiares y amigos que se quedaban en tierra y ninguno de los tres tenía de eso, se apartaron de allí y dejaron sitio a los que sí necesitaban decir adiós a alguien. Y enseguida llegó el momento inevitable que tanto esperaba Ferlian.
¿Qué hacemos aquí y por qué lo tenías todo tan planeado? —atacó Crad sin pensárselo dos veces, cuando llegaron al otro lado de la cubierta, lejos de todos.
Ferlian sonrió.
¿Os creíais que después de haber estado buscándoos tanto tiempo os iba a abandonar así por las buenas en un momento de peligro? ¡No! Gracias a eso gané tiempo para prepararlo todo muy bien. Aunque he de reconocer que me lo facilitásteis todo muchísimo pasando por ahí.
Las aletas de la nariz de Crad se agrandaron. Iba a gritarle, pero Melissa se le adelantó nombrando las palabras que él quería decir.
¿Estás diciendo esto en serio? —Se acercó mucho a Ferlian para tenerlo en frente y que este le prestase más atención—. ¡¿Cómo te puedes tomar tan a broma lo que nos ha pasado?! ¿Estás diciendo que el que nos cogiesen y torturasen a Crad fue toda una suerte? ¡¿De verdad?!
Ferlian se echó atrás rápidamente, con un gesto de dolor.
Maldita sea, Melissa, no te me acerques tanto —se quejó—. O deja ese maldito colgante en algún sitio cuando me hables.
La joven lo agarró instintivamente. Era cierto, estaba vibrando muy exageradamente, e incluso cubierto con aquella tela se escapaban algunos rastros de luz azulada. Signo de que había un brujo cerca. Aunque esa vez no era algo sorprendente, pues sabían a la perfección la naturaleza de Ferlian, y el hurón color crema de su hombro lo reafirmaba.
Explícanos adónde vamos y por qué —intervino Crad, muy serio—. No quiero ser tu títere, y de sobras sé que Melissa tampoco.
Ferlian volvió a sonreír, luego suspiró resentido y se apoyó en la barandilla de madera del barco.
Está bien, os contaré lo que pueda, pero algunas partes son confidenciales —comenzó. Luego posó sus ojos en Melissa—. Pertenezco a la organización del Templo de Kayeh. O como a muchos les gusta llamarlo, la secta del Templo de Kayeh, que no digo yo que estén muy alejados de la realidad. Si lo vierais... Todos van con capuchas moradas y en silencio. Es tan siniestro que a veces da miedo...
No te enrolles y ve al grano, brujito —exigió Crad.
Está bien, está bien. Bueno, el caso es que allí creen en la profecía de que los guerreros que caen del cielo, llevándose consigo trozos de él en sus ojos, son los que liberarán Anielle de Gouverón.
Melissa soltó una risita por lo bajo que atrajo la mirada de los muchachos. Le hacía gracia la profecía de los ojos azules. ¿Gente que caía del cielo? En cierta manera, ella lo había hecho. Había venido de otro mundo más allá de ese. E igualmente con Anthony, el otro italiano que se había encontrado, con los ojos igualmente azules. Era sospechosa la coincidencia, pero ella no creía que alguien pudiese seleccionar quién podría entrar y quién no a Anielle desde otro mundo. Sería ilógico que solo los que tenían los ojos azules pudiesen.
¿Qué te pasa? ¿De qué ríes? —preguntó Ferlian.
De nada, de nada. Sigue —quitó importancia Melissa, notablemente nerviosa.
No hay mucho más. Solo quiero llevarte al Templo. Están reuniéndoos a todos para luchar en el frente. Tampoco os van a hacer pruebas dolorosas y terroríficas, ni experimentarán con vuestro cuerpo. O eso creo —terminó Ferlian.
¿Eres consciente de que nos has metido en un barco sin permiso y a traición? ¿De que podríamos tener más cosas que hacer donde estábamos? —apuntó Crad.
¿Tenéis más cosas que hacer aquí? ¿Que sean importantes? ¿Además de huir todo el tiempo de la justicia?
Crad calló y lo miró fijamente. Ambos iniciaron una guerra de miradas, con Melissa de testigo. Finalmente, Crad giró la cabeza, saliendo Ferlian victorioso. No tuvo mucho mérito, puesto que la mirada del brujo intimidaba a todo el mundo, y nadie podía evitar sentir reparo. Era como si pudiese atravesar los ojos de la gente y ver sus secretos más ocultos.
Sin que ninguno pudiese añadir algo más, el mismo señor con bigote que les había recibido solo llegar —o caer— al navío, se aproximó a ellos.
Hola chicos, espero que tengan un buen viaje en mi barco —dijo—. Les acompaño a sus camarotes para que se preparen para la cena. —Luego se dirigió a Ferlian—. Tengo que hablar contigo a solas.
Por supuesto, Capitán —accedió Ferlian.
Los tres muchachos siguieron al capitán. Melissa observó a su alrededor. Varios niños jugaban en la cubierta y sus padres les reñían y perseguían, exigiendo que se portasen bien. Pero estos seguían corriendo. Sonrió ante la escena. Le recordaban a los niños de su orfanato, que hacían exactamente lo mismo con sus tutores.
Al parecer, el barco disponía de dos cubiertas, más la superior y las máquinas. Sus camarotes se encontraban en la cubierta B. Es decir, la más ata. Por debajo quedaba la A, y por encima la cubierta exterior.
El camino era fácil de recordar, pues las habitaciones se disponían en cubículos en el centro y en una fila larga en los extremos, y sus camarotes se encontraban en el extremo de los impares, pues cada uno de los extremos correspondía a pares o a impares. El capitán dejó a Crad y a Melissa en los camarotes 19 y 21 indicándoles cuál era de quien, y luego siguió caminando con Ferlian.
Crad se disponía a entrar a su camarote 21 sin mediar palabra con Melissa, pues todavía se mantenía distante con ella. Pero Melissa lo cogió de la camisa.
Crad... sobre lo que pasó en la sala de Gouverón... —intentó explicar, pero no le salían las palabras.
El chico miraba al suelo, con la mano todavía en el paño de la puerta.
Sobre lo del otro mundo... —prosiguió Melissa, nerviosa—. Yo no...
Crad suspiró y la miró al fin.
Melissa...
¡Lo siento! —lo interrumpió—. ¡No sabía cómo decírtelo! ¡No sabía...!
Melissa, de verdad...
Es comprensible si me dejas de hablar, pero al menos déjame pedirte perdón. ¡Yo no lo hice porque no confiase en ti! ¡Lo juro!
Mel.
Si quieres saber algo, pregunta. Yo te voy a explicar todo lo que quieras detalladamente, y no voy a...
De repente, los dedos índice y corazón de Crad se posaron sobre la boca de Melissa, obligándola a que callase. La joven lo miró con los ojos muy abiertos.
No tienes que darme ninguna explicación —dijo Crad, para sorpresa de ella.
Aquello no se lo esperaba. Melissa había esperado gritos, ignorancia, desprecio, reproche. Pero aquello... aquello no. ¿Cómo podía Crad estar tan tranquilo? ¿A lo mejor ya lo había sabido antes? ¿O simplemente creía que estaba loca e iba a mandarla directa a un manicomio en cuanto se diese la vuelta?
Finalmente, optó por asentir levemente. Sus ojos se quedaron clavados en los de Crad, y no supo cuánto tiempo estuvieron así. Los dedos que habían presionado su boca parecían acariciar sus labios entonces. Los segundos se hicieron eternos y silenciosos, y Melissa sintió una especie de impulso interior que la quería llevar hacia adelante.
Perdón... —se oyó una vocecita.
Tanto Crad como Melissa se volvieron hacia su origen, encontrándose con una pequeña muchacha de ojos verdes y cabellos castaños que los miraba con reparo y disculpa. Enseguida entendieron que quería pasar y ellos le obstruían el paso.
Muchas gracias —canturreó la muchacha después de que se apartasen, y echó a correr por el pasillo sujetándose las faldas.
Cuando Melissa giró la cabeza en busca de Crad se lo encontró ya abriendo la puerta de su camarote.
Nos vemos en la cena —dijo, sin mirarla si quiera.
Tras el portazo, Melissa se quedó sola en el pasillo, pensativa. ¿Se lo había parecido a ella o había visto cierto sonrojez en las mejillas de Crad? Agitó la cabeza, intentando así olvidar la extraña escena que acababa de presenciar, y se adentró en su camarote individual, ansiando un baño de agua caliente. Su alegría fue máxima al ver la bañera y el biombo que se encontraban en una esquina de la habitación.

* * *

Estaba a punto de amanecer, por lo que la luz en la cubierta no era suficiente como para deslumbrar a Gabrielle, que acababa de salir. Lo cierto era que reconocía el barco, pues juraría que ya había estado alguna vez en él, cuando viajó de Digrin a Anielle con una de las familias que la adoptaron.
Pero en aquel momento buscaba a Syna, y no la encontraba por ningún lado. Le parecía increíble que una persona pudiese desaparecer en un lugar cerrado, donde no podía ir más allá, pues alrededor se encontraba el mar. ¿Cómo lo lograba?
Recorrió la cubierta con la mirada, cuando le vino algo a la memoria.
«Los brujos adquieren características de los animales. No se sabe por qué, pero así es», había dicho Syna días antes.
Y entonces se le ocurrió mirar hacia arriba. En efecto, estaba sentada sobre una madera que sujetaba las velas. Su cabello color azabache ondulaba ante el viento, y su color recordaba a un cuervo.
Por supuesto, un cuervo. De ahí venía ella, o al menos mitad de ella.
Gabrielle sonrió al ver que un hombre se desquiciaba gritándole para que bajara, mientras Syna lo ignoraba por completo y seguía observando el horizonte. La muchacha se rió por lo bajo y se dio la vuelta para irse adonde fuese. Estaba ya más tranquila al haber encontrado a Syna, y supuso que quería estar a solas, así que decidió dejarla en paz. Pero se sorprendió cuando un pequeño animal peludo y alargado corrió hasta ella. Su pelaje era color crema, y Gabrielle enseguida adivinó que se trataba de un hurón. Había visto bastantes, pues uno de sus amos era cazador y los utilizaba para cazar.
Con una exclamación que mostraba lo adorable que le parecía el pequeño animal, la joven se agachó y se propuso acariciarlo. Pero en cuanto las yemas de sus dedos rozaron su pequeña cabecita, el hurón se giró de súbito y la mordió, con tal fuerza que Gabrielle chilló y agitó la mano, con el hurón colgando de su dedo índice. Era consciente de la fuerza de los dientes de los hurones, pero el dolor era más agudo de lo que esperaba. Al ser pequeños dientecillos afilados, se le clavaban como agujas.
Fue entonces cuando, de repente, apareció un chico que agarró al hurón de un tirón. Para sorpresa de Gabrielle el animal abrió la mandíbula inmediatamente. Miró su dedo con urgencia y observó que le había dejado pequeños puntos de los que brotaba algo de sangre.
Lo siento, es muy agresivo con algunas personas —habló el chico que le había quitado el hurón de encima.
Solo después de hablar, a Gabrielle se le ocurrió mirarle. Era un joven alto y delgado, de cabello rubio oscuro casi cenizo y ojos negros como dos pozos sin fondo. Su sonrisa dejaba ver dos hoyuelos en sus mejillas, algo que lo hacía aparentar ser alguien agradable.
¿Eso quiere decir que soy una mala persona y que por ello no le gusto? —contestó Gabrielle, medio en broma, medio en serio.
No tiene por qué —sonrió el joven, todavía con el hurón bostezando cogido del pellejo del cuello—. Simplemente tienes algo que no le gusta.
¿Qué significa eso? —preguntó Gabrielle, extrañada ante su respuesta.
El chico se inclinó para decirle algo, pues ella era mucho más baja.
¿Acaso no sabes con quién vas? —le susurró al oído.
Gabrielle se sorprendió.
¿Te refieres a Syna?
Pudo ver levemente cómo, al pronunciar su nombre, el chico hizo un amago de sonrisa que se esfumó al instante.
Podría ser. —Seguidamente se apartó de ella—. Tampoco quiero entrometerme. Adiós.
A la muchacha le costó reaccionar. Solo cuando ya se alejaba, corrió tras él y le agarro del brazo para detenerlo y llamar su atención.
Espera, ¿qué querías decir? —insistió, nerviosa.
Eres muy curiosa, muchacha —objetó él.
¿Qué sabes tú de ella?
El joven volvió su mirada hacia ella.
¿De Syna? —preguntó.
Gabrielle asintió, muy seria. El chico miró entonces hacia arriba, hacia donde se encontraba Syna, pareciendo ignorar todo lo que ocurría abajo.
Nos conocemos un poco —dijo simplemente. Luego se volvió de nuevo y bajó las escaleras hacia el interior del barco.
Esa vez, la chica no lo siguió.
Unos metros más arriba, sobre una vela, Syna se movió por primera vez. Giró su cabeza y bajó la mirada hacia una Gabrielle inmóvil y anonadada.
¿Ferlian? —susurró al viento.

* * *

Koren se encontraba sentado en una de las sillas dispuestas en la cubierta. Sobre su regazo yacía un libro abierto que antes había estado leyendo, pero que en cuanto reconoció la voz de la muchacha de ojos verdes, lo dejó aparcado. Aunque simplemente se había dedicado a observar cómo hablaba con aquel extraño chico rubio del hurón. Se preguntó de quién se trataría, si Gabrielle lo conocía de antes o no. Le había parecido que había habido confianza entre ellos, pero no sabía nada más. Pensativo, siguió con la mirada cómo Gabrielle se iba hacia el interior del navío. Pero de repente alguien se colocó delante de su campo de visión. Alzó los ojos y se encontró con una joven de cara infantil que lo miraba con sus dos grandes ojos marrones.
¿Qué haces? —preguntó con una dulce voz.
Leo —respondió él, seco. Cuando se dio cuenta de lo rudo que había sido, quiso rectificarlo un poco—. ¿Y tú?
Inya se fue a sentar en el asiento que había junto a Koren.
Nada, solo paseaba por la cubierta. Estoy algo nerviosa.
¿Nunca habías subido antes a un barco?
No es eso —sonrió Inya—. Pero solo de pensar que dentro de nada estaremos en Digrin. ¡Siempre me ha gustado ese sitio!
Koren suspiró.
Es algo tétrico. Me sorprende que te guste un lugar así —objetó.
¡Para nada es tétrico! —exclamó Inya—. Allí viven las aristocracias más importantes. Mi padre es natal de Digrin, y a mí me enamoraron las fiestas que se celebran.
Yo nunca he estado en ninguna —comentó Koren—. ¿Cómo son?
La joven se sintió jubilosa al ver tal atención puesta en ella por parte de Koren. Le comenzó a relatar, sin esconder su entusiasmo, el tipo de fiestas que se solían celebrar en las casas de más alta clase. De disfraces, de máscaras, bailes... Todo con una elegancia y exquisitez que no poseía ningún lugar más en ese mundo.
Sin embargo, Koren no la estaba escuchando del todo, aunque lo pareciese. A ratos, cuando Inya no le miraba, él dejaba escapar una ojeada hacia la puerta que entraba al interior del barco, esperando tal vez a que alguien apareciese por allí.

* * *

En la soledad del camarote no se oía prácticamente nada a excepción del crujir de las maderas del barco. En la esquina de la habitación, ella estaba completamente sumergida en la bañera. Tenía los ojos cerrados y su cabello color chocolate ondulaba en el agua como si de un alga se tratase. Lo que hacía, tan inmóvil, era cavilar sobre las circunstancias que la habían llevado hasta ese lugar en ese momento. Ahora que tenía algo de tranquilidad, se daba cuenta de cómo todo había empezado con una simple aventura para huir de aquel horrible orfanato en el que vivía y ser libre. Entonces se percató de la de consecuencias que había conllevado aquello. Y de cómo lo agradecía. Adoraba aquel mundo, adoraba la gente que había conocido, y aunque su vida se había tornado de lo más peligrosa, adoraba su situación. Porque era libre y podía decidir por sí misma. Porque no era que ya no estuviese encerrada en un orfanato que pretendía ser su hogar, si no que entonces no tenía casa. Su casa era el mundo entero. Y la sensación de ser consciente de ello era increíble.
Una luz familiar la llevó a abrir los ojos bajo el agua. Tenía fama de aguantar mucho tiempo la respiración, por lo que todavía no sentía ninguna prisa por salir. Lo que vio ante ella fue la piedra de su colgante, ya despojada de aquel horrible trozo de tela, brillar con su tan típica luz azulada, inundando toda la bañera con ese color y haciéndola deslumbrar a ella. Y, como entonces ya sabía, eso significaba que un brujo estaba cerca. Supuso que se trataba de Ferlian, que pasaba por allí para llevársela a la cena, por lo que sacó la cabeza del agua y esperó a que golpease la puerta.
Sin embargo, no ocurrió lo que se esperaba.
Señorita Inya, debería darse un poco más de prisa o llegaremos tarde a la cena.
No digas tonterías, David. Llegamos a tiempo.
Siempre dice eso, pero siempre acaba haciendo esperar a todos.
Bueno... ¡esta vez no!
Melissa se esforzó por escuchar bien los pasos. Eran tan solo dos personas; por lógica, las que habían hablado. Parecían alejarse, pero Melissa actuó rápido y salió de la bañera de un salto. Cogió una toalla y se la enrolló en el cuerpo al mismo tiempo que corría apresurada hacia la puerta. La abrió y se asomó al pasillo, completamente empapada y sujetándose la toalla contra su cuerpo con fuerza. Tan solo le dio tiempo a ver cómo una joven de largos cabellos acaramelados y un joven mucho más alto que ella, elegante y vestido completamente de negro, cruzaban la esquina. Melissa miró hacia todos los lados, aún esperando encontrar a Ferlian.
Pero no lo vio.
Bajó la mirada hacia su colgante. La piedra seguía brillando, pero poco a poco fue apagándose.
Hasta que dejó de oír los pasos.
Había dejado un charco en la alfombra del pasillo, pero poco le importaba en ese momento. Melissa se quedó observando su colgante, aguardando tal vez alguna otra reacción.
Pero no hubo nada más. Y solo una idea se le vino a la cabeza.

No sabía cuál de los dos era, pero una cosa estaba segura: alguno de ellos era un brujo.
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[L1] Capítulo 30: Sin retorno

¡VAYA, ¿QUIÉN ESTÁ AQUÍ?! YO. SÍ SEÑORES, LA MISMA.
Matadme, llevo medio año sin subir capítulo nuevo. MEDIO AÑO. Y como decir "lo siento" ya me suena demasiado poco para todo lo que os he hecho esperar, aquí tenéis algo que he preparado con todo mi amor incondicional hacia vosotros:


Como podéis ver, en este capítulo he pasado de hacer la imagen correspondiente -.-".
Y bien, os localizo en la historia (donde se quedó):

Se había quedado en que Inya había besado a Koren y luego había huido. Pero ambos debían coger un barco hacia Digrin juntos. Por otro lado, Syna y Gabrielle también iban a coger el mismo barco hacia el mismo lugar por cuestiones del trabajo de Syna. Finalmente, Melissa y Crad habían sido detenidos y encarcelados, y Melissa se había encontrado con una mujer que había resultado ser la madre de Gabrielle. Además, el capítulo se quedó en que Melissa confiesa de dónde viene (la Tierra) y accede a enseñarles el "portal" para llegar a su mundo a cambio de salvar a Crad.
Así pues, sigamos con la historia, como hace medio año (ups...jeje):



Syna se encontraba sentada bajo un árbol, admirando el mar. Tenía una bolsa junto a ella, en la cual había dos bocadillos y dos cantimploras de agua. La razón por la que estaba allí en aquel momento era que había regresado a darle la comida a Gabrielle y la había encontrado luchando con un chico. Al principio había querido intervenir, creyendo que estaba en apuros. Pero al ver cómo hablaban y sonreían entre ellos, se percató de que se conocían, y que el chico no suponía ningún problema. Como no quería estorbar, había decidido retirarse y esperar un tiempo hasta que aquel misterioso joven de cabellos platinos se fuera.
Suspiró y se levantó, cogiendo la bolsa. Ya había pasado bastante, por lo que creyó que lo mejor era comprobar si su compañera seguía allí o no. Se encaminó hacia el lugar y lo único que encontró fue a una Gabrielle sentada en el suelo con la espada entre las piernas y pensativa. Ni rastro del otro.
En cuanto esta la vio, sonrió y se levantó.
Has tardado un poco —observó, cogiendo al vuelo el bocadillo que le lanzó Syna—. Empezaba a preocuparme.
Había bastante cola —contestó Syna, colocándose a su lado y sentándose en una rama baja para desenvolver su bocadillo.
No había mentido. Era cierto que se había encontrado con muchos clientes, pero tampoco comentó nada de su descubrimiento de la relación entre Gabrielle y el chico. Prefirió no entrometerse, aunque no podía evitar sentirse algo curiosa. Que ella recordase, Gabrielle no le había comentado nunca que tuviese una amistad por ahí. Aquello le extrañaba un tanto.
Syna... —murmuró Gabrielle de repente, sentándose a su vera.
La interpelada giró la cabeza hacia ella. Gabrielle tenía la mirada puesta en el suelo, y jugaba con sus pies en un gesto nervioso.
¿Qué pasa? —incitó Syna.
¿Puedo preguntarte algo? —preguntó, insegura.
Claro.
Gabrielle todavía tardó un rato más en volver a hablar.
¿Tú... eres de Digrin, no?
La pregunta sorprendió a Syna.
Sí. Nací y crecí allí.
Y... Bueno, da igual —saltó, agitando la mano—. No me hagas caso, de verdad. Era una tontería.
Syna se la quedó mirando, interrogante. Luego torció los labios y mordió su bocadillo.
¿Recuerdas alguna casa blanca de mármol, junto a un río y con un gran jardín? —preguntó Gabrielle entonces.
Syna abrió los ojos como platos y empezó a toser, golpeándose el pecho. Se había ahogado sin querer con un trozo de pan. Gabrielle se sobresaltó ante aquella reacción y le dio golpecitos en la espalda, asustada.
¡Ten cuidado! —le dijo—. ¡No te vayas a ahogar!
¿Por qué preguntas eso? —la ignoró Syna, una vez se hubo aclarado la garganta.
Oh, por nada —musitó Gabrielle—. Simplemente es que hace días que no paro de verla. Es como si siempre hubiera estado en mi mente pero la recuerdo ahora. Es... extraño.
Se giró con un escalofrío al sentir la mirada fija de Syna. La estaba observando con sus ojos dorados como si quisiese adentrarse en su mente. Y Gabrielle comenzaba a sentir algo así. Unos hilos invisibles parecían salir del iris de Syna y adentrarse en la cabeza de Gabrielle. Se sintió desnuda, rara y muy incómoda.
¡¡Irenaya!!
La joven abrió los ojos. Aquello había sonado dentro de su mente. Parecía la voz de una niña.
¡¡¡Irenaya!!!
De repente, sintió la piel fría y extrañamente húmeda, como si estuviese dentro del agua. Oyó la corriente de un río y notó cómo a veces le faltaba el aire.
¡Irenaya, cógete a mí! ¡Rápido!
Más agua, más frío, menos oxígeno. Gabrielle estaba confusa, y sentía punzadas en el pecho que se extendían por todo su cuerpo.
¡¡¡PARA!!! —gritó.
Su bocadillo, todavía envuelto, cayó al suelo. Cubrió sus oídos con las manos y cerró los ojos muy fuerte, sin dejar de gritar. Se asustó cuando alguien la cogió de los hombros y la zarandeó.
¡Gabrielle! ¡Gabrielle! ¡¿Qué te pasa?!
Intentó abrir los ojos, pero, súbitamente, todo desapareció.

Solo oía un murmullo confuso a mi alrededor. Una extraña fuerza me impedía moverme con facilidad. No podía abrir los ojos, y la desesperación se apoderaba de mi cordura. Lo único que quería era salir. Me estaba quedando sin aire.
Al fin conseguí sacar la cabeza. Respiré bien hondo, hinchando mis pulmones, los cuales ya me dolían por la falta de oxígeno. Pero aun así, la corriente seguía arrastrándome. Yo no podía hacer nada. No sabía nadar y, aunque supiese, no me serviría de nada. Por mucho que me esforzase en llegar a la orilla y cogerme a algo, la corriente siempre iba a ganar a mis fuerzas.
¡¡¡Irenaya!!!
Me sorprendí al oír aquella voz, y entre zambullida y zambullida, pude ver a una figura pequeña que se acercaba deprisa por la orilla hacia mí. Era una niña de larga cabellera negra, libre al viento. Sus ojos, dorados y brillantes, seguían mi cuerpo arrastrado por la corriente, y su rostro parecía reflejar cierta preocupación. Pero yo ni tan siquiera podía fijarme demasiado en ella. Lo único que ocupaba mi mente y mis sentidos era sobrevivir, salir de aquellas aguas que podían llevarme a la muerte.
¡¡Aguanta, Irenaya!! —gritaba la niña, corriendo para alcanzarme.
Pero hasta yo sabía que ya no había salvación, que caería por la cascada, y si no me daba con una piedra en la cabeza, me moriría ahogada igualmente. O eso creía.
Llegó el punto en el que todas mis fuerzas se agotaron, mandándome así al fondo del río, dándome por vencida ante la corriente.
Supe que todo terminaba en aquel momento. Sentí un pinchazo en el pecho, que luego se extendió por los brazos. Y entonces dejé de notar la corriente, y todo pareció sumirse en la calma. Llegué a creer que aquello era la muerte. Pero mis ojos se abrieron de golpe en cuanto mi cuerpo chocó contra una superficie dura. Aspiré aire por impulso, llenándome los pulmones al máximo, y me sorprendí al descubrir que no me ahogaba, que aquello era aire de verdad. Aunque sobre mí observaba el agua pasando con furia. Pero esta ni siquiera me rozaba. Miré a mi alrededor, sin caber en mi asombro.
Estaba en una especie de cúpula de aire, y el río seguía corriendo a mi vera, chocando contra una pared invisible de forma de media esfera. Me quedé unos segundos observando tal fenómeno, desconcertada, creyendo estar en una especie de sueño. Y al poco tiempo, una mano atravesó la capa de agua, abriendo la palma hacia mí, invitándome a aferrarme a ella. Dudé unos instantes, hasta que al final estiré el brazo...

Gabrielle se tiró al suelo, chillando y con las manos sujetando su dolorida cabeza. Sentía como si alguien le estuviese apuñalando el cerebro constantemente. Y aunque cerrase los ojos, una imagen no cesaba de parpadear en su conciencia: un enorme e inquietante ojo dorado.
¡Gabrielle, escúchame! ¡No hay nada! ¡Es todo tu mente! —decía una voz conocida a su lado.
La joven abrió los ojos, sobresaltada. Al principio sintió un mareo, hasta que el paisaje se enfocó y recuperó la consciencia. Syna la sujetaba por los hombros y se alivió al descubrir que Gabrielle había vuelto en sí. Pero en cuanto esta se volvió hacia ella, volvió a chillar, cubriéndose el rostro y tirándose hacia atrás. Aquella reacción fue completamente inesperada para Syna, quien, atónita, se quedó en el sitio observando a la muchacha. Cuando Gabrielle se percató de lo que había hecho, se incorporó enseguida.
Lo siento... creía que eras otra persona —musitó.
¿No habrás olido alguna flor morada rara últimamente? —preguntó Syna de súbito.
Gabrielle la miró extrañada.
No... ¿Por qué?
No lo hagas. Provocan alucinaciones, fiebre, vómitos y, en un caso extremo, pueden llevarte a la muerte.
Gabrielle se quedó de piedra, mirándola. Le pareció un destino cruel para algo provocado por una flor, que tan inocente solía parecer.
Pero ya no comentaron nada más sobre lo sucedido. Tras comerse su respectiva comida se encaminaron hacia el puerto, a esperar al barco que estaba por llegar.

* * *

Aquel viaje había sido uno de los más incómodos y silenciosos que jamás había conocido el universo. O eso le pareció a Melissa.
Tanto ella como Crad estaban en la misma caja gigante, llevados por un carro como si fuesen animales. El único lugar por el que entraba un poco de luz era por tres agujeros del tamaño de un puño que había en el techo. Aquello estaba diseñado, pensó ella, para que ningún prisionero descubriese el camino de vuelta o algo por el estilo. Pero la desventaja de eso era que ese cubículo olía tan mal que ahogaba. Eso indicaba que aquella cosa había presenciado viajes muy largos de prisioneros o esclavos.
Melissa miraba a Crad de cuando en cuando, quizá esperando a que dijese algo. No le había dirigido la palabra desde que habían salido. De echo no se le oía desde que Melissa había confesado su secreto sobre la Tierra. Y ella tenía miedo a hablar primero. ¿Quizá Crad se sentía traicionado por ella por no haberle contado nada? ¿O quizá ahora le tenía miedo? La duda mataba por dentro a la joven, y ya no podía aguantarlo más. Hablaría; lo iba a hacer. No sabía lo que diría, ya le saldría. Pero no podía esperar más.
Abrió la boca al mismo tiempo que el carro se detuvo y la puerta del cubículo oscuro se caía. Los soldados ordenaron a los dos muchachos que bajasen y, atándoles las manos por delante a ambos, los empujaron hacia el bosque. Ese bosque que tanto le hizo sentir a Melissa al verlo en aquel momento.
Recordó ese lugar como el primer día que llegó a él. Recordó ese lugar como el comienzo de algo que iba a acabar de aquella forma. Recordó ese lugar como el lugar clave donde había conocido a Crad, que ahora no le dirigía la palabra. Recordó cómo lo había asociado tiempo atrás con la liberación. Era irónico, pues en ese instante estaba con las manos atadas adentrándose en lo que antaño había sido “la liberación”. ¿Todo acabaría allí? ¿Podía fiarse de esos soldados? ¿Los matarían después de descubrir la entrada a la Tierra?
Posiblemente.
La hacían ir delante para guiarlos. Ella dudó sobre el camino que debía coger, pues sabía el lugar pero no sabía llegar. Pero, nuevamente, Crad la salvó colocándose a su vera y llevándola.
Te conduciré hasta el lugar donde te salvé de aquel bandido —le susurró. Su corazón dio un fuere latido al oír su voz de nuevo después de tanto tiempo en silencio con ella—. A partir de ahí a ver si encuentras el sitio.
Gracias —musitó, sintiéndose en eterna deuda con él.
Así, en cuanto llegaron al lugar, Melissa recorrió todos y cada uno de los árboles con la mirada. Enseguida encontró el que buscaba, pues era distinto a todos los demás. Era el más “terrícola”. Sus hojas eran más normales, sin formas extrañas, y su tronco, blanquecino, a diferencia de todos los de su alrededor. Se detuvo frente a él e hizo un gesto con la cabeza al líder de los guardias, indicándole que ese era el lugar. El guardia le dijo algo que Melissa no entendió.
Dice que se lo muestres —tradujo Crad, con voz monótona.
Melissa lo miró con agradecimiento, observando cómo dos guardas lo habían cogido de ambos brazos para que no huyera. Solo ella estaba libre, y era el centro de todas las miradas. Inspiró con fuerza y avanzó hacia el árbol. Lo estuvo observando unos instantes, calculando cómo debía hacerlo para saltar sobre sus raíces. Se giró hacia el guardia líder y le ofreció las manos, en señal de que debía desatárselas. El líder dudó unos instantes, pero finalmente cortó las cuerdas con su espada y le hizo un gesto para que siguiese. La joven se colocó junto al tronco y apoyó su mano en él mientras cavilaba su método.
Su mente la llevó al día en que se había tropezado y caído junto a él y al levantarse se había visto en un mundo distinto. En cuanto comprendió lo que ocurría, había sentido como si hubiese dejado toda su anterior vida atrás. Pero atrás de verdad. Atrás de lejos, muy lejos.
¿Qué pasaría si volviese a la Tierra? ¿La estarían esperando? ¿Le esperaría un castigo? ¿Qué habría sido de todos sus conocidos?
Entonces se dio cuenta de que echaba de menos su planeta y orfanato algo más de lo que creía. Que incluso añoraba la poca libertad del orfanato. No tenía que hacer nada por aquellos tiempos, todo se lo hacían. Ella solo se preocupaba de vivir. Allí, en Anielle, había estado constantemente huyendo de un lado a otro. Allí, en Anielle, tenía que preocuparse también de sobrevivir. Cuántas veces había estado en peligro, contando aquella. Y en aquel momento justo, se preguntó si llegar a ese mundo había sido bueno o no. Si hubiese valido más la pena quedarse donde estaba, a la espera de que una familia la adoptase. O quizá esperar hasta la mayoría de edad y salir del orfanato para buscarse la vida ella sola.
Era el instante decisivo. Lo que pasaría después no estaba al alcance de su saber. Nada lo había estado realmente desde que había llegado allí. Si lo pensaba, en la Tierra tenía el futuro más o menos planeado, tanto por ella como por sus cuidadores. En cambio en Anielle no sabía nada del mañana. No sabía si al día siguiente seguiría viva o muerta, ni tampoco adónde la llevarían. Era todo un misterio.
Pero eso le gustaba. No quería saber qué ocurriría en el mañana. No quería una rutina monótona y aburrida. Ella quería aquello, ese mundo, Anielle. Ella quería seguir con Crad, con sus huidas de la ley. Lo prefería mil veces.
Pero ya no había vuelta atrás.
Retrocedió unos pasos para coger carrerilla y tirarse bajo el árbol. Instintivamente, cogió su colgante, que seguía envuelto en el trozo de tela que la mujer del calabozo le había dado diciendo que así estaría más protegido. Lo notó vibrar en sus dedos con una gran intensidad. Se preguntó por qué, pero no había tiempo de descubrirlo.
Comenzó a correr y se lanzó sobre las raíces.
Aquella vez no se golpeó la cabeza. Lo había calculado para que eso no ocurriese. Tampoco se mareó, y supuso que el mareo de la primera vez que había atravesado el “portal” había sido debido al golpe. Se incorporó y miró a su alrededor, esperando encontrarse de nuevo en su mundo natal.
Lo único que vio fue a un montón de hombres con armaduras y espadas y a un Crad con una ceja alzada, mirándola sin comprender.
Ella tampoco lo comprendía. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no había vuelto a su Tierra? ¿Se había equivocado de árbol? No, era imposible. Estaba completamente segura de que era ese...
Pero antes de que pudiese reaccionar, rectificar o volverlo a intentar, una daga silbó en al aire y fue a clavarse directa en la frente de uno de los guardas que sujetaba a Crad. Este enseguida reaccionó y le dio un puñetazo al guarda restante, dejándolo en el suelo con la nariz rota.
A partir de ahí se inició una lucha entre Crad y los guardias. Melissa seguía en el suelo, observando el panorama y sin saber muy bien cómo actuar. De repente, alguien apareció junto a ella y le entregó una daga.
Úsala si quieres —dijo solamente antes de adentrarse en la batalla.
Era Ferlian, que, como siempre, aparecía de improvisto. Melissa adivinó que él había sido el que había salvado a Crad.
Justo entonces, uno de los guardias fue hacia ella. Melissa, sin pensárselo y viendo la espada sobre ella, se preparó, y en un acto reflejo le clavó la daga en la pierna. El hombre gritó y soltó su espada. La sangre comenzó a emanar de la herida con brutalidad. La joven sacó la daga de la carne y se alejó unos pasos, quedándose paralizada y sin acabar de creerse lo que acababa de hacer. Antes de que pudiese presenciar algo más, Ferlian la cogió del brazo y se la llevó por delante, guiándola por el bosque.
¡Vamos, no llegaremos a tiempo! —decía mientras corría, arrastrando a Melissa con él.
¿Adónde? —preguntó Melissa, confusa.
¡Al barco!
Crad iba tras ellos, y algunos de los guardias que podían moverse corrían detrás.
Se encontraron de repente con dos caballos que parecían estar esperándoles. Ferlian subió de un salto a uno de ellos y luego tiró de Melissa para que subiese con él. Crad llegó unos segundos después y subió al otro. Inmediatamente los hicieron cabalgar lo más rápido que pudieron. Melissa se cogió bien fuerte a Ferlian y se cuidó de no acercarle la punta de la daga ensangrentada que seguía sujetando.
Lograron dejar atrás a sus perseguidores con éxito, pero Ferlian siguió avanzando. Cabalgaron a lo largo de media hora sin parar, y Melissa veía cómo los animales estaban exhaustos.
Finalmente, llegaron al puerto. Ferlian bajó del caballo y ayudó luego a Melissa. Posteriormente, cogió una bolsa atada a la silla del corcel y guardó en ella la daga que todavía sujetaba Melissa. Luego aferró su mano nuevamente y tiró de ella mientras corría. No se molestó en atar el caballo.
Crad, sin ver otra opción, los siguió.
Sortearon a la gente como pudieron, empujándolos y gritando para que la gente se apartase de su camino. Todos se los quedaban mirando con cierto rastro de ira en sus ojos. Ferlian, ignorándolos, siguió adelante.
El barco ya arrancaba. Cuando llegaron a la trampilla por la cual los pasajeros habían subido al barco, solo quedaban dos policías vigilándola. Ya nadie podía pasar. Pero Ferlian los empujó y subió las escaleras rápidamente, con Melissa y Crad detrás. Llegó al límite entre la trampilla y el barco, donde había un metro de distancia que los separaba. Sin pensárselo dos veces, Ferlian saltó. Melissa se vio arrastrada por él y Crad lo imitó por su propia cuenta.
Afortunadamente, lo consiguieron. Los tres cayeron de bruces sobre el suelo del barco, respirando cansados y con todos los músculos ardiendo por la intensa carrera.
De repente se oyó la risa de Ferlian. Melissa lo miró con cierto enfado. ¿Cómo podía reírse después de todo aquello?
Una figura se colocó ante ellos. Los tres alzaron la mirada y se encontraron con un hombre con bigote de aspecto serio y los brazos en jarra. Los miraba como acusándolos, y Melissa temió que los detuviera o algo por el estilo. Sin embargo, el hombre sonrió y miró a Ferlian.
Temía que ya no llegarais a tiempo —dijo, dirigiéndose a él—. Un poco más y lo perdéis. Comenzabas a preocuparme.
Ferlian sonrió.
Siempre lo consigo. No sé de qué te preocupaste —dijo con cierto rastro de ego.

* * *

Los soldados heridos iban levantándose poco a poco, y los todavía enteros y sanos iban limpiando la zona de cadáveres.
Sin que ninguno de ellos se percatase, alguien los observaba entre la vegetación. Una anciana de larga cabellera gris e intensos ojos verdes. Una anciana a la que solían llamar Yaiwey.
De repente sonrió. «No me ha hecho falta intervenir —pensó para sí misma—. Es una sorpresa cómo se las han arreglado ellos solos para salir de esto. Puede que Melissa empuje a Crad a ser más sociable. Si no hubiese aparecido ese pequeño brujo, tendría que haber intervenido yo. La relación con el chico solo puede ser obra de Melissa. No creo que Crad haya aceptado a un brujo en su equipo». Luego suspiró ante aquel último pensamiento. Crad no aceptaría a un brujo nunca. Pero no había tenido más remedio.
Volvió la cabeza hacia abajo y observó al lobo que estaba sentado junto a ella. Este la miraba fijamente. Ahora sus mentes volvía a estar conectada. Para siempre, posiblemente.
Ahora Yaiwey volvía a ser lo que era.
Se agachó y acarició la cabeza del animal. Su pelaje era blanco y sobre el lomo tenía pequeñas motas gris. Era un lobo hermoso, y sus ojos profundamente verdes lo embellecían todavía más.
Te eché algo de menos —le susurró la anciana.
El lobo cerró los ojos y se frotó contra ella. Yaiwey adivinó que ello significaba que él también. Le costaría volver a acostumbrarse a estar ligada a un animal. Pero la situación lo había requerido y ella lo había decidido. Ya no había marcha atrás. Ahora solo podía tirar hacia adelante.
Alzó la cabeza al oír algo. Vio que se trataba del aleteo de un cuerpo que se había posado en la rama de un árbol y la miraba fijamente. Yaiwey aguantó su mirada. El animal poseía un solo ojo dorado.
Heik Curosen, de los brujos cuervo —dijo en voz alta—. No sabía que todavía siguiese vivo. ¿Sigue buscando a su hija perdida?

El cuervo se agitó, pareciendo estar molesto por lo que acababa de decirle, y luego echó a volar con un graznido. Yaiwey se levantó y lo observó marcharse. Luego se fue a casa, seguida de su lobo.
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[L1] Capítulo 29: El coleccionista de secretos

Hola, soy la señora tardona. Lo siento mucho, pero es que tengo la agenda muy ajetreada. ¡Si hoy me he despertado a las nueve y media expresamente solo para terminar este capítulo y subirlo! Apenas tengo tiempo, ni para leer ni para escribir. ¡Vivo estresada! Y ahora entran fiestas en mi pueblo, y luego en el otro, y luego en el otro. Pero no quiero contaros mi vida, solo deciros que últimamente este blog está muy a lo ueh, tardo 2, 3 meses en subir. :( Sorry...
A todo esto, este capítulo es un pelín largo.
Cuando tenga tiempo iré leyendo vuestros blogs para ponerme al día. :'(

Arrivederci! ¡Disfrutad el capítulo! ¡Es hora de que me vuelva a dormir! Zzzzzz...




¡Qué vergüenza! —exclamaba la señora De Sianse por tercera vez consecutiva—. ¡Ese no es el carácter de una dama!
El señor De Sianse estaba serio, mirando fijamente hacia la ventana y sentado en su butaca. Su mujer se encontraba acomodada en el sillón de al lado. Esta había dejado su taza de té sobre la mesita y no paraba de gritarle a su hija, Belinya de Sianse, que se mantenía de pie, con la cabeza baja y las manos cruzadas ante ella.
Pero Koren es mi prometido —murmuró Inya.
¡Pero no puedes besarle en un callejón, como una fulana! ¡Las habladurías que has levantado son enormes! ¡Ahora te has ganado una muy mala fama! ¿Qué va a ser de los Sianse? —seguía lamentándose su madre.
Inya comenzaba a ponerse nerviosa. No soportó callarse más y chilló:
¡Antes también hablaban! ¿Qué diferencia hay? ¡No puedo hacer nada sin que el pueblo se entere y hable! ¡No puedo quedarme siempre callada y sonreír! ¡A eso no lo considero vida! ¡A eso lo llamo condenarse a ser una estatua, una simple figura que camina y no siente! ¡Quiero ser yo!
¿Cómo puedes decir eso? —se escandalizó—. ¡Eres una dama! ¡Tu deber es preservar el honor de los Sianse!
¡Solo sabes hablar de deberes! ¡Hay más cosas además de eso! —contraatacaba ella.
¡Estás volviéndote muy contestona, jovencita! ¡Así no te irá bien en la vida!
No me puede ir peor ya... —musitó en voz muy baja.
¿Qué has dicho?
Nada.
Su madre se la quedó mirando, muy seria. Inya no soportaba sus ojos. Su rabia había ido creciendo a lo largo del tiempo, y ahora sentía que había estallado, y que si volvía a abrir la boca no podría controlarse.
Que sepas que estás castigada.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. La cara de la jovencita se enrojeció de puro enfado, y apretando los puños, tensó sus músculos.
¡No tienes derecho! —gritó, como jamás lo había hecho—. ¡Ni siquiera eres mi madre!
La mujer abrió mucho los ojos. Las palabras de Inya parecieron penetrar en lo más profundo de su ser.
No digas eso, Belinya...
¿Por qué no si es la verdad? —preguntó Inya, furiosa.
Porque eso también te influye a ti —aclaró. Pero en cuanto vio la expresión de dolor que Inya mostró, suspiró—. De verdad, Belinya. Esto no puede seguir así. Tienes que comportarte como una verdadera Sianse.
¡No quiero ser una Sianse si eso implica ser una esclava de la sociedad! ¡Es horrible! ¡A veces preferiría que no me hubierais adoptado!
Dicho esto, corrió hasta la puerta del salón, la abrió con brusquedad y se alejó por el pasillo del palacio, escuchando la voz de su madre llamándola a sus espaldas. Estaba furiosa, pero había soltado todo lo que se había guardado durante tanto tiempo. Se sentía liberada al fin, y esa sensación le gustó.
Después de aquello, se encerró con llave en su cuarto y se tiró sobre la cama, enterrando el rostro en su almohada. No sabía qué hacer a partir de entonces. Se sentía en un callejón sin salida, y la angustia la quemaba por dentro. Sabía que deseaba demasiadas cosas que tenía muy lejos de su alcance, y odiaba no poder encontrar una solución. Tenía conciencia de que aquello que le había dicho a su madre había sido cruel. Pero al fin y al cabo, era lo que pensaba. Y ya no pretendía ocultar nada de su interior. Ya no le importaba en absoluto lo que la gente le dijera. Decidió entonces que lo único que buscaría sería su propia satisfacción y felicidad. Lucharía por ello hasta el final, ignorando a los demás. Esa fue su promesa.

* * *

Hacía ya un rato que Melissa y aquella mujer estaban calladas. Melissa seguía sufriendo la claustrofobia, y jadeaba sin cesar, sintiendo cómo le faltaba el aire. Abrazandose las rodillas, cada vez se pegaba más a la puerta, como si pretendiese atravesarla. No dejaba de mirar el ventanuco de la pared de enfrente. Era la única comunicación con el exterior que había allí.
De repente, la mujer comenzó a murmurar algo demasiado bajo para que Melissa pudiese oírlo. Esta hizo un esfuerzo por entenderla, pero descubrió que simplemente se había dormido y estaba murmurando en sueños. Decidió dejarla en paz y seguir a lo suyo, pero la mujer se puso a gritar sin previo aviso:
¡Gabrielle! ¡Gabrielle! —chillaba—. ¡Corre!
Melissa se acercó a ella, asustada. Intentó despertarla zarandeándola, y descubrió que su piel estaba terriblemente seca. Tenía un tacto rugoso y duro, y le recordaba a la piel de un reptil. Al retirar la mano se dio cuenta, con sorpresa, que se había quedado con trozos de piel muerta de la mujer. Estaba tan desnutrida...
Súbitamente, la mujer lanzó un grito y se irguió, cogiendo a Melissa de los brazos y acercando mucho su rostro al de la joven. Melissa se sobresaltó. Tenía miedo, pues veía los ojos desorbitados de la mujer a menos de un palmo de los suyos.
¿Qué... qué ocurre? —preguntó Melissa con hilo de voz.
La mujer rompió a llorar sin razón aparente.
Gabrielle huyó —dijo entre lágrimas, con la respiración alterada y sin soltar a la joven.
¿Quién es Gabrielle? —siguió Melissa, intrigada.
Gabrielle es mi hija.
Y la mujer siguió llorando. Esta vez, sus manos ya no tuvieron más fuerza y soltaron a Melissa, dejando caer sus brazos como un peso muerto y apoyándose en la fría pared de piedra. Melissa la observaba con cierta compasión. No sabía qué debía hacer, o qué tendría que decir. No conocía a ninguna Gabrielle, pero creyó, por la reacción de la mujer, que estaba libre, fuera de aquel lugar. Por otro lado, también se planteó la idea de que no existiera tal chica, y que todo aquello era debido a la locura de la mujer. Aunque no supo decantarse por ninguna, siguió actuando como si creyese la primera.
¿Sabes dónde está? —preguntó en voz baja.
La mujer abrió los ojos y se enderezó de repente, sobresaltando de nuevo a la joven.
¡Oh, sí! —comenzó a exclamar—. ¡Sí, sí, sí, sí! ¡La última vez que la vi estaba en Digrin!
No parecía la misma, opinó Melissa. Antes estaba mucho más calmada y hablaba con serenidad. En aquel momento parecía que se le había ido la pinza completamente. Pero al menos sus respuestas parecían ciertas.
¿En Digrin?
¡Ah, sí! Ahora estamos en Herielle. A Digrin se llega en barco. Es un continente, una enorme isla donde casi siempre está el cielo nublado. ¡Bendito el día que se ve el sol! —terminó, alzando sus esqueléticas extremidades de forma teatral—. Todos decían que Gabrielle se parecía mucho a mí. Cuánto habrá crecido ya. ¡Debe ser toda una mujercita! No creo que su padre cuide de ella, pero estoy casi segura de que él sí que lo hará... Aunque no sea su hija. ¡Por eso no me preocupo! ¡Confío en él!
Unos golpes en la puerta asustaron a Melissa, que se volvió rápidamente, pues estaba de espaldas a ella. Del otro lado se oyó una voz varonil y grave que gritaba algo en la lengua de Gouverón, por lo que la joven no pudo entenderlo. La mujer rió por lo bajo. Ella la miró, interrogante.
Nos ha dicho que callemos —susurró—. Qué les importa a ellos si hablamos o no. Como si pudiésemos salir de aquí algún día.
Melissa sintió un escalofrío.
¿No hay ninguna forma de escapar? —preguntó, asustada.
Nadie ha logrado salir nunca, así que de momento no. Pero quién sabe. —Bajó la mirada hacia la bandolera de Melissa—. ¿Qué llevas ahí? Es raro que te hayan permitido llevar algo contigo.
La aludida miró su bandolera. Era cierto, a ella también le extrañaba. La abrió y tanteó lo que tenía dentro. Ya ni se acordaba. Solo estaba su cartera con un dinero inservible en aquel mundo, su cuaderno de dibujo, su estuche de pinturas y la cámara de fotos dentro de su funda. La mujer asomó la cabeza para ver todo aquello.
¿Son cosas de la Tierra?
Sí —respondió Melissa—. Pero sólo me servirá el cuaderno de dibujo y el estuche. Lo demás ya no lo voy a utilizar más...
¿No sabes volver a la Tierra? —preguntó la mujer, mirándola a los ojos.
No. ¿Tú sí? —dijo, sintiendo cómo una extraña sensación de alivio crecía en su interior.
Oh, sí. Pero no logro acordarme... Se vuelve igual que se va, se va igual que se vuelve. Sólo recuerdo eso. Debes hacer memoria de cómo llegaste a Anielle.
Simplemente caí y me di en la cabeza contra un árbol. Todo empezó a dar vueltas y cuando me di cuenta, ya estaba en Anielle —explicó Melissa, ansiosa por una respuesta.
Falta algo —objetó la mujer—. Te falta algo. Un detalle. Había algo más.
¿Cómo qué? —insistió Melissa, nerviosa.
¿Tienes ganas de volver?
Melissa calló y caviló. ¿Tenía ganas de volver? Ella había escapado del orfanato para tener independencia. Al principio había decidido que se estaba bien en Anielle. Allí jamás la encontrarían y podría ser libre de verdad. Pero entonces se dio cuenta de que, realmente, echaba de menos su mundo natal. Supuso que era lo mismo que cuando alguien se independiza de sus padres. Se va de casa, pero no olvida jamás los años que pasó en el hogar donde se crió.
—Sí... supongo que sí —respondió al fin—. Echo un poco de menos la Tierra.
Normal —dijo ella—. Yo también echo de menos mi casa. Era una casa grande y blanca, a las afueras de Lond, junto a un río hermoso. Un lugar muy agradable y tranquilo para vivir. Sus jardines eran muy coloridos. Recuerdo que había flores de todos los tipos y colores. Y los caminos empedrados, los bancos de mármol... Oh, todo era precioso.
Vaya —suspiró Melissa, asombrada ante tal belleza descrita.
Se hizo un nuevo silencio durante el cual ambas estaban absortas en los recuerdos de sus antiguos hogares.
Un sonido como de algo rasgándose rompió el silencio de la celda. Melissa volvió la mirada, extrañada, y descubrió que la mujer se había arrancado un trozo de tela de su vestido. Antes de poder preguntar qué estaba haciendo, le cogió su colgante y empezó a envolver la piedra con aquel trozo de tela.
¿Podrías hacerme un favor? —preguntó la mujer.
La joven asintió en la oscuridad, curiosa, y sin dejar de observar cómo envolvía su colgante.
Si sales de aquí... busca a Gabrielle y dile que la quiero, que todo irá bien y que tenga paciencia, que algún día descubrirá toda la verdad. —Hizo un nudo y soltó el colgante—. Y además, me gustaría que buscaras también a otra persona, y decirle que no la olvido y que la sigo queriendo. Es...
Sin previo aviso, la puerta de la celda se abrió con brusquedad. Afortunadamente, Melissa se encontraba junto a la mujer, así que no le dio. Sin haber pasado mucho rato, entró un hombre grueso y maloliente, con el rostro empapado de sudor y la suciedad pegándose a su cuerpo. Cogió a Melissa de un brazo y la levantó con una sola mano. Su fuerza era tal que la joven gimió de dolor. Aquel hombre le gritó algo a escasos centímetros de su rostro, echándole su pestilente aliento y salpicándola de saliva. Melissa se quedó donde estaba, mirando al guardia a los ojos y sin saber qué hacer o decir.
Pregunta que cómo te has quitado las cuerdas de las manos —saltó la mujer de repente.
El guardia oyó aquello y, sin soltar a Melissa, propinó varias patadas a la mujer con una terrible brutalidad. Melissa, al ver aquello, tiró del brazo del hombre con todas sus fuerzas, aún sabiendo que no obtendría resultado alguno, pues él era más fuerte.
¡No! ¡Déjala! —gritaba, sin dejar de tirar de él.
Al principio pareció dar resultado, porque el hombre dejó de darle patadas. Pero luego se volvió hacia ella y le apretó el brazo tan fuerte que Melissa sintió como si se le fuera a romper el hueso. Lo siguiente que vio fue un puño cerrado abalanzándose contra su rostro. Y finalmente, un dolor atroz en su lado izquierda de la cara, justo debajo del ojo. Había faltado poco para que diera de pleno en él. De repente, un sabor metálico inundó su boca. Escupió, asqueada, y descubrió que era sangre. Buscó desesperada el origen de la hemorragia y descubrió que, debido al golpe, se había herido la parte interna de la mejilla con un diente, además de un pequeño corte en la lengua.
Sin perder más tiempo, la sacó de allí a empujones y cerró la puerta de la celda nuevamente. Una vez fuera, la cogieron dos guardias nuevos, uno de cada brazo. Ambos eran muy altos y gruesos, y apestaban a sudor y tierra. Melissa no quiso mirarles a la cara. Se quedó con la vista clavada en el suelo y una furia que llenaba cada fibra de su cuerpo. En su mente se reflejaba un único pensamiento: quería salir de allí con Crad.
Los guardias la arrastraron hacia delante, conduciéndola por un laberinto de celdas. Melissa no quiso mirar a los presos. Mantuvo su cabeza gacha y el corazón encogido ante los lamentos que se oían. Había tanto sufrimiento allá abajo...
Subieron por unas escaleras de caracol, repletas de musgo y humedad. Melissa tampoco les hizo caso. Su ira simplemente siguió creciendo a cada paso.
Pasillos y más pasillos. Todo se reducía a eso. Ni siquiera había cuadros, tan solo simples paredes azules. Toda decoración había sido eliminada, haciendo el castillo más inhóspito de lo que ya era de por sí.
Pero algo ocurrió. Al final de un largo pasillo apareció una pequeña sala, en la cual colgaba un gran cuadro. Melissa alzó la vista al fin y observó cómo iban acercándose a él. Al parecer, la dirigían hacia allí. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se fijó en las personas del retrato. Intuyó que eran reyes por sus elegantes ropajes y sus posturas orgullosas. El hombre estaba de pie, con un traje azul más semejante a los de principios del siglo XX, con hombreras y flecos dorados, un pantalón blanco y, en su pecho izquierdo, algunas medallas. Su sonrisa parecía gentil y amigable, transmitiendo así confianza. Su cabello era castaño oscuro y corto, y sus ojos del mismo color. La reina estaba sentada a su lado, en una gran silla de oro. Su tono de piel era casi enfermizo. Tenía una larga cabellera de un color entre castaño y rubio que caía ondulándose con gracia sobre su torso. Poseía una belleza sublime, casi inimaginable. Su tez, lisa y pálida, parecía esconder algo que la pintura no quería mostrar. Sus ojos claros brillaban de forma extraña; triste y feliz al mismo tiempo. Llevaba un largo vestido rojo bordado de espirales y motivos florales dorados. Sus manos descansaban sobre su regazo y su labios rosados se curvaban hacia arriba en una sonrisa melancólica. Todo el sentimiento que aquella mujer transmitía hizo estremecer entera a Melissa. Pero ya no pudo observar nada más, pues los guardias tiraban de ella hacia un nuevo pasillo.
El nuevo recorrido era el más oscuro de todos, y Melissa descubrió el porqué enseguida. No todas las velas de los costados del corredor estaban encendidas. Había algunas aleatorias que se encontraban apagadas, lo que sumía al lugar en la penumbra. De repente, los guardias se detuvieron, y la joven se percató de que habían llegado al final del trayecto; una gran puerta de hierro se alzaba ante ellos, imponente.
Adelante —habló una voz grave desde el otro lado.
Un hombre salió de entre las sombras, sorprendiendo a Melissa, que no lo había visto, y abrió la puerta que tan pesada parecía. Llevaba una especie de uniforme negro y una larga capa del mismo color, algo que llamó la atención a la joven, pues se esperaba a alguien con armadura y casco medievo.
Cuando la puerta estuvo lo suficientemente abierta como para que pudiesen pasar, la empujaron hacia dentro y la obligaron a caminar de nuevo. Lo primero que pensó Melissa al entrar en aquel lugar fue «frío». Pero no el frío de sensación, sino un frío más profundo, más intenso, más... interno.
La estancia era grande y el techo se encontraba a varios metros de altura. En los costados colgaban unas cortinas negras que cubrían la pared entera, impidiendo descubrir qué había allí. Además, unas gruesas columnas de piedra dividían la sala en tres pasillos. En el del centro, y por el que iban ellos, se encontraba una plataforma con escaleras que subían hasta llegar a un gran asiento; alguien estaba de pie allí, apoyando un brazo en el trono. Su rostro estaba semioculto en la oscuridad.
Los guardias siguieron arrastrando a Melissa hasta que se detuvieron justo en el centro del rectángulo de luz originado por un gran agujero en el techo por el cual entraban los rayos. En aquel entonces, el sol incidía directamente allí, por lo que Melissa adivinó que era mediodía.
Fue entonces cuando se dio cuenta de otra cosa. Sintió cómo algo se removía en su cuello y miró hacia abajo. Lo único que encontró fue su colgante, envuelto en las telas viejas de aquella mujer. Parecía estar vibrando como antes en la celda. La joven estuvo segura de que, de no estar cubierto, su luz azulada iluminaría toda la sala. Pero atando cabos, cayó en la cuenta de que si la piedra reaccionaba así era porque había un brujo allí.
Un agudo gemido llamó la atención de Melissa, que lo reconoció al instante. Seguidamente, unos pasos descalzos comenzaron a correr en la parte izquierda, muy cerca de la pared, medio ocultándose en las sombras. Aun así, la joven logró ver una pequeña figura de largo cabello oscuro que se alejaba entre las columnas. No quiso volver la cabeza más de lo necesario, además de que no le hubiera servido de nada, pues los corpulentos cuerpos de los guardias le impedían la visión. Lo último que se oyó fue la puerta de hierro abrirse y cerrarse de nuevo con un portazo. Y luego el silencio.
La misma voz grave que les había invitado a pasar, rompió aquel pesado silencio. Provenía de lo alto de la plataforma, justo de la persona que estaba de pie. Debido a que utilizó palabras en aquel idioma que Melissa desconocía, la joven se quedó mirando con expresión interrogante. La figura volvió a hablar, y aquella vez lo hizo en tono de pregunta. Pero Melissa no abrió la boca, sino que siguió mirando sin saber qué hacer o decir. Entonces, una segunda voz entró en escena, y aunque tampoco lograra descifrar sus palabras, supo enseguida a quién pertenecía. Cómo olvidar algo así. Ya de por sí, las voces de los elfos eran melodiosas y puras, y cuando hablaban no podías ignorarlos. Parecía que hablaban cantando, cautivando tus oídos y haciéndote sentir pequeño, muy pequeño. Pero aquella elfa tenía otro acento, uno tan seductor y misterioso al mismo tiempo que te hacía querer huir lejos de ella.
Giró la cabeza hacia la derecha, donde la elfa salía de detrás de la columna a la luz, dejando ver su esbelto y elegante cuerpo. Melissa se sorprendió al verla en aquellos ropajes. Había cambiado los atuendos típicos de los elfos por un traje ceñido de cuerpo entero negro, botas altas grises, un cinturón donde guardaba algunas dagas y una coraza que le cubría el pecho, pero sin privarlo de un pronunciado escote. Su largo cabello pelirrojo seguía igual de lustroso que siempre, ondulado hasta la cintura. Pero en aquella ocasión había retirado de su rostro cualquier mechón que pudiera interponerse en su visión con una diadema negra. Así, sus largas orejas puntiagudas quedaban perfectamente a la vista.
Cómo olvidarse de una figura tan llamativa como la de Senlya.
El hombre del trono y ella mantuvieron una breve conversación de la cual Melissa no pilló ni una sola palabra. Por eso cuando pudo entender una frase, se sintió aliviada.
Bien, entonces, visto lo visto, tendremos que hablar en la lengua rebelde.
Todos parecieron sorprenderse, incluso Senlya, que abrió mucho los ojos y miró hacia el trono. Los guardias que sujetaban a la joven la apretaron más fuerte durante un instante, como si hubieran tenido un impulso nervioso al mismo tiempo. Melissa, en cambio, estaba agradecida de no sentirse perdida al fin.
Pero señor... ¿cómo...? —habló Senlya, sin salir de su asombro.
¿Acaso no me veían capaz de aprender su lengua? —dijo el hombre del trono.
No, no es eso, señor... Pero resulta extraño puesto que ese idioma es un símbolo de rebelión... —se excusaba la elfa, nerviosa. Aquello sorprendió a Melissa, pues nunca la había visto de aquella forma. Siempre había creído que ella tenía un carácter fuerte y aires de superioridad. Pero en aquellos momentos no mostraba ninguna de las dos cosas.
¿Y qué más da eso? Ahora nos va bien, así que volvamos a lo importante. —Aunque no se le podía ver el rostro, por su movimiento se supo que miraba directamente a Melissa—. Si así nos entiendes, ¿podrías responder algunas preguntas?
Su tono de voz era irónicamente amable, algo que hizo rabiar a Melissa por dentro. ¿Aquél era el verdadero Gouverón? ¿Estaba ante el primo que consiguió matar al antiguo rey y quedarse con su trono? No se lo creía, puesto que solo veía a un hombre cualquiera que se le había subido el poder a la cabeza. Por ello, no abrió la boca. Simplemente lo observó con una mirada repleta de rabia.
¿No quieres hablar? —volvió a preguntar.
¿Qué quieres? —soltó Melissa, impaciente y sin un rastro de temor en su voz.
Senlya lanzó un suspiro que la joven entendió como un «estás muerta». En cambio, el hombre del trono rió, sorprendiendo a todos nuevamente, esa vez incluso a Melissa.
Me gustas, Melissa —dijo, una vez calmó sus risas—. Como veo que eres tan impaciente, lo voy a pedir sin rodeos. Básicamente estas aquí para que confieses dónde se encuentra la base de la Séptima Estrella.
Aquello la dejó atónita. ¿La base? ¿Acaso tenían una base? Nunca se había imaginado algo así, aunque entonces le pareció normal. Eran un grupo de gente que quería luchar contra Gouverón. Lo más sensato sería que tuvieran una base. Pero, por suerte o por desgracia, ella no conocía dicho lugar.
No lo sé —contestó, seria. No quiso aportar más información. Ni tenía ganas ni la necesitaban.
Sabes que no te conviene mentir, ¿verdad? —la avisó el interrogador.
No estoy mintiendo. No sé tantas cosas como crees.
Estaba furiosa. Ya de por sí tenía mal carácter, pero sumándole el estrés y la claustrofobia, este aumentaba. Además, los recuerdos de la historia de Crad eran recientes, y no dejaban de pasar por su mente, imaginándose al que tenía delante ordenar quemar su casa y matar a su familia. Le provocaba tal náusea que prefería no hablar demasiado.
De nuevo, Gouverón lanzó una risotada.
Siempre hacéis lo mismo, sois todos iguales —dijo, sonriendo maliciosamente—. Con lo fácil que sería responder adecuadamente y librarse del peso. Pero en fin, no hay más remedio que sacaros las cosas a la fuerza. No eres la primera tampoco.
Chasqueó los dedos y una nueva figura surgió de la oscuridad. Melissa pudo sentir cómo su sangre se le congelaba en las venas al reconocer al chico. Con el torso desnudo y las manos atadas ante él por unas esposas de hierro, fue arrastrado por un guardia peludo y feroz que portaba un gran látigo negro. El cuerpo del joven estaba salpicado de sangre y sudor, y soltó un gemido de dolor al caer de rodillas en el suelo. Melissa no tardó ni un segundo en darse cuenta de lo que pasaba.
¡Crad! —gritó instantáneamente al verlo. Se removió entre los brazos de los centinelas sin resultado alguno—. ¡CRAD! —gritó aún más fuerte, esperando una respuesta, pues su compañero tenía los ojos cerrados.
Tras llamarlo varias veces, Crad consiguió alzar la cabeza y abrir los ojos a Melissa.
Tranquila, estoy bien —le dijo con una sonrisa.
Melissa no era tan tonta como para no saber que mentía. Por su instinto protector, para que ella no se preocupara... No sabía el porqué, pero le dio rabia que se lo ocultara.
El chasquido del latigazo y el consiguiente gruñido resonó en la sala. Crad se desplomó cual largo era sobre el suelo con un grito de dolor, dejando a la vista de todos las cicatrices de su espalda. Melissa sintió cómo se le quebraba el corazón y se le revolvían las tripas.
¡¡NO!! ¡¡PARAD!! —gritó con todas sus fuerzas.
Una increíble fuerza afloró al exterior a causa de la ira, y la joven pudo liberarse de los guardias. Quiso avanzar hacia Crad, pero su pie tropezó con un bloque de piedra que sobresalía y terminó en el suelo, arrodillada. Todas las fuerzas milagrosas se le terminaron allí, en el frío suelo de piedra, en medio de los rayos de luz que se filtraban por el agujero del techo. Con la cabeza gacha, apretó los puños contra el suelo.
¿De qué te sirve esto? —preguntó, en un hilillo de voz, sin darse cuenta si quiera que lo decía. De repente, alzó la cabeza, decidida—. ¿Qué debo hacer?
No miró a Crad de nuevo; sabía que si lo hacía no podría pronunciar bien sus palabras.
Al parecer, la determinación de Melissa sorprendió a Gouverón.
Bueno, a mí me gustan los secretos. Y ahora me interesa el lugar de la base de la Séptima Estrella, algo que ninguno de los dos me ha querido confesar —objetó, dando vueltas por la plataforma de su trono, en el cual todavía no se había sentado.
Yo no conozco tal lugar. No sabía que existía hasta hace apenas unos minutos. Es posible que tú sepas más que yo, así que no sacarás nada preguntándome —contestó, siguiendo el recorrido de la sombra con la mirada.
Entonces no sirves para lo que quiero. —Se detuvo súbitamente y la observó—. ¿Quién ha dejado que lleves eso contigo?
Rugió unas palabras que Melissa no comprendió de nuevo, y enseguida sintió las grandes manos de los guardias sobre ella. Forcejeó y gritó; tardó en darse cuenta de que le estaban quitando la bandolera. Una vez despojada de ella, la dejaron en el suelo, atónita. Vaciaron la bandolera girándola del revés, dejando caer todo su interior. Sus lápices se desparramaron por el suelo, su cuaderno se abrió por una hoja en la cual había un dibujo de la puerta del orfanato y su cámara cayó originando un fuerte golpe.
¿Qué son esas cosas? —preguntó Gouverón, curioso.
Una idea cruzó la mente de Melissa. La meta de salvar a Crad no le dejó pensar en las consecuencias que podría conllevar las acciones que quería llevar a cabo.
Has dicho que te gustan los secretos —musitó, volviendo la mirada de nuevo hacia arriba—. Yo tengo un gran secreto. ¿Aceptarías lo que yo te contase a cambio de la liberación de Crad?
La joven vio, por el rabillo del ojo, cómo Crad alzaba levemente la cabeza y la observaba, interrogante. A pesar de ello, y consciente de que él se enteraría de toda la verdad de una forma poco adecuada, no quiso echarse atrás, y siguió con la mirada fija hacia arriba, decidida.
Entonces pasó algo extraño. De repente, un lobo grisáceo y negro saltó de la plataforma y se colocó ante ante ella, poniendo su morro a escasos centímetros de su rostro. Por un momento, Melissa sintió miedo ante lo que aquel lobo pudiera hacerle. Pero en cuanto le miró a los ojos, se quedó hipnotizada. Eran verdes, pero de un verde claro muy extraño. Un verde claro que había visto antes, en alguien... Alguien cariñoso que cuidaba de dos huérfanos.
Yaiwey.
Se preguntó por qué había ese parecido, aunque luego decidió dejarlo estar. Era una tontería. Aún así, tembló de terror en cuanto el lobo bajó la mirada a su pecho y empezó a gruñir. Ella sabía a qué gruñía: su colgante. Empezó a echar su cuerpo poco a poco hacia atrás, imaginándose al lobo abrir sus fauces y arrancarle el cuello de cuajo.
Déjala —bramó alguien.
El lobo miró a los ojos de Melissa de nuevo y luego se apartó bufando, como molesto. La joven se quedó patidifusa y con una sensación extraña en el cuerpo. De verdad que le recordaba mucho a Yaiwey.
¿Podría favorecerme más que conocer el lugar de la base? —preguntó Gouverón, retomando el anterior tema de conversación como si nada hubiera pasado.
Melissa tardó en volverse a calmar.
Sí —dijo sin embargo, con un fuerte tono de determinación.
Se lo pensó unos segundos antes de hablar de nuevo.
Está bien. Pero si no me parece bien, no lo cambiaré.
Lo sé —accedió Melissa. Luego respiró hondo. Seguía sintiendo los ojos de Crad puestos en ella, a la espera de escuchar lo que iba a decir—. Esas cosas que llevaba en mi bolsa no son de aquí. Yo... no soy de aquí. —No sabía cómo decirlo exactamente, y había bajado la mirada para sentirse menos intimidada—. Yo terminé en Anielle por accidente. Realmente vengo de un lugar lejano. De otro mundo.
Se hizo un silencio tan sólido que incluso podían oírse las motas de polvo caer en el suelo. Nadie dijo nada, algo que Melissa ya se esperaba. Se había dicho a sí misma que no la creerían, que la tratarían de loca o de mentirosa. Por eso se sorprendió al oír de nuevo la voz de Gouverón.
¿Cómo es ese mundo del que vienes?
Por un momento, la joven se sintió aliviada. Parecía haber conseguido la atención del gobernador y aquello podía significar la salvación de Crad. Pero por otro lado, empezó a ponerse nerviosa. ¿Cómo les explicaría cómo era la Tierra si no conocían los términos “electricidad”, “automóviles” u otros?
Bueno—empezó—, es muy distinto a Anielle. Sería difícil explicároslo. Allí hemos descubierto la electricidad, y ya no utilizamos caballos para desplazarnos, sino coches, que son unas máquinas que funcionan con un motor. —Miró a su alrededor y observó los rostros de Senlya y los guardias. Todos parecían confusos, y adivinó que no sabían de qué estaba hablando. No se atrevió a mirar a Crad ni una sola vez—. ¿Veis? Es difícil de entender.
No tanto como crees —saltó Gouverón de repente.
Todos alzaron la cabeza, pasmados.
De momento es interesante —prosiguió—. Has conseguido cautivarme. Pero no va a ser tan fácil. Debes mostrarnos el lugar donde apareciste. Si no nos lo demuestras, podríamos creer que estar mintiendo.
Aquello asustó a Melissa. Mostrar cómo llegar a su mundo... ¿Qué harían una vez allí? ¿Acaso había puesto en peligro a todos los terráqueos? Su visión del torturado Crad no le había dejado razonar. Pero ya estaba hecho, así que solo le quedaba una opción: seguir adelante.
Por supuesto. Os lo mostraré.

* * *

Aquella noche había una fuerte tormenta. Las gotas de lluvia se estrellaban contra los cristales de las ventanas y casi parecía que los fueran a romper.
Una anciana estaba sentada en la butaca, frente a la chimenea. Estaba haciendo una manta de lana mientras una niña jugaba con sus muñecas de trapo. De repente, la anciana paró y miró hacia una de las ventanas.
Cede, amor, ya es hora de que vayas a dormir —objetó.
La niña la miró haciendo morros.
Pero abuela... —se quejó.
La anciana sonrió.
Venga, que ya es demasiado tarde y mañana será otro día.
Al final, Cede accedió. Arrastrando los pies, se dirigió a su habitación. Una vez Yaiwey oyó la puerta cerrarse, se levantó de su butaca y dejó su labor sobre la mesita. Caminó hasta la puerta de su casa y la abrió. Una fuerte ventisca la empujó hacia atrás unos centímetros, y varias gotas de agua le chocaron contra la piel como si fueran cuchillas. Justo después de que un chico entrara corriendo en la casa, Yaiwey cerró la puerta de nuevo.
¿Qué ocurre, Deisen? —preguntó inmediatamente al nuevo.
El interpelado apoyaba las manos sobre sus rodillas e hiperventilaba. Había luchado contra los fuertes vientos de la tormenta para llegar hasta allí, y necesitaba recobrar el aliento. Pero una vez lo tuvo medio controlado, se irguió y miró fijamente a Yaiwey.
Se trata de Cradwerajan —informó— y de la chica que iba con él. Los dos han sido cogidos por los guerreros de Gouverón.
La anciana lo miró fijamente y, por primera vez, mostró un sentimiento en su expresión. Las arrugas incrementaron y sus ojos se abrieron con sorpresa. La preocupación se marcaba en cada ángulo de su rostro. Además, Deisen pudo ver cómo sus puños se cerraban con fuerza.
¿Cuándo fue? ¿Dónde los capturaron?
Su voz también había cambiado. Había sonado quebrada y como pronunciada con esfuerzo. Deisen pasó la mano por su corto cabello pelirrojo claro, haciendo memoria.
Hace unos días, en las afueras de Rihem —informó.
Yaiwey asintió sin decir nada.
Gracias por venir aquí a comunicármelo.
¿Va a intervenir? —preguntó el chico, bajando la voz de repente.
La anciana suspiró, abatida.
Sí. No puedo dejarlos a la merced de Gouverón.
Deisen también suspiró.
Lo entiendo. Pero después de tanto tiempo, ¿sabrá hacerlo bien?
No hay tiempo para entrenarse, solo puedo esperar que salga bien. —Colocó una mano sobre el picaporte de la puerta principal y sonrió a Deisen—. Además, tampoco hace tanto, ¿recuerdas?
El chico le devolvió la sonrisa y asintió con la cabeza. Seguidamente, se dirigió a la puerta para enfrentarse de nuevo a la tormenta.
Ten cuidado. Y gracias de nuevo —dijo Yaiwey.
No tiene que agradecerme nada. Se lo debo —contestó Deisen, sereno—. Usted me salvó la vida una vez.
Yaiwey elevó las comisuras de sus labios en una nueva sonrisa sincera. Abrió la puerta y el joven chico se precipitó al exterior rápidamente. Una vez estuvo fuera, la anciana cerró la puerta de un empujón y se quedó allí, sin moverse.
Te dije que fueras a dormir —dijo sin girarse.
Tenemos que ir —habló una voz a su espalda.
Yaiwey suspiró.
Esta noche no podemos —decía mientras se volvía hacia la niña—. Además, tú tampoco podrías venir.
Cede estaba de pie, con los puños cerrados. Temblaba por la alta presencia de ira y terror de su interior. Su mirada parecía echar chispas, y su boca luchaba por contener los gritos de desesperación que deseaban salir al exterior. Además, en su barbilla habían aparecido pequeñas arrugas, al igual que pliegues en su frente.
¡Pero no es justo! —chilló de repente—. ¡No hay tiempo que perder!
No podemos ir a ningún sitio con este tiempo. Aunque lo intentásemos, saldríamos malparadas y no les serviría de nada —intentó hacerla razonar.
¡¿Y QUÉ?! —se alteró Cede—. ¡Es una emergencia! ¡Y si tú no quieres ir ya iré yo!
¡No puedes hacer eso, Cede! ¡Podría pasarte algo por el camino! ¿Y entonces qué? ¡Ya no podrías salvarlos! ¡Cradwerajan no querría que te ocurriese nada!
¡Me da igual lo que querría o no! ¡Es mi hermano!
Pequeñas lágrimas comenzaron a bajarle por las mejillas. Corrió hacia la puerta, hacia donde estaba Yaiwey, y la empujó para intentar apartarla. Quería salir al exterior, quería ir a buscar a su hermano.
Cede, para. Es peligroso. Solo empeoraría más la situación —le decía Yaiwey, intentando sujetarla.
¡No, déjame! ¡Quiero ir en su busca! ¡Tanto Cradwerajan como Melissa necesitan que vayamos! ¡Tenemos que salvarlos a los dos! —repetía una y otra vez.
Pero algo ocurrió. Cede comenzó a sentirse cansada de repente, y los párpados le empezaron a pesar. Todo su cuerpo cayó muerto y se durmió sin que nada pudiese hacer. Yaiwey la sujetó antes de que se diera contra el suelo.
Lo siento —dijo, mirándola con cierta tristeza—. No podía hacer otra cosa.
La llevó en brazos hasta su habitación y la tumbó en la cama. La arropó con todo el amor de una abuela hacia su nieta y, tras pensárselo varias veces, colocó dos dedos sobre su frente. Cede frunció el ceño y comenzó a gemir en sueños, pero Yaiwey no se detuvo. Cuando la anciana retiró sus dedos, la niña ya se había calmado y volvía a dormir plácidamente. En un suspiro, Yaiwey se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.
Una vez allí, se agachó en el suelo. Tanteó con la mano las baldosas hasta que encontró una que pudo levantar. Allí había un hueco, del cual sacó un objeto. Sin perder más tiempo, se levantó y caminó hasta la mesa.
El objeto era una caja de bronce, en cuya tapa había el grabado de media cabeza de lobo. Yaiwey pasó los dedos por el dibujo, con cierta melancolía. Al final abrió la caja y sacó de ella un collar de cadena de plata con una perla verde completamente redonda y rodeada de un anillo plateado. Lo alzó ante sus ojos y sujetó la perla con la mano, para poder observarla mejor.

Ha llegado la hora —murmuró—. Te necesito de nuevo.
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