[L1] Epílogo

Y este sí, *sonido de tambores* es el último del último de los últimos capítulos de El viaje de Melissa: La Séptima Estrella. ATENCIÓN. Antes de este epílogo está el Capítulo 31 que he subido poco antes, y es importante, pues se averiguan cosas de cierta relevancia. Así que, si aún no lo has leído, retrocede un poco. Tampoco son muchas páginas de capítulo, unas seis.
Si, en cambio, sí lo has leído, disfruta de esta página y media de epílogo que tantas ganas tenía que escribir. En breves estaré redactando la entrada donde quiero decir un montón de cosas. Dicho esto, espero que hayas disfrutado de esta historia tanto como yo disfruté imaginándomela.

Hasta pronto.


La única luz del techo caía directamente sobre la elfa de largos cabellos rojos y el caballero de platina cabeza. Ambos estaban arrodillados y mirando al suelo. Ambos se mostraban temerosos de lo que podía venir.
Así que los habéis perdido —habló el hombre sentado en el trono, oculto entre las sombras—. Y yo me pregunto, ¿cómo habéis podido tener la osadía de llegar aquí con las manos vacías y esa noticia en vuestras inútiles bocas?
Lo sentimos, señor —dijo Bowar, en un hilillo de voz y sin levantar la cabeza—. Nos atacaron por sorpresa.
¿Entonces me estás diciendo que sois tan incompetentes como para que dos niños os engañen? —bramó Gouverón.
No, señor... —musitó Bowar, encogiéndose—. Pero apareció alguien y nos pilló completamente por sorpresa.
Ya veo.
Y entonces se levantó del trono y comenzó a bajar las escaleras que alzaban su posición. Primero una, luego otra, y seguidamente la tercera.
Senlya no había abierto la boca hasta entonces. Pero como no era la primera vez que presenciaba algo así y sabía qué haría Gouverón, no pudo contenerse. Un sentimiento que ella desconocía le provocó un atroz dolor en el pecho al imaginarse en lo que Bowar se convertiría en cuestión de segundos.
Y, sin saber muy bien por qué, una descarga eléctrica la llevó a reaccionar como ella nunca había actuado.
¡NO! —chilló.
Gouverón se detuvo en el penúltimo escalón. Senlya se dio cuenta de lo que había hecho, y sabía que no había vuelta atrás. Sin embargo, se inclinó hacia delante y se postró ante Gouverón en una postura de súplica y respeto, arrodillada y con la frente casi tocando el suelo.
Por favor, señor, perdónele la vida —imploró. Se sorprendió ante las palabras que acababa de pronunciar. Nunca jamás se hubiese imaginado que diría algo así—. Fueron sus soldados los que fracasaron, no él. Pero su hermano va en el mismo barco, así que todavía tenemos más buenas oportunidades si vamos hacia donde van ellos. Y yo le juro que conseguiré de alguna forma reclutar a más de mi raza. Pero si ahora acaba con su vida, el plan no puede salir tan bien, ya que su hermano podría investigar sobre el caso y llegar hasta aquí, y no sería bueno si consigue poner en su contra a gran parte del ejército. Piense que ya es huérfano de padres. Si se queda sin hermano, la compasión podría poner en su contra a gran número de soldados cercanos a él. Cavile sobre ello, por favor, señor.
No se oyó nada durante unos segundos. Bowar la miraba completamente anonadado, y Senlya seguía inmóvil en su posición.
Confío en que ese poder de palabra que tienes servirá para reclutar a más elfos, Senlya —habló al fin Gouverón—. Y ten presente qué ocurrirá si fracasas.
Por supuesto, señor, soy completamente consciente y me responsabilizo absolutamente de todo.
Bien. Pueden irse ambos.
La elfa y el caballero se levantaron y, tras una reverencia, se dieron media vuelta y caminaron a través del largo pasillo flanqueado por gruesas columnas de piedra. Ninguno dijo nada, pero ambos sabían que Gouverón tenía los ojos clavados en sus espaldas. Bowar esperaría a salir de allí para preguntarle a Senlya por qué había hecho aquello, y Senlya le respondería con un «porque sí» completamente indiferente. Ninguno de los dos diría nada más.
Gouverón suspiró, volvió a subir a su trono y reclinó su codo en uno de los brazos del asiento para, posteriormente, apoyar la cabeza sobre sus nudillos.
¿Lo has visto? A eso se le llama debilidad —habló de repente—. Espero que aprendas que nunca debes permitir que algo así te atrape.
Aunque al principio parecía que estaba hablando solo, no era así. Algo se movió a su vera, junto al trono. Dos figuras, una más pequeña que la otra, que siempre se encontraban allí. Todo el tiempo, sin excepción. Una acariciaba el lomo peludo de otra. Por ciertas partes blanquecinas de su pelaje que, a veces, por la escasa luz que penetraba en la sala, deslumbraba un tanto cuando se movía, podía adivinarse que se trataba de un lobo. El mismo lobo que había asustado a Melissa días atrás.
Lo he podido sentir —habló la voz de una niña—. Lo que Senlya desprendía, lo he podido sentir.
Bien, pues ya lo sabes. Jamás quieras a nadie. Jamás dejes que el amor te afecte así; no dejes que absorba desde el principio.
Entendido.
Gouverón sonrió.
Así me gusta. Aprendes rápido, hija mía.
La niña que había estado hablando hasta entonces, abrió los ojos. Y, como dos velas de luz verdosa, se distinguieron en las sombras; brillante, refulgentes e imponentes. Ambos ojos mostraron una luz antinatural, que escondía el poder prohibido de épocas anteriores.
El poder de un brujo puro.

Gracias, padre.

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