[L1] Capítulo 17: El encuentro

Un agradecimiento hacia Gaby, que me escribió una parte del capítulo, y aunque luego no pudimos recuperarla, intenté recordarla y escribirla igual >.< ¡Se te adora!



Algo despertó de repente a Gabrielle, que se incorporó de un salto, con los ojos abiertos como platos. Miró a su alrededor y se sorprendió al ver que Syna no estaba allí. Un frío pánico le invadió el corazón. ¿La había abandonado? ¿Esta vez era de verdad? Dirigió su mirada hacia los caballos. Allí volvían a estar los dos, durmiendo tranquilamente. ¿Adónde habría ido?
Súbitamente, un extraño sonido la alertó. Era el crepitar de una rama cercana. Aquello quería decir que había alguien cerca.
Se levantó del suelo y observó alerta los alrededores, buscando al intruso con la mirada. Percibía que había alguien, aunque no sabía mucho por qué ni cómo podía sentirlo. Por suerte, poseía un arma. Una pequeña daga de empuñadura antigua y desgastada, y hoja cuidada con esmero. Una daga que le regaló un misterioso mendigo que se encontró por la calle un día.
¿Gabrielle? –la había llamado a sus espaldas.
La joven se había asustado y se había vuelto por completo hacia él. Su sorpresa había aumentado al encontrarse con un hombre tan envejecido y descuidado como ese. Llevaba puesto un gran sombrero que le servía para ocultarle el rostro.
¿Le conozco? –había preguntado ella, confusa.
El mendigo había sonreído de tal forma que Gabrielle había sufrido un escalofrío. Era siniestro, muy siniestro. Seguidamente, había alzado sus esqueléticas manos, ofreciéndole aquella daga, brillante y lustrosa a la vez que anticuada y usada.
Te he estado buscando. Esto es para ti.
No supo por qué, pero Gabrielle aceptó el regalo, aunque algo desconfiada. Tras cogerlo con manos temblorosas, lo había observado con detenimiento y curiosidad. Cuando había alzado la cabeza, el mendigo ya no estaba allí. Había desaparecido.
¿Cuánto hacía de ello? Años. Quizás tenía once entonces, y en aquel momento no supo qué hacer con la daga. Aun así, se la guardó y nunca habló de ella con nadie.
Y en ese momento, unos cinco años después, podía tener oportunidad de estrenarla.
Cogiendo la empuñadura con fuerza y respirando hondo, avanzó unos pasos hacia el lugar donde le había parecido oír algo. No vio nada al principio, lo que la inquietó un tanto. Pero todavía siguió caminando un poco más, sin dejar de vigilar hacia las sombras con cautela. Intuía que había alguien escondido. Y en cuanto alguien le rozó la espalda, estuvo segura.
Todo ocurrió muy deprisa. El frío filo de una espada le rozó el cuello.
Te tengo –susurró una voz masculina pero dulce en su oído.
Tras asentar la cabeza y trazar un plan rápido en su mente, Gabrielle sonrió.
Vaya, hombre –dijo en tono de burla–. Buen ataque sorpresa.
Aprovechando el leve desconcierto de su atacante, Gabrielle aferró su daga con fuerza y lanzó su pie hacia atrás, propinándole una patada en la espinilla del contrario. Antes de que el otro pudiera reaccionar, se deshizo de sus brazos y dirigió la punta afilada de su daga hacia él.
No pudo evitar sorprenderse.
Era un joven más o menos de su edad, se le veía en las facciones. Pero su cuerpo desentonaba. Estaba muy tonificado, no con exageración, pero sí más de lo normal para los años que aparentaba. Tenía el cabello semilargo, casi rozándole los hombros, y de un rubio blanquecino que deslumbraba bajo los rayos de sol. Aun así, sus ojos fue lo que quizás le llamó más la atención. Completamente verdes; de un verde profundo que parecía esconder un mar de emociones.
Bajó su mirada inconscientemente hacia su cuello. Toda admiración se esfumó al descubrir que de él colgaba un objeto: un colgante con un símbolo grabado que ella conocía demasiado bien.
La Marca de Gouverón. Un ojo abierto cuya pupila era un gusano oscuro que se enroscaba en sí mismo, como temiendo a algo. El recuerdo del daño que causó aquel símbolo en su memoria le hizo desatar una extraña furia en su interior. Se enfrentó nuevamente a los profundos ojos verdes de su atacante, arrugando la nariz.
¡TÚ! –gritó mientras arremetía contra él.
El chico se defendió con su gruesa espada. El choque de ambas armas produjo un fuerte sonido que estremeció el ambiente.
La escena era chocante. Una chica bajita y joven con una mísera daga frente a un chico de más músculo y espada que hacía casi el mismo bulto que la muchacha. Aunque él no destacaba por su altura, todavía le pasaba una cabeza a Gabrielle.
El chico no comprendía el cambio de actitud en la joven, pero no se retuvo. Sorprendido por la fuerza de aquella contrincante y su, al principio insignificante, arma, no podía evitar inquietarse.
«¿Cómo es posible –se preguntó– que esa daga pueda soportar mi propia fuerza y la resistencia de mi espada?».
Sus ojos se posaron en los de la joven. Estos mostraban decisión y un extraño odio hacia él. Enseguida afirmó que era del otro bando. Lo había sospechado, por ello había intentado que no lo descubriera mientras la observaba durmiendo. Había visto cómo su compañera de ojos dorados se había levantado y se había ido, dejándola sola. Aquello lo había extrañado. Pero unos escasos minutos después, Gabrielle había despertado por su culpa. Sin querer se había apoyado en una rama baja medio suelta y la había hecho crujir.
Gabrielle volvió a aprovechar aquellos momentos de duda para atacar de nuevo y echarlo hacia atrás. El colgante de su cuello se tambaleó en el aire, y aquello le provocó ganas de vomitar. A su mente volvieron aquellas horribles horas que había vivido en su pasado.
Unos soldados habían entrado dentro de la aldea donde ella residía con sus dueños, aquellos que tanto odiaba. Tenían una casa blanca y elegante; una casa que despertaba una inmensa envidia en todos los que pasaban por delante.
Aquellos soldados iban a cumplir órdenes del mismo Gouverón. Se hacían llamar los Guerreros de Gouverón, y todos llevaban el símbolo de su gobernador en sus armas y armaduras. Sin escrúpulos comenzaron a matar gente. Las calles enseguida se inundaron de un color escarlata. Gritos desgarradores resonaban por todos los callejones. Niños, había niños que lloraban, escondiéndose en los rincones más oscuros, esperando no ser vistos. Aquella era una escena que no tendría que haber ocurrido jamás.
Gabrielle había tenido que pasar por en medio de toda aquella masacre. Volvía de comprar al mercado cuando la sorprendieron de improvisto. Más de una vez tuvo que hacer acoplo de fuerzas para no detenerse a curar o a coger a todos los débiles e indefensos. Pero había tantos... No podía contarlos todos aunque se lo propusiera.
Había entrado en su mansión tras vacilar unos instantes en la puerta. Allí estaba el escaso servicio que había en la casa. Aunque sus dueños tenían dinero, no se lo gastaban en sirvientes, si no en caprichos innecesarios.
Los dueños ni se esperaron a contar si estaban todos. Bajaron al desván, donde escondido había un pasadizo que se extendía y ramificaba por debajo de la aldea, y terminaba a una buena distancia de esta.
El humo de los incendios que se habían formado se veía desde la salida, y Gabrielle se quedó unos instantes observándolo.
Tantas vidas se perdieron aquel día... Jamás olvidó lo ocurrido.
Un silbante aire pasó junto a Gabrielle, quien su instinto la llevó a apartar un tanto la cara. Unos centímetros más y la gruesa y afilada espada del contrario le habría atravesado el rostro.
De nuevo, todo ocurrió rápido. El chico se había dado cuenta de que Gabrielle estaba algo despistada pensando en el pasado, por lo que, con un veloz movimiento le cogió la muñeca que sujetaba la daga y la aferró con fuerza, asegurándose así de tener bajo control su arma. Pero la joven seguía pataleando contra él, por lo que tuvo que seguir un plan B.
Inesperadamente la tiró al suelo, tumbándose él encima. Decidió dejar aparcada su preciada espada por razones que ni él supo, y sacar otra espada más pequeña de lo normal. Sin vacilar un segundo, arrimó la punta afilada de esta al cuello de Gabrielle, mientras se le escapaba una sonrisa de satisfacción.
Gané –pronunció con un deje de orgullo en su tono de voz.
Gabrielle maldijo para sus adentros. La mano que sujetaba su daga la tenía inmovilizada y no la podía mover. Ciertamente, tenía inmovilizado todo su cuerpo.
Fue entonces cuando recordó algo. Una técnica que le enseñó el profesor de defensa del sobrino de sus dueños, que de vez en cuando y a escondidas, le mostraba tácticas a ella. Viendo cómo se divertía el contrincante, decidió seguirle el juego y sonreír a su vez, sin apartar la mirada de sus ojos.
Interesante ataque –dijo.
El joven se extrañó ante las palabras de su víctima. Pero no tuvo tiempo a reaccionar cuando esta hizo un extraño movimiento que lo llevó a girarse. En un abrir y cerrar de ojos, las posiciones habían cambiado, y Gabrielle se encontraba encima de él, sujetando su muñeca como lo había hecho antes el otro, y apuntándole con la daga. Mechones de su cabello resbalaron por sus hombros y cubrieron ambos rostros como si de una cortina se tratase.
En cuanto la sorpresa del joven se pasó un tanto, volvió a sonreír con su típico aire misterioso.
Muy hábil. –Gabrielle no supo si se burlaba de ella o lo decía en serio–. Nunca me hubiera creído que alguien como tú pudiera hacer esto. Se ve que te he menospreciado.
La joven apretó los dientes y tensó todo el cuerpo. La pacífica voz del chico la ponía nerviosa. Se dio cuenta de que él no dejaba de mirarla sonriente con aquellos ojos hipnotizantes. No pudo evitar aflojar un poco sus músculos. Vio entonces que todavía sujetaba la daga y apuntaba hacia su cuello. ¿Qué pretendía hacer? ¿De verdad quería matarlo? Desvió su mirada hacia el colgante. El enemigo... Sentía que debía hacerlo, pero aun así, no era capaz. Terminar con una vida, por mucho bien que hiciera al resto del mundo, no le parecía justo. Además era tan joven... Tendría su edad quizás, no mucho más.
¡¿Dónde está, señorito?! –chilló una voz grave.
Gabrielle levantó la cabeza. Reconocía la lengua del enemigo, lo entendía perfectamente y sabía hablarlo un poco. No encontró a aquella persona que había oído, pero le sonó familiar. En aquellos breves segundos se olvidó del joven que tenía debajo, quien viendo el despiste de ella, se levantó, empujándola hacia atrás y dejándola tirada en el suelo. Gabrielle se quejó y se dio cuenta de su error. Rápidamente aferró su daga con fuerza y la sujetó en horizontal frente a su propio rostro, preparada para contraatacar.
Pero en cambio el chico se había levantado completamente y había cogido de nuevo su gruesa espada para colocársela sobre el hombro en pose chula. Dedicó una última sonrisa a la joven.
La próxima vez no te lo pondré tan fácil, chiquilla –le dijo.
Dicho esto, se dio la vuelta para comenzar a andar. Apenas llevaba cinco pasos cuando Gabrielle le llamó la atención desde el suelo todavía:
¡Oye, tú! –le gritó–. ¿Quién se supone que eres?
El chico se detuvo en el sitio, y muy lentamente volvió la cabeza para mirarla por encima del hombro donde tenía apoyada la espada.
Koren –respondió sin pensárselo dos veces–. Un joven guerrero.
Aún se mantuvieron unos segundos más mirándose fijamente ambos a los ojos. Fue Koren quien desvió la mirada de nuevo, dándole la espalda a Gabrielle y enfundado su espada en la vaina que tenía ligada atrás. Tranquilo pero sin pausa, se alejó de la joven escondiéndose en las sombras del bosque.
Gabrielle se quedó sola y sin saber qué hacer. Bajó lentamente el brazo que todavía sujetaba su daga sin dejar de observar las sombras. Sentía algo extraño en su pecho, y aquello no le gustaba un ápice. El nombre del chico retumbaba en las paredes de su cráneo, taladrándola por dentro. Luego, la visión del símbolo que llevaba colgando en el cuello del joven la devolvió a la realidad. Su interior se reveló contra sí mismo. Recordó que él era el enemigo, un ser sangriento con el cual no debía mantener relación. Se levantó enfurruñada y guardó su daga en su cinturón, echando un último vistazo al lugar por el que Koren había desaparecido. Enseguida le dio la espalda, dispuesta a marcharse. Dos pasos dio hasta que se volvió a detener.
Aquel chico no la había matado. Mas bien no había querido, porque lo habría podido hacer sin ningún problema. Frunció el ceño y volvió un tanto la cabeza de nuevo. Antes de que pudiera girarla del todo, la sacudió y retomó su camino hacia el lugar donde había pasado la noche.
Justo entonces llegaba Syna allí desde el lado contrario que ella. Portaba un par de frutos amarillos y lustrosos en las manos.

  

¿Dónde estaba? –preguntó por tercera vez.
Koren se encontraba de espaldas a él, alargando el brazo hacia arriba para coger uno de los frutos del árbol. Prácticamente ignoraba a su maestro.
Le he preguntado algo –insistió el hombre.
Tras coger la fruta finalmente y lanzar un suspiro de resignación, Koren se volvió frente a su maestro, sonriéndole como solo él sabía.
He ido a dar una vuelta por ahí –respondió tranquilamente mientras se acercaba la fruta a la boca para darle un bocado–. Ya sabe, adoro dar paseos matutinos, justo después de levantarme.
El musculado hombre alzó una ceja pero no rechistó. Observó al chico con un cierto desprecio oculto. Odiaba tener que tratar a alguien tan joven como él con tanto respeto. Pero si no lo hacía, podía terminar sin cabeza, y tenía familia a la que cuidar.
Tenemos que darnos prisa –dijo sin embargo mientras Koren devoraba su desayuno con satisfacción–. No podemos retrasarnos más, debemos llegar a Rihem hoy mismo para terminar con tu entrenamiento definitivamente.
No estamos tan lejos –informó Koren tras tragar un bocado de su fruta–. Llegaremos mucho antes de que el sol se ponga.
Su maestro se extrañó ante la intuición de aquel joven, pero no habló. Se limitó a esperar y seguir a Koren. Lo cierto era que se sentía un tanto ridículo teniendo que seguir a alguien que podría ser su hijo por la edad. Pero eran órdenes que debía cumplir.

  

El sol ya estaba alto en el cielo cuando tres figuras salieron del bosque. Las tres tenían el rostro cubierto por una capucha, pero quien los conociera podría saber quiénes eran. A una se le salía una trenza pelirroja mal hecha; otro –que se veía que era un chico por sus músculos– sujetaba una espada con adornos de espirales y más en la empuñadura, y la última portaba un colgante de una piedra celeste en el cuello, una extraña y sucia bandolera le colgaba de lado y sujetaba a un cachorro de pelaje negro en sus brazos.
Elybel. Crad. Melissa. Y el cachorro Sin Nombre.
Melissa dejó al descubierto sus ojos para poder observar la aldea que se extendía ante ella. Tenía un cierto parecido a Adralish, pero esta se veía mucho más pequeña y rústica. No dejaba de pensar que todo aquello tenía demasiado parecido a la Edad Media.
Después de esta aldea –habló Crad de repente– está Rihem.
¿Rihem? –preguntó Melissa, quien todavía no había oído hablar nunca de ese lugar.
Crad la miró fijamente con sus ojos color avellana.
Allí están los miembros de la Séptima Estrella que me han llamado –respondió con una sonrisa simpática en el rostro.
Ah, ya recuerdo –murmuró, apartando la mirada.
¡Ey! –gritó alguien más adelante–. ¿Vamos o qué?
Era Elybel, que se había adelantado un tanto y agitaba las manos en el aire para captar su atención. Crad sonrió ante lo infantil que podía verse aquella elfa a veces, y caminó hacia ella. Melissa se propuso seguirle, pero una nueva presencia a su espalda la obligó a girarse. Entrecerró los ojos, extrañada. No era posible, aquello ya era demasiado. No dejaba de volverse por lo mismo todo el tiempo, y nunca lograba ver nada. Empezaba a asustarse de verdad, y que el animal se retorciera en sus brazos nervioso no la tranquilizaba. Siempre había sabido que los animales tenían mayor instinto, por lo que aquella reacción no era buena señal. Aun así, decidió pasar una vez más e intentar ignorar aquello. Aceleró el paso hasta ponerse a la altura de Elybel y Crad, e intentó parecer lo más normal posible, adentrándose junto a ellos a la aldea, que apenas tenía quince casas contadas a lo largo de pequeñas calles enfangadas.
Narad –susurró Crad–. La aldea de la que pocos saben su nombre, pero por la que muchos pasan para llegar a Rihem.
Melissa observó a su compañero con curiosidad. Le había parecido que había pronunciado Rihem con cierto tono nostálgico. Pero no le preguntó nada y avanzó junto a él con decisión.
Mientras, Elybel se había detenido unos segundos atrás. Con cierta tensión en su rostro, dirigió sus ojos hacia el bosque que dejaban atrás. Hacía tiempo que lo sospechaba, pero cuando vio la figura que había allí de pie mirándola fijamente, estuvo segura de que estaba en lo cierto.
¿Qué debía hacer entonces? ¿Tendría que dejar a Crad y a Melissa solos? Miró a ambos, que seguían avanzando sin haberse percatado de que se había quedado arrezagada. Al parecer, volvían a discutir. Volvió la cabeza nuevamente hacia la persona que seguía observándola con atención. Enseguida la elfa se llevó las manos frente a su pecho, juntando las palmas de ambas y mostrando una expresión de súplica.
Por favor –susurró en voz baja hacia aquella persona, sabiendo que podría escucharla–. Solo déjeme un poco más con ellos. Luego le juro que volveré a mi deber. Por favor, se lo pido...
La figura sonrió y asintió con la cabeza varias veces, provocando que ligeros mechones de su oscuro cabello rubio bailaran levemente sobre sus orejas. Luego, se ocultó tras un árbol.
Elybel sonrió, notablemente feliz, y corrió hasta sus dos compañeros. Por suerte, estos no notaron su ausencia.
O al menos eso pareció en un principio, pero Crad no pudo evitar mirarla de reojo, extrañado, mientras Melissa le hablaba enfadada por el otro lado.

0 comentarios: