[L1] Capítulo 19: Historias y cuervos

Pensé que ya sería hora de subir, y aquí estoy con insomnio y subiendo capítulo. La verdad es que he pasado por una especie de crisis anti-historia, crisis que tengo cuando veo que alguna de mis historias no me cuadra o no me anima lo suficiente. Pero ya voy llegando a partes más interesantes, así que creo que esta vez iré bien de tiempo. Eso sí, en este capítulo y en el siguiente hay partes tostones de grandes parrafadas donde dan mucha información, y a lo mejor se os hace algo pesado... Sorry!




 –Dos calles más abajo, tuerza a la izquierda y siga todo recto. Ahí está –indicaba Crad a un hombre que preguntaba por dónde paraba la herboristería.
Los tres jóvenes todavía estaban montados en sus respectivos caballos, y Melissa echaba nerviosas ojeadas hacia atrás, en busca de algún guerrero.
Los hemos despistado –dijo Elybel, adivinando sus pensamientos.
Melissa no respondió y volvió la mirada al frente. El caballo volvió a caminar tras Crad. A su alrededor se desplegaban numerosas viviendas, mayoritariamente construidas con ladrillos... o algo parecido. Las calles estaban hechas de piedra, y cuando los cascos de los caballos impactaban contra el suelo, se oía un sonoro clac que interrumpía los gritos de los mercaderes que intentaban vender sus artículos. Todo aquello se le hacía tan extraño a Melissa, que no pudo dejar de observar hacia todos los lados. Las madres con sus hijos fue lo que le llamó la atención. Y después de tanto tiempo, se volvió a preguntar si ella tendría una, y dónde estaría. El hecho de saber que la dejaron en el orfanato con cuatro años y ella no lograra recordar con quiénes había vivido anteriormente, la enfurecía al mismo tiempo que la intrigaba. Le frustraba no poder conocer a su familia. Le ponía nerviosa no saber de dónde provenía.
Sacudió la cabeza, alejando aquellos sentimientos que comenzaban a ablandarla. No, no le gustaba sentirse débil. No podía dejar que algo que creía tener tan asumido le volviera a afectar. Había pasado página.
El caballo se detuvo sin previo aviso. Melissa observó extrañada cómo Crad bajaba de su montura y se plantaba enfrente de ellas dos, con una sonrisa de oreja a oreja. Cualquiera que lo hubiera visto en aquel momento, no habría sospechado en absoluto que acababan de huir de las autoridades.
Vamos a comprar algo de comer –indicó.
Elybel bajó enseguida del animal, zarandeándolo, lo que provocó que Melissa se tuviera que sujetarse mejor a la silla para no caer.
Voy contigo –dijo la elfa tan pronto como sus pies tocaron el suelo.
Yo me quedo fuera vigilando a los caballos –anunció Melissa en cuanto sintió que Crad le iba a hablar.
Los dos amigos enseguida entraron en la tahona, dejando a Melissa fuera, sola. Esta bajó de un salto del animal, maldiciendo en voz baja la dichosa falda que llevaba y sujetando más fuerte al cachorrito que llevaba en brazos. Luego se colocó entre los dos caballos y aguardó a que Crad y Elybel salieran de la tahona. En cierto modo, agradecía poder tener un poco de soledad, pero no podía evitar inquietarse por los soldados que los habían perseguido. Parecía que los habían despistado, pero nunca se sabe.
El sonido de los cascos de un par de caballos golpeando las calles alertó a la joven. Alzó la cabeza y buscó con la mirada por encima del lomo de los animales a los que guardaba. Estos eran más altos que ella, aunque claro, era fácil, pues Melissa era una chica de baja estatura. Su corazón recuperó sus pulsaciones normales tras afirmar que no eran los soldados, si no dos chicas normales. Las dos tenían largos cabellos, pero una lo tenía castaño oscuro y la otra negro y brillante. La castaña miraba hacia todos los lados, repleta de curiosidad. En cambio la morena llevaba la vista al frente y se mostraba pensativa. Parecía mucho más seria que la primera.
De repente, el relincho de un caballo sacó a Melissa de sus observaciones. Dirigió su mirada hacia el origen del ruido y se encontró con unos ojos color avellana.
Menos mal que tenías que quedarte vigilando los caballos –murmuró Crad, sonriendo.
La joven vio avergonzada cómo su compañero llevaba a uno de los caballos sujeto del cuello. Al parecer se le había escapado mientras observaba a las esas dos jinetes.
Lo siento –susurró rozando el hocico del animal que Crad llevaba. Luego cayó en la cuenta–. ¿Tú no deberías estar dentro con Elybel?
Debería, pero he visto que estabas completamente distraída y he salido para ayudarte a controlar estas fieras –explicó mientras daba palmaditas en el lomo del que había sido su transporte–. Últimamente estás muy rara...
¿Acaso me conoces lo suficiente como para saber si estoy rara o no? –preguntó Melissa alzando ambas cejas.
No, pero... –Miró a Melissa a los ojos–. Déjalo estar.
Se hizo un incómodo silencio durante el cual ambos disimularon acariciando un corcel cada uno. Pero al final, Melissa no pudo soportarlo y tuvo que romper el hielo.
No lo entiendo, Crad. –El chico la miró con una mueca confusa–. ¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué hay tantos soldados? –Estableció un fuerte contacto visual con Crad antes de seguir preguntando–: ¿Qué es exactamente la Séptima Estrella?
Crad meditó unos segundos las respuestas que debía darle. Al final suspiró abatido y empezó a relatar:
Anielle era antes un mundo pacífico dentro de lo que cabía. Cierto que siempre había pequeñas disputas, pero la gente vivía tranquila la mayor parte del tiempo. Los reyes de Herielle eran buenos gobernadores y grandes personas. Se ofrecían a ayudar a su pueblo siempre que él lo necesitaba. Ellos estaban allí continuamente. Nunca nos abandonaban. –Hizo una pausa dramática en la que cogió aire–. Pero el rey enfermó de repente. Los mejores doctores de todo el reino fueron a visitarle, pero nadie supo encontrar qué era lo que padecía ni cuál podía ser su cura. Y un día, sin previo aviso, falleció. Se acordó que habría todo un mes de luto en su honor, pero apenas pasaba una semana cuando ya se empezó a rumorear que el primo del rey subía al trono y lo sustituía.
¿Gouverón? –interrumpió Melissa por primera vez.
En efecto –asintió Crad.
La noticia impactó a Melissa. Nunca se hubiera podido imaginar que el tan hablado Gouverón podría ser el primo del antiguo rey.
Pero entonces, ¿qué ocurrió con la reina? –preguntó intrigada.
Nadie lo sabe –respondió, con un deje de misterio–. Muchos dicen que huyó; otros que Gouverón la encerró en los calabozos. Pero en realidad nadie conoce su verdadero paradero. Al igual que el de su bebé.
¿Bebé? –se sorprendió Melissa.
Sí. Apenas unos días antes de que el rey falleciera, la reina había tenido un hijo varón. El futuro heredero de Herielle. Pero de él se dicen las mismas cosas que de la reina. Todo son rumores –suspiró–. Vale, nos hemos desviado un poco del tema. –Hizo una nueva pausa para volver a seguir con la historia inicial–. Gouverón comenzó a dictar leyes crueles que, por supuesto, el pueblo se negó a aceptar. Fue entonces cuando salió su verdadera forma de ser. Se movía silencioso, pero cuando llegaba al pueblo, causaba el caos y la destrucción. La única forma de poder tener una sola oportunidad por sobrevivir era rendirse a sus órdenes y cumplir a raja tabla sus estúpidas leyes. Muchos lo hicieron. Pero hubo otros que no.
»Se creó un pequeño grupo, el cual fue creciendo cada vez más. Se movía casi tan rápido como las tropas de Gouverón, y a él se fue uniendo más y más gente. Lo único que quería conseguir esa organización era la libertad. Y por ello pusieron en riesgo sus vidas para conseguir derrotar al nuevo gobernador, quien había cogido la afición de expandir sus terrenos por los demás continentes.
¿Y por qué se llama la Séptima Estrella?
¿Sabes cuántos reinos hay en Anielle? –Melissa negó con la cabeza y Crad suspiró–. Seis reinos más Fosly, la gran masa de hielo donde no habita ser vivo alguno. El caso es que como la Séptima Estrella solo seguía sus propias leyes, se pasó a llamar Séptimo, como si se tratara de un séptimo reino.
¿Y lo de Estrella?
Sinceramente, eso sí que no lo sé –respondió Crad encogiéndose de hombros–. Cuando yo nací ya estaba todo formado.
¿Cuántos años hace desde que empezó todo eso?
Desde que Gouverón subió al trono, veintidós años aproximadamente.
A Melissa no le dio tiempo para preguntar más curiosidades. Súbitamente, un grito de guerra inundó la gran calle empedrada de Rihem. Ambos jóvenes volvieron la cabeza y se encontraron con varios soldados que iban hacia ellos montados en sus caballos. Melissa abrió la boca asombrada, quizá para decir algo, o quizá de sorpresa solamente. Cuando, de repente, la mano de Crad aferró la suya y se la llevó por delante bruscamente.
¡Corre! –gritó el chico únicamente.
Melissa aferró a su pequeño animal más fuerte, apretándolo contra su pecho, mientras se dejaba llevar a duras penas por Crad. Este se dirigía directamente hacia la pared de una casa ajena.
¡Crad! ¿Qué demonios haces? –preguntaba Melissa, histérica.
Tú calla y agárrame fuerte la mano –ordenó él.
Antes de que Melissa pudiera replicar algo más, Crad pegó un salto con un solo pie y se agarró con la otra mano al tejado de la casa. En menos de dos segundos ya estaba arriba dándose cuenta, con horror, de que Melissa se había soltado de él. Rápidamente se agachó y le ofreció ayuda.
¡Rápido! ¡Coge mi mano! –gritaba.
Melissa vio la altura que había entre el suelo y el tejado. Le parecía demasiado para su gusto. Giró la cabeza hacia atrás y el ver a los soldados acercarse a ellos dos, la ayudó a motivarse. Sujetó con fuerza al pequeño cachorro –que el pobre estaba a punto de vomitar de tanto movimiento– y saltó hacia arriba –algo parecido a lo que había hecho Crad pero de forma más torpe–, alzando el brazo para coger la mano que el joven le ofrecía. Se sorprendió con la facilidad que este la subió al tejado. Por supuesto, ella se ayudó colocando los pies en la fachada de la casa e impulsándose hacia arriba. Apenas le costó tres segundos pisar las tejas de la casa.
Veloz, Crad corrió con una envidiable habilidad y gracia por el tejado, sin soltar en ningún momento el brazo de Melissa, que lo seguía como podía. Se oía a gente gritar por la calle. Seguramente estaban presenciando desde allí la escena que se estaba dando. Por ello, Melissa no se atrevió a mirar hacia atrás para comprobar si los soldados los perseguían o no.
¡Salta! –le gritó de nuevo Crad.
¿Qué...?
No pudo terminar la pregunta. De repente sus pies dejaron de tocar el suelo. Se sintió volar durante unos segundos que le parecieron horas. Cuando al fin volvió a sentir superficie bajo su cuerpo, reaccionó. Acababan de saltar de un tejado a otro sin que ella pudiera enterarse. Todo estaba ocurriendo a una velocidad de vértigo. Vértigo. Vértigo es lo que ella estaba sufriendo en aquel momento al mirar hacia abajo.
¡Corre, entra! –le volvió a ordenar.
Esta vez Melissa le obedeció a la primera y se lanzó hacia el lugar que él le indicaba: la ventana abierta de un desván. Cuando Melissa recuperó un poco de cordura, se dio cuenta de que se encontraba en una casa ajena en la cual habían entrado por la ventana del tejado. Parecían delincuentes. Aunque, bien mirado, quizá fueran eso mismo. Perseguidos por las autoridades, desobedeciendo las órdenes... Sí, tenían toda la pinta.
Mierda.
Melissa miró a Crad con asombro. Se había detenido nada más entrar en el edificio. Él nunca había dicho nada así, por eso se extrañó tanto al oírlo en su boca. Pero cuando asomó su cabeza por detrás de su espalda, descubrió la razón.
Allí mismo, mirándolos a los dos con curiosidad, había una mujer adulta, pelirroja y de ojos grandes y marrones. Posiblemente se trataba de la dueña de la casa en la que se encontraban.


¡Qué hambre! –exclamó mientras sujetaba una manzana con ambas manos. Los ojos le brillaban de pura emoción–. ¿Cuánto cuesta esto, buen hombre?
Solamente tres monedas de plata –respondió el mercader.
Vaya, qué caro... –refunfuñó la muchacha–. Rebájemelo a una, anda. Que sólo es una manzana.
No.
Anda... –insistió ella.
No.
Vamos...
El hombre la miró a los ojos muy serio. La joven intentó hacer mirada de cachorrito. Al parecer, no funcionó.
Ni hablar.
Pero...
No pudo seguir hablando. Un sonido le hizo volver la cabeza y encontrarse a Syna afilando su larga y afilada espada. Su rostro mostraba una expresión fría y calculadora. Una expresión que le daba miedo. Incluso consiguió ablandar al mercader.
Se... Se la puede llevar gratis –se apresuró a decir, sin dejar de observar a la chica que seguía afilando el arma, al lado de la alegre joven.
Vaya, ¡muchas gracias! ¡Qué generoso! –disimuló Gabrielle, sonriéndole para calmar un poco la situación.
Se disponía a marcharse lo antes posible, cuando el brazo del mercader se interpuso ante ella. En su mano portaba otra manzana. Adivinó que se la estaba ofreciendo a Syna.
Puede llevarse usted otra también. Invita la casa. –El mercader sudaba la gota gorda. Al parecer no era tan valiente y terco como en un principio aparentaba.
Syna no dijo nada, pero sí aceptó el regalo. Lo pinchó con la espada y le dio un bocado. Al pobre hombre casi le da un ataque al ver el arma tan cerca de su mano.
La misteriosa dama no hizo gesto alguno ante su sabor. Nadie sabría jamás si era de su agrado o no.
Dejaron atrás aquel puesto y siguieron caminando por el mercado. Se oían gritos de ofertas por todos lados, y mucha gente se apelotonaba alrededor. Era un agobio estar allí. Pero al menos había comida de calidad. Algo que Gabrielle agradecía, acostumbrada a comer sobras de los nobles.
Distraída mirando hacia todos los lados, su hombro impactó con el hombro de un chico.
Uy, lo siento –se disculpó enseguida.
No pasa nada –le contestó el segundo.
Solo cuando ya había avanzado cuatro pasos, cayó en la cuenta. La joven se detuvo y se volvió lentamente para observar la nuca de un chico de cabello rubio platino.
No podía ser. Demasiada casualidad.
Koren... –susurró tras tragarse el trozo de manzana que masticaba.
De repente, el chico volvió su mirada hacia ella. Por unos segundos ambos jóvenes pudieron observarse. Pero un par de mujeres que hacían la compra se cruzaron entre ellos, y cuando al fin pasaron de largo, Koren ya no estaba allí.
Gabrielle volvió a la realidad gracias a que su caballo la empujó con el hocico. Sonrió de soslayo, un tanto descolocada, y volvió a emprender el camino. Se sorprendió al descubrir que Syna ya no estaba junto a ella.


¡Suélteme, loca! ¡SUÉLTEME!
Cállate de una maldita vez.
¡Por favor, suélteme! ¡No me haga daño!
¿Qué lleva en ese saco?
¡Nada! ¡Se lo juro! –insistía el pobre chico.
Mentiroso... –gruñó.
¡SYNA! –gritó una voz a sus espaldas.
Inmovilizado contra la pared de una casa, se encontraba un chico bastante joven que se veía amenazado por la espada afilada de Syna, cuya punta se clavaba cada vez más en su cuello.
Sin pensárselo dos veces, Gabrielle cogió a Syna por detrás e intentó apartarla del pobre muchacho.
¡Syna! –repitió–. ¡¿Se puede saber qué estás haciendo?!
A pesar de toda la fuerza que Gabrielle empleaba, no conseguía mover a Syna ni un milímetro. Por muy delgada que estuviera la joven, su resistencia era inquebrantable.
¡¡SYNA!! –chillaba.
¡Suéltame! –contestó ella apartándola con el brazo, con tan mala pata, que Gabrielle tropezó hacia atrás y cayó al suelo de espaldas.
La gente comenzó a formar un círculo a su alrededor para observar la escena que se estaba dando en aquel rincón. Sus ojos se posaban con desconfianza en la joven de larga cabellera negra que blandía aquella amenazante espada.
¿Qué está pasando aquí? –irrumpió un hombre con una gran barriga cervecera y una barba áspera y canosa. Observó a la víctima y luego a la atacante. Enseguida se abalanzó contra ellos–. ¡He preguntado que qué está pasando aquí!
Syna lo empujó con más brusquedad que a Gabrielle, quien seguía tumbada en el suelo sin saber muy bien cómo reaccionar.
Gruñendo por lo bajo, la principal protagonista de aquel escándalo lanzó una mirada amenazante al hombre que se había interpuesto en medio. Sus ojos dorados brillaron de una forma distinta, y el interpelado sintió una punzada helada en el corazón. Se quedó mudo durante todo el tiempo que mantuvo la mirada con la chica, hasta que Syna desvió la cabeza de nuevo.
¡Está loca! –decía la gente.
¡Que alguien haga algo!
¡Detenedla!
Con un bufido de consternación, Syna maldijo en voz bien alta y clara. Soltó al chico que tenía cogido –quien resbaló hasta quedar sentado en el suelo con el rostro desfigurado de terror– y se dirigió a una puerta de madera. De una patada la abrió. Todos se la quedaron mirando, esperando a que ocurriese algo. Pero no ocurrió nada. Al menos al principio.
De repente, un agudo chillido se escuchó de dentro de la casa. Un grupo de niños pequeños salió por la puerta inesperadamente. Lloraban, gritaban y tenían magulladuras por todo el cuerpo.
Entre la multitud comenzaron a oírse aullidos de alegría. Los niños se reencontraban con sus padres o familiares, y enseguida la tensa escena que se había presenciado momentos antes, se transformó en un conmovedor cuadro. Varios hombres corrieron a por el muchacho que Syna había asustado y lo inmovilizaron, mientras este desvariaba.
¿Qué está pasando aquí? –preguntaba Gabrielle para sí misma mientras se levantaba del suelo.
Hizo un paso en falso, se le enredaron los pies y su cuerpo se abalanzó hacia delante. Se veía de nuevo en el suelo cuando una mano le sujetó el brazo. Giró la cabeza para ver el rostro de su salvador y se encontró con Syna.
Aquel hombre había secuestrado a todos esos niños –explicó observando cómo se llevaban al interpelado–. Pensaba venderlos en el mercado negro. Estaban tras su busca desde hacía meses.
Gabrielle tardó un poco en contestar. Miraba a Syna con una mezcla de admiración y sorpresa. En aquel momento, la imagen que tenía de ella dio un ligero cambio.
¿Cómo sabías que era él?
Syna también tardó en responder. Soltó a Gabrielle y avanzó un paso para alejarse de la multitud.
Había carteles –dijo.
Yo no vi ninguno –insistió Gabrielle, pisándole los talones.
No te debiste fijar.
Me fijé. Desde que hemos entrado aquí me he mirado todo lo que hay.
Pues se te debió pasar por alto.
No.
De repente, Syna se detuvo.
Gabrielle...
¿Sí? –sonrió esta.
La joven que andaba delante giró la cabeza para poderla mirar a los ojos.
¿No era en Rihem donde tenías a tus familiares?
El corazón de Gabrielle se detuvo unos instantes. Ya no lo recordaba.
Yo nunca dije eso –improvisó. Soportó la intensa mirada de Syna con el rostro tenso–. Es... más lejos. En una aldea que hay más allá.
¿Qué había dicho? ¿Por qué lo había dicho? Syna alzó una ceja. Mostraba confusión, mucha confusión. Confusión y rabia. Gabrielle temió que le empezara a parecer pesada o empalagosa. Pero entonces Syna le dio la espalda y con un suspiro le dijo:
Bien, te acompaño.
Una gran sonrisa llena de felicidad iluminó el rostro de Gabrielle. Estuvo a punto de abalanzarse sobre Syna, pero intentó retenerse. Hasta que no lo consiguió y la abrazó por detrás.
¡Gracias! –exclamó, emocionada.
Al principio, Syna no reaccionó, pero a los pocos segundos lanzó un gemido de dolor y se apartó de ella.
¿Qué te ocurre? –preguntó Gabrielle, preocupada.
Me has dado calambre –respondió agitando la mano en el aire con violencia.
¿Calambre? ¿Pero cómo...?
Se calló de repente al ver aparecer la imagen de un cuervo negro en su mente. Solo fue un instante, pero le impactó. Se quedó callada y totalmente en blanco, hasta que un carraspeo la sacó de su estado. Era Syna, quien zarandeaba su mano delante de sus ojos para despejarla.
Ah, lo siento –se disculpó Gabrielle una vez hubo recuperado la razón–. No sé qué me ha pasado, se me ha ido la cabeza.
Forzó una sonrisa para aparentar estar bien. A pesar de que Syna le dio de nuevo la espalda, Gabrielle supo que no la había engañado.


Unos metros más por encima de sus cabezas, posado sobre el tejado de una casa, se encontraba una mancha negra y brillante. Era un cuervo que podía distinguirse fácilmente de cualquier otro por una peculiar anomalía: una larga cicatriz le atravesaba el ojo izquierdo, manteniéndolo completamente cerrado. Además, el iris del otro tenía un misterioso color dorado...

0 comentarios: