[L1] Capítulo 25 (Primera parte): Confesiones
Este capítulo estaba escrito desde el día 31 de diciembre en realidad, pero no tuve tiempo de subirlo ni la noche de ese mismo día ni la mañana del 1, porque hice tarde y luego me fui deprisa y corriendo al pueblo de mis abuelos, donde no había Internet. Lo siento mucho... De todos modos está dividido en dos partes porque... mira, me apetecía (jejeje).
Por cierto... ¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOS! Y muchas gracias por leerme. Ya llevo un poco más de un año en el blog, y me hubiera gustado hacer algo especial, pero se me pasó y ahora... no sé, ya veré si lo hago al final o no.
Os dejo, y espero que os guste el capítulo.
Crad abrió la puerta chirriante con mucha lentitud, cosa que puso aún más nerviosa a Melissa, que tenía una tremenda curiosidad por saber qué había en aquella casa. Sin dudar un solo instante, el joven se adentró en el interior, arrastrando a Melissa. No había luz y la noche ya había caído, por lo que la oscuridad invadía la mayoría del espacio. Pero antes de que la joven pudiera replicar, se encendió una vela. Melissa miró hacia ella y descubrió que había sido Crad quien la había encendido. Gracias a la luz de dicha vela, pudo entrever mejor la habitación. Era sencilla y pequeña, y el mobiliario se reducía a dos camas y una mesa redonda en el centro donde suponía que había estado la vela que Crad había encendido. A la derecha de la sala había un arco que llevaba a la cocina. Y al parecer ya no había nada más.
—¿Qué es todo esto, Crad? —preguntó, incrédula.
—Bueno, es un lugar especial para mí. Siempre vengo a esta casa en cuanto puedo, y no podía marchar a Adralish sin antes pasarme —explicó, con una voz algo apagada, como si le costara hablar del tema—. Siento haberte arrastrado hasta aquí, pero creo que los dos estamos de acuerdo en que hemos abusado demasiado de la hospitalidad de Anthony y Guedy.
—Tienes razón —suspiró Melissa. Luego miró mejor a su alrededor. La luz de la vela no era suficiente para iluminar la habitación en su totalidad, y seguían viéndose sombras entre las paredes—. ¿Cómo encontraste este sitio?
—De casualidad. Un día paseaba por aquí y la vi —dijo, con demasiada rapidez, como si hubiera estado ensayando la respuesta varias veces.
—¿Y no vive nadie?
—No creo. Cuando la encontré estaba muy abandonada y tuve que arreglarla un poco.
La joven asintió y luego avanzó hacia la mesa. Le había parecido ver que algo brillaba. Al acercarse pudo comprobar que así era. Cogió el objeto que había destellado a la luz de la pequeña llama y lo examinó con detenimiento. Era una especie de pinza para el pelo. Parecía ser de plata y tenía tres flores azules incrustadas en ella.
—Vaya... —susurró—. Qué bonito.
—Déjala.
Melissa miró a Crad con sorpresa. El chico había sonado demasiado directo, y sentía que realmente quería quitarle el objeto de las manos.
—¿De quién es esta pinza?
—No importa ahora. Déjala, no deberías tocarla —contestó, aún más rotundo que antes.
Mantuvieron los ojos fijos durante un buen rato. Crad mostraba una expresión seria y urgente, y Melissa lo vio. Sus ojos color avellana brillaban de forma extraña, y la joven no sabía decir si era por el efecto de la vela o por otra cosa. Súbitamente, sintió algo extraño. Por primera vez en su vida sintió algo similar a un déjà vu. «Esto... ya lo he vivido antes», pensó. Pero era imposible, se dijo. No había conocido a Crad hasta hacía unos días, y durante ese tiempo no recordaba haber vivido algo similar. «No... es anterior» intuyó. Pero tampoco podía ser. En todo caso, y ante la confusión que se estaba creando en la mente de Melissa, decidió dejar aparte aquel tema y depositó de nuevo la pinza del pelo sobre la mesa.
—Lo siento, no pretendía... —se calló enseguida. No sabía cómo seguir.
Crad suspiró.
—No pasa nada.
Hubo un pesado silencio, solo interrumpido por la brisa que soplaba en el exterior y se estrellaba contra la inestable puerta. Melissa no pudo evitar bostezar sin darse cuenta, y entonces Crad sonrió, dejando a un lado la seriedad que había mostrado hacía unos instantes.
—¿Tienes sueño? —preguntó.
—Un poco, la verdad —admitió ella—. Hoy ha sido un día algo movido.
—Tienes razón... Demasiado para una blanda como tú. Anda, vete a dormir.
—¡Oye! ¡Que no me he quejado en todo el camino!
—Pero has estado a punto de hacerlo muchas veces —adivinó Crad.
La joven bufó. En cierto modo, le molestaba que tuviera razón.
—Ahora en serio —dijo—, elige una cama y duerme.
Y dicho esto, dejó la vela con su soporte en la mesa y dio media vuelta para luego caminar hacia la puerta. Melissa lo siguió con la mirada, curiosa.
—¿Y tú adónde vas ahora? —preguntó.
—Si te lo digo me vas a decir grosero o algo por el estilo, así que dejo el trabajo a tu imaginación —respondió simplemente.
La joven se quedó petrificada en el sitio, ordenando lo que acababa de decir. Al final comprendió qué significaba.
—Oh. Vale, no pasa nada —dijo, un tanto avergonzada.
Crad cerró la puerta, dejando sola a Melissa. Esta tardó en oír las pisadas de sus botas alejarse, por lo que su preocupación aumentó. Algo le pasaba, y ella lo sabía. Suspiró y caminó hasta una de las camas, la más cercana a la ventana. Se quitó la bandolera y la tiró a un lado, y seguidamente se tiró sobre el lecho, sin importarle las condiciones de las mantas. Tenía sueño, y el colchón —o lo que fuera— resultó ser increíblemente cómodo. O al menos eso le pareció, aunque supuso que cualquier superficie le sería cómoda dado su cansancio. Enseguida que cerró los ojos, se durmió. Con los pies medio fuera y de cualquier manera, perdió la conciencia del mundo real y se adentró en el de los sueños.
* * *
La joven caminaba por la arboleda, tropezando con las raíces de los árboles a menudo. Era de noche, no veía nada y estaba cansada. Pero algo le impedía rendirse y volver a Rihem a hospedarse en alguna posada. Necesitaba encontrar a Syna.
—¿Syna? —susurraba. No quería gritar mucho, pues el silencio que había en el ambiente le incomodaba y temía que hubiera alguien como el anterior asesino del hacha escondido entre las sombras.
De repente se detuvo y alzó la cabeza hacia las estrellas. Se sentía mal; mal por haber desconfiado de Syna, por haber huido de ella. Quería encontrarla para pedirle perdón. Había comprendido que no era ningún peligro, al contrario de lo que todo el mundo decía. «No. Syna es buena» se repetía una y otra vez. Pero llevaba más de media hora buscándola y aún no había tenido suerte. Empezaba a asimilar que ya no la vería jamás. Cuando alguien habló a su espalda.
—Lo siento.
Gabrielle, alertada, se volvió de repente. Cuando la vio, sintió un inmenso alivio, pero no le salieron las palabras. Simplemente observó la extraña expresión que mostraba Syna. Se había disculpado, y Gabrielle se sentía confusa. ¿Por qué debía disculparse? La que había desconfiado había sido ella. Pero antes de que pudiera replicar, Syna habló:
—He estado ocultando cómo soy realmente demasiado tiempo. No me daba cuenta de que resultaba inútil. Es algo que ni he elegido ni puedo controlar. Pero lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas —su voz sonaba muy segura—. A diferencia de lo que pudiste pensar, no soy una bruja.
Hubo unos segundos de silencio. En ese momento Gabrielle hubiera podido hablar, pero no lo hizo. La noticia le había sorprendido. Tenía muy asumido que Syna era una bruja, y se había preparado para aceptarlo. En cambio, aquello le pilló desprevenida. Si no era una bruja... ¿qué podía ser?
—No soy una bruja —repitió Syna—. Pero lo preferiría antes de lo que soy en verdad. Aunque tampoco soy humana. No soy ninguna de las dos cosas. Soy, lo que se dice de forma vulgar, una medio-bruja. —Le costó pronunciar aquello, pero siguió con el rostro sereno y no perdió el hilo en su confesión—: En efecto, mi padre era un brujo y mi madre una humana. Mi verdadero padre nos abandonó en cuanto mi madre se quedó embarazada de mí, y nunca llegué a saber nada de él. Me sentía diferente a los otros niños, porque me pasaban cosas extrañas que no comprendía. Era capaz de crear fuego, de hacer volar cosas por los aires, incluso podía levantar la tierra. Pero en cuanto me dirigía a mi madre y le explicaba lo que me ocurría, esta muchas veces lloraba y me pedía que la dejara sola. Solo una vez me dijo que era especial, y que tendría que ser fuerte, porque mucha gente no lo entendería.
»Los medio-brujos tienen una parte de brujo, por lo que tienen poderes. Pero también tienen una parte de humano, por lo que no pueden controlar esos poderes a la perfección. Muchas veces estos florecen cuando experimentas odio, furia o algún otro sentimiento intenso. Cuando llegó la guerra, mi madre me dejó en el Templo de Kayeh para protegerme, donde las sacerdotisas cuidaron de mí. Ellas me instruyeron en las profecías e historias de Anielle, y cuando me hice mayor pasé a formar parte de los Buscadores de Estrellas.—Seguidamente se levantó las faldas y le mostró a Gabrielle su tobillo. Allí tenía tatuado una especie de estrella rodeada de runas y símbolos que la joven no comprendía—. Busco a los Enviados, esas personas de ojos azules que se dice que vienen del cielo y que destronarán a Gouverón. Por eso estoy todo el tiempo viajando. Estoy buscando a una persona que vio una sacerdotisa en una de sus visiones divinas. Una chica de unos dieciséis años que cayó del cielo y cuyos ojos son azules. —Se arregló de nuevo las faldas y miró fijamente a Gabrielle, la cual estaba muda ante su declaración—. Siento haberte ocultado la verdad. Tienes todo el derecho de marcharte si me consideras un peligro, yo seguiré con mi encomendado y...
—No.
Gabrielle le había interrumpido de una forma muy rotunda. Estaba seria, muy seria, y miraba fijamente a Syna, a quien casi no le quedaba saliva después de todo aquel discurso.
—No creo que seas un peligro. Lo sabía antes de que me contaras todo esto. Sé que tú no has elegido ser lo que eres, y no debo juzgarte por ello. Sé que eres buena en realidad, a pesar de que seas tan fría a veces. Me salvaste la vida una vez, y me has estado soportando desde entonces. No tengo en cuenta que seas una bruja, una medio-bruja o una humana. Seas lo que seas, no te tengo miedo, porque tienes un corazón noble. Y si me lo permites, me gustaría acompañarte en tu misión. Yo no tengo ningún lugar en donde quedarme. Te mentí. No me queda familia, murió en la guerra. He estado viviendo como sirvienta de casa en casa desde que era muy pequeña. Tampoco recordaba nada antes de que me acogiera la primera casa a la que serví. Así que, si no es mucha molestia, podría acompañarte y ocuparme de los caballos. Se me da bien. ¿Qué opinas?
Syna sonrió. Parecía emocionada ante lo que acababa de decir la joven.
—Claro que te permito quedarte. Pero puede que haya varios peligros que...
—No me importa —volvió a interrumpirla Gabrielle—. Prefiero correr riesgos con alguien bondadoso que servir a una casa ambiciosa e insensible.
—Gabrielle... —susurró.
Un cuervo que graznó en ese mismo instante, atrajo la mirada de ambas. El pájaro, de un solo ojo, asustado quizá porque lo habían descubierto, emprendió el vuelo. Cuando se perdió de vista, Gabrielle volvió la atención hacia Syna. Esta tenía los ojos abiertos como platos y fijos en el lugar donde había desaparecido el cuervo. Antes de que Gabrielle pudiera decir nada, sintió de nuevo un fuerte dolor de cabeza y un tremendo pinchazo en la sien. Volvió a ver algo; imágenes desordenadas y borrosas, sentimientos mezclados y sonidos sin sentido que terminaron formando una escena.
Lloraba. Me hallaba sola, pues no veía a nadie allí. Estaba tumbada en mi pequeña cama, gritando sin recibir respuesta alguna. No sabía qué hacer, me sentía débil e indefensa. Cuando de repente mi vista nublada a causa de las lágrimas captó una nueva sombra. Parpadeé varias veces para limpiarme los ojos y enfoqué la mirada. Allí, observándome, había una niña de cabellera color azabache y unos ojos dorados tan brillantes que me provocaron algo de miedo al principio. Tras ellos lograba percibir algo extraño, algo desconocido para mí.
La niña, a la que nunca antes había visto, me habló con una voz dulce e inocente. No entendí mucho de lo que me dijo, solo que me había preguntado si me habían dejado sola y si me aburría. Pero había conseguido que callara.
No sabía si llorar por el miedo que me daban sus ojos o sonreír porque al fin alguien había escuchado mis llantos. De repente, la niña miró hacia la ventana que tenía en frente y realizó un arco con las manos. Una ligera y fresca brisa entró en la habitación, arrastrando consigo varios pétalos de flores, esas que todos los años por la misma fecha invadían el aire. Yo, divertida con la danza de aquellos pétalos, empecé a reír escandalosamente y a alzar los brazos para intentar cogerlos. Pero la diversión duró poco tiempo, pues se oyó el grito de un hombre que yo reconocí enseguida. Todos los pétalos cayeron sobre mí, y la niña, asustada, me dio la espalda para mirar hacia la puerta. El hombre al que yo llamaba papá le echaba la bronca, y la pobre chica bajaba la cabeza, avergonzada. Como pude, me agarré de los barrotes de mi cuna y me puse en pie para poder estirar el brazo y tocar aquel cabello tan negro, liso y brillante. Me fascinaba. Y también quería tranquilizarla, porque se la veía asustada. Pero en cuanto la rocé, papá me gritó y en dos zancadas llegó hasta mí. Empujó a la niña a un lado y le gritó de nuevo. Yo lloré, lloré porque tenía miedo. Y aquella vez no era por culpa de los ojos dorados, si no de papá. No me gustaban sus gritos. La niña me miró con pena y luego salió corriendo de la habitación. Oí la puerta de la calle cerrarse con fuerza, e intuí que ya no la volvería a ver jamás.
Cuando recobró la conciencia, Gabrielle se encontró entre los brazos de Syna. Esta la había cogido para que no cayera, pues enseguida que había comenzado la visión, sus rodillas se habían doblado.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Syna preocupada.
—Nada, nada —se apresuró en responder Gabrielle, incorporándose y separándose de ella—. Simplemente... tengo hambre.
Era una mala escusa, pero sabía que Syna no preguntaría. No era curiosa. O al menos de mayor. Distintas dudas comenzaron a acribillarle la mente en el camino que recorrieron hasta Rihem. ¿La niña que vio de pequeña, puede que cuando tuviera dos años, realmente era Syna? Y si lo era... ¿qué hacía allí? Le llegó un escalofrío que le bajó por toda la médula. Volvió un tanto la cabeza y le pareció ver algo entre las hojas de los árboles. Pero al enfocar mejor la vista comprobó que allí no había nada y que quizá, solo quizá, su imaginación le había jugado una mala pasada.
* * *
La joven abrió los ojos y se vio tumbada en la cama de aquella casa abandonada. La había despertado un ruido que se había oído cerca, muy cerca. No sabía cuánto tiempo había estado dormida, pero aún era de noche. Y Crad no había vuelto todavía.
El sueño se sustituyó por un sentimiento de miedo. Estaba sola, sola en una casa inhabitada, en un lugar que ella desconocía y en un mundo extraño. Se levantó de la cama de un salto y buscó su bandolera por el suelo, a oscuras. Al encontrarla, se la puso rápido y de cualquier manera y salió al exterior del edificio. Fuera hacía un viento frío, por lo que Melissa se encogió sobre sí misma, frotándose los brazos con las manos. Para su sorpresa, las medias de Guedy le cubrían de la helada ventisca. Miró hacia todos los lados, pero no vio a su compañero por ningún sitio.
—¿Crad? —llamó, algo preocupada.
Caminó hacia la esquina de la casa para asomarse al otro lado. Lo llamó de nuevo al ver que allí no había nadie. Lanzó un suspiro de frustración y lo llamó por tercera vez. Pero en cuanto iba a volverse y buscar por el otro lado, alguien la cogió por detrás y la alzó del suelo con brusquedad. Melissa gritó, asustada, creyendo que alguien la quería raptar, asesinar o algo peor. Intentó darle patadas y siguió gritando. Hasta que sus pies tocaron de nuevo el suelo. Fue entonces cuando la joven reconoció la risa que se oía a su espalda. Furiosa, se giró hacia aquel que la había sorprendido por detrás y lo fulminó con la mirada para luego golpearle los brazos con los puños, como una niña pequeña.
—¡Te odio, maldita sea! ¡¿Por qué lo has hecho?!
Crad reía y reía, intentando parar los puños de Melissa con las palmas de las manos.
—Acababas de despertarte, necesitabas despejar un poco tu cabeza —dijo entre risas.
La joven seguía despotricando y golpeándole, roja de rabia y de vergüenza a la vez. De repente paró y lo miró fijamente a los ojos.
—Eres un idiota.
—Tus puños ya no golpean con tanta fuerza —cambió de tema él.
Melissa apretó los dientes al oír aquello. ¿Realmente se había debilitado o lo había hecho apropósito?
—Cállate, no me hables —refunfuñó ella, cruzándose de brazos.
—Vaya, qué pena —suspiró Crad—. Te has despertado en el momento justo y vas a desperdiciar quizá la única oportunidad que tendrás en tu vida para verlo...
Aquello atrajo la atención de la joven, haciendo que olvidara su enfado.
—¿De qué hablas? ¿A qué te refieres con el momento justo?
—Lo siento, no puedo hablarte.
—Eres odioso.
Crad simuló que sus labios eran una cremallera y la cerraba, simbolizando así que no hablaría.
—Vale, como quieras —bufó Melissa. Se dirigió hacia la puerta de la casa y colocó su mano sobre el pomo—. Buenas noches.
—Oh, no te pongas así, vamos —rogó Crad, pero al ver la mirada de la joven se echó atrás—. Como quieras, yo igualmente voy a ir. Si quieres volver a quedarte sola en esta casa abandonada, completamente indefensa, allá tú.
Y dicho esto, le dio la espalda y bajó por un camino. Melissa se lo quedó mirando, asimilando lo que acababa de decirle. Le había querido metido miedo en el cuerpo intencionadamente, y lo que más la enfurecía es que lo había conseguido. Así que, tras unos segundos que pasó pensando bien lo que iba a hacer, cerró la puerta y corrió para alcanzar a Crad. Este, al verla, sonrió con satisfacción, pero Melissa ni lo miró.
—¿Está muy lejos? —preguntó ella de repente.
—No mucho en realidad —respondió él.
Caminaron hasta llegar a una barrera de árboles y arbustos altos. Melissa se quedó extrañada, pero Crad avanzó hacia ellos y apartó las ramas para abrirse paso, así que la joven lo siguió, imitando sus movimientos. De repente, su guía se detuvo y se volvió hacia ella. Su cuerpo le impedía a Melissa ver qué había detrás, lo que impacientó más a la joven.
—Cierra los ojos —susurró el chico, como si temiera que alguien los escuchara.
Melissa quiso preguntar la razón, pero le inquietó que hablara en voz tan baja, así que lanzando un suspiro de resignación, obedeció. Crad le tomó las manos y la guió hacia delante. Varias ramas rozaron el cuerpo de la joven, pero no la llegaron a herir. Cuando dejaron atrás los árboles y arbustos, Melissa sintió que el suelo era mucho más blando, y que la hierba que crecía allí le llegaba casi hasta la rodilla. Intuyó que en aquel prado, valle o lo que fuese, había bastante luz, porque en lugar de negro, veía rojo tras sus párpados, cosa que ocurre cuando hay luz.
—¿Aún no puedo abrir los ojos? —preguntó Melissa en voz baja.
—No. Confía en mí.
La hierba le acariciaba las mallas y a la joven le pareció sentir varias presencias a su alrededor. La supuesta luz que veía tras sus párpados se movía, cambiaba de posición. Cada vez estaba más nerviosa, sobretodo porque Crad caminaba muy lentamente y cuidando sus pasos. Súbitamente, se detuvo.
—Vale —susurró el chico, soltándole las manos—. Ya puedes abrirlos.
Melissa los abrió, aliviada. Al principio solo vio el rostro de Crad, sus ojos color avellana, su cabello rizado, alborotado y tan rebelde como lo era el espíritu del joven. Pero pasados unos segundos, se percató de algo más. Dio vueltas sobre sí misma, mirando hacia todas direcciones. No se creía lo que veía. Era demasiado extraño, demasiado increíble, demasiado... hermoso. Sí, hermoso. Todo lo que sus ojos atrapaban se podía definir con esa única palabra y todos sus sinónimos. Y aun así la descripción se quedaba corta. Ni su imaginación había soñado con aquello, y en cambio algo en su interior suspiraba con nostalgia. ¿Nostalgia de qué? Jamás había presenciado un espectáculo similar a ese.
—Dios mío —susurró, maravillada—. Es imposible... inexplicable.
—Te dije que debías aprovechar la oportunidad de ver esto —dijo Crad a su espalda—. Muy pocas veces ocurre algo así, y tienes suerte de que hayamos acertado el día.
—¿Pero esto son...? —Se le atascó la palabra de la emoción que sentía en su corazón, pero en cuanto se recuperó, la pronunció con la voz bien alta y clara—: ¿Medusas?

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