[L1] Capítulo 14: Incidentes en el puente
Una vez más, Melissa lanzó un bufido por lo bajo. En sus brazos sujetaba al cachorrito –que aún no tenía nombre, ni ganas de ponérselo en ese momento–, cuyas patitas ya se habían cansado de andar. Le rascaba la cabeza con suavidad, intentando no clavarle las uñas, dado que el enojo que almacenaba en su interior era grande. ¿Cuál era la razón? Más adelante, a unos tres o cuatro metros, caminaban Elybel y Crad, enfrascados en una conversación que parecía muy interesante. A Melissa no le hubiera importado en absoluto, dado que comprendía que hacía tiempo que no se veían, y en Falesia no habían podido pasar mucho tiempo juntos. Lo que realmente le frustraba es que hablaban en élfico, un idioma que ella no dominaba en absoluto. Sólo se le había quedado en la cabeza la palabra «Insy», que para lo que Crad y Elybel la habían utilizado el día anterior, debía de significar «adiós» o «hasta luego». No lo sabía, pero tampoco le importaba mucho. ¿De qué le serviría el idioma élfico? Miró hacia adelante con desdén. Se le estaba ocurriendo una razón para lo que le serviría saberlo, o al menos entenderlo.
Suspiró con resignación. Qué se le iba a hacer, ella no tenía derecho a decirles nada. Podían hacer lo que quisieran.
Tras unos escasos segundos de cavilación, bajó la cabeza hacia el animal que sostenía en sus brazos. Le frotó sus pequeñas y delgadas orejitas, y entonces se percató de una mancha blanca que tenía tras una de ellas, la izquierda. Antes no se había fijado en ese pequeño detalle, dado que la mancha no era muy grande. Pero, aún así, resaltaba el ser tan blanca. Su forma estaba muy indefinida, no sabría describirla.
Súbitamente, el sonido del agua le llegó a los oídos. Y con él, una inmensa sensación de alivio. Apremió el paso hasta colocarse junto a Crad. Este se sorprendió al verla a su lado, como si se hubiera olvidad de que aún estaba con ellos.
–Ya llegamos –anunció el chico, sonriente.
Melissa tardó en procesar la frase. Hacía rato que no escuchaba ninguna palabra que pudiera entender.
–Lo imagino –susurró malhumorada, en voz demasiado baja como para que ninguno de los dos amigos la oyese.
Al fin salieron de la espesura de los árboles, terminando frente a un río de aguas rápidas y cristalinas. Y a unos diez metros de su posición, se alzaba un gran puente de piedra blanquecina, imponente.
Sin previo aviso, Elybel echó a correr hacia delante, frenando sus pies justo en el borde, donde terminaba la hierba fresca y comenzaba el líquido transparente. Puso los brazos en cruz y respiró hondo, cerrando los ojos y alzando la cabeza hacia el cielo. Melissa llegó a pensar que se dejaría caer, por lo que, instintivamente, avanzó un escaso paso hacia su posición. Pero el brazo de Crad la detuvo antes de que pudiera reaccionar. La joven miró al chico, y este le sonrió de tal forma, que Melissa comprendió que no debía preocuparse. Volvió atrás sin rechistar y esperó, impaciente.
La elfa lanzó un suspiro al viento.
–Cuánto hacía que no visitaba este lugar –dijo alzando la voz para que se la escuchara sobre el sonido del agua.
Melissa frunció el ceño y la miró extrañada. ¿Había perdido la cabeza? Aquel comportamiento no era normal en la elfa. Aunque Melissa no era quién para certificar cuál era su carácter. A penas la conocía.
Un sonido a su espalda hizo que la joven se volviera repentinamente. Buscó con la mirada entre la maleza, pero no encontró nada sospechoso. Únicamente le había parecido entrever una sombra alejándose en la oscuridad. Volvió a fruncir el ceño y se arrimó más a Crad, sin llegar a rozarlo para no alarmarle. El animal también se removía inquieto en sus brazos. Al final, Melissa no soportó la tensión y tiró de la camisa del joven un par de veces.
–Crad –lo llamó en susurros, sin dejar de mirar hacia atrás.
El muchacho le echó una mirada asesina.
–Mi nombre no es Crad –refunfuñó.
–Deberíamos irnos ya –prosiguió Melissa, ignorando el evidente enojo de Crad.
–¿Por qué?
Ambos jóvenes observaron a la elfa, que se había acercado a ellos sigilosamente y les sonreía con ambas manos sobre sus caderas, a modo de brazos en jarra.
Melissa intentó inventarse alguna escusa rápidamente. Aquella sombra en el bosque podría haber sido una imaginación suya. O a lo mejor era cierto, pero no la creerían. Cualquier cosa.
–El fuego –fue lo único que se le ocurrió.
–Ah, no te preocupes por eso –dijo agitando la mano en el aire–. Seguro que los elfos de Falesia han conseguido ya apagarlo.
¿Pero cómo podía hablar así? Podría haberlos acompañado, en lugar de huir por otro lado y despreocuparse de todo lo que ocurría a su paso. Aquello enfureció levemente a Melissa, pero intentó controlarse y mostrar una sonrisa forzada.
–En todo caso, tiene razón –afirmó Crad–. Será mejor que salgamos de este bosque lo antes posible.
Tenía un mal presentimiento. Lo sentía desde hacía bastante rato, y por ello retorcía sus manos, nerviosa. Miró por la ventana una vez más, observando cualquier movimiento entre los árboles. Pero no encontró nada. No supo si eso era un alivio o una preocupación más. De repente, el terreno sobre el que avanzaba el carruaje cambió. Asomó la cabeza un poco más, dejando que la luz solar le iluminara el rostro y dejara al descubierto unos ojos verdes con un aro dorado rodeando su pupila. Descubrió que estaban atravesando un puente blanco, cuyo se alargaba un poco más de cien metros hasta el otro lado del bosque. Había estado tan concentrada en aquel extraño sentimiento que le invadía el interior, que no había oído el agua del río.
Y de nuevo, aquella extraña sensación la golpeó por dentro. Se incorporó rápidamente en el asiento y dejó caer la espalda contra el respaldo. En un auto reflejo, aferró un trozo de tela de su falda con ambas manos, y se puso completamente tensa.
Algo malo iba a ocurrir.
Y no tardó en descubrir de qué se trataba.
El carruaje se detuvo de repente, acompañado por el sonido de un peso muerto cayendo sobre la piedra.
–¿Qué está pasando? –preguntó la mujer alterada, mirando hacia todos los lados con nerviosismo.
Un objeto alargado se adentró en el interior por el hueco de la ventana contraria junto a la que estaba la joven. Dicho objeto silbó en el aire, dejando una estela de fuego a su paso, y se estrelló contra el pecho de la mujer regordeta. Esta enseguida se dejó caer sobre el asiento, sin vida.
La joven se llevó una mano a la boca instintivamente, y se arrebujó contra el rincón, luchando en su interior por no gritar. La flecha clavada en el pecho de su antigua dueña estaba ardiendo, y poco a poco iba consumiendo el vestido granate y la carne viva. Ante aquella desagradable imagen, la muchacha desvió la mirada. Cierto, sentía un cruel alivio el ver que aquella mujer no la molestaría más, pero de ahí a presenciar su propia muerte… No le parecía justo aquel sentimiento, por lo que, por primera vez en su vida, sintió lástima hacia ella, y deseó que aquello no estuviera pasando.
Sin moverse un ápice –temerosa de que quiénfuera el que los hubiera atacado sintiera su presencia–, buscó con la mirada algún signo de vida en el exterior. Pero no encontró nada.
Enseguida, otra flecha ardiente entró en el espacio. Dio de lleno al asiento donde estaba tumbada la mujer, lo que provocó que todo ardiera de inmediato. La joven se levantó, con los pies sobre su sofá, tan deprisa que su cabeza chocó estrepitosamente contra el techo del carruaje. Lanzó un leve gemido de dolor y se frotó el lugar dañado con la mano. Pero no se entretuvo. Directamente fue hacia la puerta contraria de donde habían llegado las flechas. Se dispuso a abrir la puerta, pero el rostro de un hombre apareció ante ella, dándole un susto de muerte. Con rapidez –y no mucha destreza, dado que tenía una mano aún sobre la cabeza, cuya notaba un líquido resbalando entre sus dedos– desvió su trayectoria y salió por la puerta contraria. Se precipitó al exterior sin antes haber mirado a su alrededor por si había alguien al que temer.
A penas había bajado las pequeñas escaleras del carruaje y había avanzado un escaso paso por la piedra blanquecina, algo se interpuso ante sus pies, provocando que se estrellara contra el suelo, de nuevo golpeándose la cabeza. Maldijo para sus adentros, furiosa de tantos golpes. La visión se le estaba nublando ya, pero se esforzó por alzar la cabeza e intentar enfocarla hacia aquel que había provocado su caída. Divisó una mancha oscura. Lo que vio más claro fue el hacha que empuñaba y reflejaba los rayos del sol. Intentó levantarse, correrse a un lado, cualquier cosa. Pero el dolor de su cabeza iba en aumento, y le impedía moverse. Notó que los párpados le pesaban, y sus ojos iban cerrándose poco a poco.
Y antes de que los cerrase del todo, algo se precipitó hacia ella, clavándose en la dura piedra a escasos centímetros de sus ojos. Pudo verse –borrosa, por supuesto– reflejada en el hacha, luchando por mantener el conocimiento. Oyó cómo cosas pesadas caían al suelo, aunque dichos sonidos los sentía ligeramente taponados, como lejanos.
No pudo resistirlo más y se le cerraron los ojos. A pesar de ello, no dejó de luchar por mantener la mente ligada a su cuerpo. Aguzó sus sentidos, aferrándose a cualquier sonido que oyera para hacérsele más fácil la tarea. Y entonces sintió algo. Una extraña presencia que, de haber tenido más control sobre su cuerpo, le hubiera erizado el vello de los brazos. Esa presencia despertó algo en su interior. Una curiosidad y un interés hacia ella que movió algo en su interior; una sensación inexplicable.
Pero súbitamente, aquella presencia fue alejándose. La joven, temiendo que fuera ella misma la que realmente se alejaba de aquel mundo, intentó agarrarse a las ansias por saber más sobre aquel extraño suceso. Buscó la presencia misteriosa y lanzó lazos no materiales hacia ella.
Así, consiguió abrir los ojos.
Y descubrió que allí había demasiada gente muerta. Se encontró con demasiados bultos tirados por el suelo, y sangrando. Aunque no podía reprochar con lo relacionado a la sangre. Sabía perfectamente que su cabeza derrochaba aquel líquido, porque la notaba húmeda. Pero, antes de entretenerse aún más observando las muertes, buscó a aquel que las había causado. No sabía si se trataba del mismo que derrochaba la misteriosa sensación que le había salvado la vida. Pero en cuanto su mirada se topó con una figura alta y que se alejaba a paso lento de ella, supo que la respuesta era afirmativa.
Nadie con vida. Nadie.
El cochero había sido la primera víctima, por parte de los bandidos. Y luego la mujer ricachona que viajaba en su interior. Desgraciadamente, Syna no había llegado a tiempo.
No sabía qué la había llevado a enfrascarse en una lucha que no era la suya. Había visto a lo lejos cómo los bandidos se precipitaban hacia el carruaje, ansiosos por encontrar riquezas dentro. Y, sin saber muy bien por qué, algo le había removido la mente. Desde siempre le había molestado que la gente se dedicase a saquear carruajes, matando a la gente que viajaban dentro sin detenerse a pensar que ellos también tenían una vida. Pero casi nunca había tenido la oportunidad –o el tiempo– de poder entrometerse en esa pelea. Y aquella vez, a pesar de estar frustrada por no cumplir de una vez con su misión, había decidido meterse por en medio e ir quitando la vida a todos aquellos que la habían quitado a otros más, seguramente. Y qué bien le había sentado. Sonaba algo cruel, pero era la verdad. Se lo merecían.
Visto que no había quedado rastro de vida, avanzaba hacia el otro lado del bosque. La intuición le decía que Melissa y el chico que la acompañaba habían pasado por allí no hacía mucho, por lo que intentaba darse prisa.
Cuando algo la detuvo.
Notó que le tiraban de la capa con fuerza, hacia atrás. Se volvió completamente, alerta y con una mano sobre el pomo de su espada, preparada para entrar en acción si había algún bandido que aún quedase en pie.
No vio a nadie a su altura. Pero seguía notando el tirón, así que bajó la cabeza. Y se encontró con una imagen extraña.
En el suelo, tirada cual larga era y extendiendo una mano que aferraba un trozo de tela de su capa, estaba una joven. La misma joven que Syna había creído que le faltaban pocas horas de vida. Tras ella se observaba un rastro de sangre, desde el lugar donde el hacha estaba clavada sobre la piedra, hasta sus pies. Medio cabello lo tenía empapado por ese líquido, al igual que un hombro y parte de su ropa.
A pesar del evidente estado en el que se encontraba, sus ojos seguían llenos de vida, y estos observaban a Syna con cierta admiración y súplica.
–¿Pero qué…? –logró decir Syna, asombrada. Hacía mucho tiempo que no se sorprendía de aquella manera.
–No… No me deje… aquí –murmuró como pudo la joven entre atraganto y atraganto–. Permíteme a… acompañarla, por favor. No… tengo a… dónde ir. Yo… puedo ser su… ayudante… Su… lacaya…
Syna no pudo evitar agacharse a su lado.
–Estás demasiado débil –dijo sin emoción en su voz–. Además eres muy joven.
–No… No me juzgues por… la edad… –Su voz sonaba demasiado quebrada, pero ella luchaba por hablar–. Yo… Puedo hacer lo que me proponga.
Había pronunciado demasiadas palabras de golpe, por lo que, terminada la frase, comenzó a toser y a inspirar profundamente.
A pesar del aspecto que la muchacha ofrecía, Syna vio que sus palabras eran sinceras. Cuando la había visto, ahí, tirada en el suelo, sangrando sin descanso, enseguida había creído que no tenía mucho tiempo, que no valía la pena detenerse. Pero ahora que la observaba mejor, con sus ojos verdes abiertos, logró descubrir que aquella joven era demasiado valiente para su edad. Porque debía tener unos dieciséis años, tres menos que ella. Aun el escaso tiempo que se llevaban, se notaba la diferencia.
Sacudió la cabeza, alejándose de sus pensamientos. No había mucho tiempo, la chica seguía sangrando. Apenas tardó unos segundos antes de tomar una decisión definitiva y ayudar a la joven a levantarse. Porque sabía que podía levantarse.
–Tenemos que apresurarnos –dijo Syna, pasando un brazo de la joven por encima de sus hombros.
–Gabrielle –murmuró la joven.
Syna la miró interrogante.
–¿Disculpa? –preguntó.
–Me llamo Gabrielle –aclaró la otra, en un susurro.
Una expresión indescifrable pasó ante el rostro de Syna.
–Yo Syna –dijo solamente, desviando la mirada hacia adelante.
Salieron del puente y se encaminaron hacia los árboles del bosque, dejando atrás un carruaje en llamas y charcos de sangre manchando la blanca y pulida piedra.
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