[L1] Capítulo 15 (Primera parte): Un lago y una visión



El cielo comenzaba a adquirir tonos rojizos. La noche se acercaba lentamente, y enseguida los sorprendería en mitad del bosque. Lo cierto era que los tres estaban cansados, sobre todo Melissa, que luchaba por mantener los ojos abiertos e iba apoyándose allí donde podía para que no se le doblaran las rodillas. El sueño ya la estaba afectando de gravedad.
Seguía yendo tras la elfa y Crad. Pero no porque la marginaran, si no porque ella misma era la que se había atrasado. No quería que la vieran en aquel estado.
Súbitamente, mientras la joven mantenía la vista fija en los lugares donde pisaba, se chocó contra alguien. Alzó la cabeza y se encontró con la espalda de Crad. Durante el trayecto se había aprendido bien las espaldas de sus dos acompañantes. Aún así, igualmente la habría adivinado. La espalda de Crad era mucho más amplia que la de Elybel.
–¿Qué ocurre ahora? –preguntó Melissa, algo desganada.
Crad volvió el rostro en su dirección e hizo un esfuerzo por aguantarse la risa al ver el rostro somnoliento que mostraba la joven.
 –Se está haciendo de noche, deberíamos buscar ya un lugar para acampar –informó.
Los ojos de Melissa, que habían estado semicerrados hasta entonces, se abrieron de golpe. En su rostro se reflejó una mueca de incredulidad.
–¿CÓMO? –saltó, mirando a su alrededor–. ¿Aquí? ¿Por la noche? ¿Al aire libre?
–¿Y dónde si no? –preguntó Crad, volviendo su cuerpo completamente hacia ella–. No tenemos otra opción. Tampoco es tan malo.
Melissa comenzó a negar con la cabeza enérgicamente. Su corazón latía a gran velocidad, y su mente trabajaba a traición, imaginando lo que podría venir aquella noche. Nunca había acampado al aire libre. Además, las noches allí eran bastante frescas, y ella no veía que tuvieran ninguna manta.
–No me hace mucha gracia.
–Oh, vamos –irrumpió Elybel, colocándose junto a la humana–. Tampoco será tan malo, ya verás –le dijo sonriente.
–Pero… –murmuró la otra, aún no muy convencida.
Quiso preguntar si había alguna cabaña o alguna posada donde poder alojarse. Pero enseguida alejó aquella idea de la cabeza. No podía haber nada de eso por ahí, pues no tendría mucha salida. Estaban en mitad de un bosque donde la mayoría de la gente que entraba, se perdía. A no ser que hubieran estado entrenados desde pequeños, como chóferes de carruajes que hubieran dedicado toda una vida a estudiar aquel lugar. No tenía sentido que estuviera construido algún edificio de ese tipo por ahí, para cuatro personas que pasaran de vez en cuando.
–Este sitio está bien –se oyó a Crad de repente. Las dos chicas lo miraron. No se habían dado cuenta de que ya se había separado de ellas y estaba unos metros más adelante, asintiendo con la cabeza mientras investigaba el suelo de un pequeño espacio redondo sin ningún árbol por en medio.
Melissa lo fulminó con la mirada.
–Eh, ¿quieres bañarte? –preguntó Elybel de repente, aferrando el brazo de la joven.
Melissa se miró. Aunque no hacía falta, sabía que lo necesitaba urgentemente. Hacía días que su cuerpo no tocaba agua, y los asaltos y carreras que había sufrido no ayudaban mucho.
–Lo agradecería –admitió–. Pero, ¿dónde? –preguntó, algo inquieta por la respuesta que podría darle.
La elfa señaló un punto más allá de los árboles, fuera del camino, donde unas grandes rocas se amontonaban al pie de un barranco claramente imposible de escalar.
–Según me contaron, allí tiene que haber un pequeño lago. Se dice que el agua está templada y limpia –sonrió–. ¡Vamos!
No esperó a la contestación de Melissa. Elybel se la llevó por delante sin ningún tipo de escrúpulo, arrastrándola hasta llegar junto a las rocas, y dejando a Crad atrás, tanteando el terreno para asentarse aquella noche.
Cuando se detuvieron las dos chicas, Melissa se zafó de su mano malhumorada y dejó al animal –que aún llevaba en brazos– en el suelo, junto a ella. No le gustaba que la arrastraran de aquella manera sin previo aviso.
Antes de darse cuenta, la elfa ya estaba escalando una roca y asomando la cabeza al otro lado. La humana pegó un leve brinco al escuchar su grito de júbilo. ¿Qué le ocurría a Elybel? Antes no le había dado la impresión de que fuera tan… excitable.
–¡Sí, aquí hay agua! –exclamaba, mientras se deslizaba de nuevo por la roca hasta llegar al suelo–. Venga, va, escala. Tras las rocas hay un pequeño hueco seco donde podremos quitarnos la ropa. ¡Sin miedo a que nadie nos espíe! –Había alzado la voz notablemente en las últimas palabras, y aquello alertó a Melissa.
Sin más dilación, tras un animado «¡Venga, vamos!» por parte de la elfa, esta se aferró nuevamente a la roca y le tendió una mano a Melissa. Melissa negó con la cabeza.
–No, gracias. Puedo hacerlo yo sola –hizo notar.
Elybel se encogió de hombros y desapareció tras la roca. Melissa inspiró hondo y se dispuso a subir. No sabía cómo le iría aquello. Lo cierto es que no se le daba bien escalar. Pero qué demonios, debía intentarlo.  Además, aquella roca no era nada del otro mundo. ¿Tres metros y medio quizás? Tragó saliva.
A penas había puesto un pie sobre un pequeño saliente, observó sobresaltada que el cachorrito negro había pegado cuatro saltos y ya se encontraba en lo alto de la roca. Lo miró envidiosa.
–Me has traicionado –le dijo.
Lanzó una maldición. De nuevo hablaba con los animales. ¿Qué ganaba con ello? Que la creyeran aún más loca de lo que ya aparentaba.
Tras asentar la cabeza, se impulsó con fuerza, afanándose en agarrarse a cualquier hueco que encontrara. Cosa difícil, porque la roca era casi completamente lisa. Fue a levantar un pie, pero algo se lo impidió. Miró abajo. Al parecer, la falda le dificultaba la movilidad. Lanzó un grito frustrado y se la arremangó todo lo que pudo. La agarró con el brazo y, con las piernas desnudas y cierta dificultad dado que tenía una extremidad ocupada, siguió escalando la roca.
Se sorprendió a sí misma cuando descubrió que ya había llegado arriba, y se encontraba junto al animal que la había aguardado pacientemente moviendo la cola. Lanzó un suspiro de alivio y se sentó en el borde, de espaldas al lago que aún no había visto.
El instinto le dijo que debía mirar al frente, hacia los árboles. ¿Y qué vio allí? A un Crad tirado por el suelo, encogido sobre sí mismo, sujetándose la tripa y riendo estrepitosamente.
Había visto su numerito.
–¡Serás…! –gritó Melissa con el rostro rojo por la furia–. ¡No te rías! ¡Seguro que tú tampoco estarías muy cómodo con falda!
Entonces fue ella misma la que explotó en carcajadas, imaginándose a un Crad con falda. Y por culpa de ello, se desequilibró, cayendo hacia atrás de inmediato. Soltó un leve grito en el aire, e hizo lo posible por caer de pie. Pero ella no era un gato. Sólo consiguió caer casi de frente. Lanzó gemidos de dolor mientras se intentaba incorporar ayudándose de las manos. Su enfado creció al oír que las carcajadas del chico iban en aumento.
–¡Cállate de una maldita vez! –chilló, de nuevo con la cara hirviendo e intentando sentarse en el suelo de piedra. ¿Por qué no podía ser agua, o hierba como mucho? Elybel tenía razón. Había un buen hueco entre las rocas y el pequeño lago.
Una figura de cabellos rojos se acercó a ella con nerviosismo. La agarró de los brazos y la ayudó a levantarse.
–¿Estás bien? –le preguntó Elybel, con un tono de preocupación en su voz–. ¿Te has hecho daño?
–No, no, tranquila –se apresuró en responder, escurriéndose de sus brazos. No quería ayuda–. De verdad, me encuentro perfectamente.
–No le hagas mucho caso –dijo Elybel mostrando una sonrisa tranquilizadora–. A veces es así, no lo puede evitar.
Melissa la miró sin poder evitar fruncir el ceño. Aquella elfa tenía cambios de humor muy repentinos. Esta le sonrió con dulzura. El color rojizo del cielo contrastaba con su larga trenza, que le llegaba casi hasta el ombligo.
–Ya, bueno –saltó Melissa–. Tampoco le hago mucho caso. Sólo que a veces es insoportable…
Se interrumpió a sí misma, quedando anonada, observando lo que tenía a su izquierda. Allí había un pequeño lago de aguas que brillaban con la escasa luz del sol que iba escondiéndose en el horizonte. Pero es que además, estas aguas reflejaban tanto el color rojizo del cielo, que parecían sangre. Un color sangre hermoso, que hacía brillar los ojos de emoción.
–Lo sé –suspiró Elybel de repente, atrayendo la mirada sobresaltada de Melissa. Había estado tan despistada observando el agua, que no se acordaba de que Elybel aún estaba junto a ella–. Es hermoso, ¿verdad? –Tenía los brazos cruzados ante el pecho, y sus ojos mostraban un brillo melancólico–. Para mí también es la primera vez que lo veo. Siempre me han hablado de este sitio, pero aún no había tenido la oportunidad de venir yo misma. Todos los días, en la puesta de sol, ocurre esto. Lo llaman Leirigh. –Desvió la mirada hacia Melissa–. Significa «lago rojo».
–Lógico –murmuró Melissa, viendo cómo el cachorrito negro jugaba metiendo su patita en el agua de color–. Y precioso… –añadió.
–Cierto. Pero aquí hemos venido a bañarnos, así que venga –decía animada, retirándose a un rincón y empezando a sacarse la ropa.
Melissa no sabía qué hacer. Tenía unas ganas tremendas de lavarse. Pero le sabía mal hacerlo en un lago tan hermoso como aquel. Aunque aquello sería como un sueño. Poder sumergirse en unas aguas rojizas… qué magnífico sonaba.
Tras unos segundos de vacilación, asintió con la cabeza para sí e imitó a Elybel, despojándose de aquellas prendas que tan aburrida la tenían. A la mínima que pudiera, buscaría otro tipo de ropajes. En aquello tenía envidia de Elybel. La elfa llevaba unos pantalones cortos ajustados y una camiseta de tirantes color caqui, con un grueso cinturón del mismo marrón que los pantalones y las botas.
De repente, la joven pelirroja se volvió, y le tiró algo que Melissa cogió al vuelo. Era una pequeña esfera color malva que olía a flores.
Tardó en reconocer de qué se trataba, dado que no se lo esperaba.
–¿Jabón? –preguntó.
Elybel le sonrió.
–Jabón –afirmó.
Melissa volvió a mirar la esfera. Por una parte, aquel mundo llamado Anielle se iba pareciendo más a la Tierra. Pero por otra, en Anielle se descubrían paisajes y otras formas de vida que la terrícola no hubiera podido imaginar jamás.


Recostado en el tronco de un árbol, observaba en silencio las hojas que le ocultaban el cielo. Hacía rato que se encontraba en esa posición. Y le gustaba.
Una ligera brisa hacía danzar los mechones de su cabello rubio blanquecino, que le llegaban casi hasta los hombros. Aquello lo relajaba completamente, sumiéndole en una paz y una tranquilidad que hacía tiempo que aguardaba.
Últimamente se había visto agobiado por sus maestros, esos que le enseñaban cómo ser un buen luchador con la espada. Y lo cierto era que tenía mucha destreza con ella. Sabía escurrirse por el sitio adecuado, y dar en el punto exacto para que, o bien la víctima sufriera un tiempo hasta morir sin remedio, o bien fuera una muerte rápida y no dolorosa. Y él hacía notar que prefería la última. No le gustaba ver sufrir a la gente.
Pero los maestros no veían aquello suficiente. Querían hacerle un hombre fuerte y frío. Un hombre igual que su hermano; o aún mejor, un hombre como Gouverón. Aquel chico conseguía una fuerza sobrada para su edad, pero no la frialdad para matar. No comprendía cómo podía haber gente que les gustase ver sufrir a sus víctimas. Comprendía que estaban en plena guerra, que debía obedecer órdenes. Pero aquellas órdenes se le escapaban de las manos. Eran demasiado crueles para él, un sencillo adolescente que sólo quería vivir como cualquier otro, y no dedicar toda su juventud a ser entrenado con mano dura.
Lanzó un suspiro. A veces le daban ganas de huir, de escapar de aquella vida. Pero luego pensaba en su hermano, que tantas esperanzas ponía en él. Huérfano de padres como lo era el adolescente, su hermano era la única familia que le quedaba. Y el único con el que mantenía una mínima amistad, a pesar de las escasas veces que se encontraban.
Bajó la mirada lentamente, aún absorto en sus pensamientos. Y entonces se encontró de frente con una escena que no esperaba.
Dos caballos amarronados galopaban tranquilamente por entre los árboles. El más alejado de él estaba montado por una mujer de cabellos lacios y color azabache, cubiertos por la capucha de su capa granate. Y a su lado iba otro corcel más oscuro, con una raya recta más clara, que partía desde el ceño y llegaba hasta el comienzo del hocico. Sobre este había otra joven manchada ligeramente por un líquido rojizo.
Sangre.
El joven entrecerró los ojos, curioso. No era habitual encontrarse a dos jóvenes montadas a caballo por aquellos alrededores. Y menos aun que una de ellas estuviera en aquel estado.
Súbitamente, sintió un leve estremecimiento en el ambiente de su alrededor. Se había quedado mirando fijamente a la joven malherida, y se había olvidado por completo de la otra. Cuando sus ojos se desviaron hacia esta, se dio cuenta de que lo estaba observando.
Unos ojos dorados y brillantes le atravesaban la piel, llegando al fondo de su cerebro y provocándole un escalofrío que recorrió su columna vertebral de arriba abajo. ¿Qué le ocurría? Aquello no era normal.
Y fue entonces cuando, como si lo hubiera pedido a gritos, oyó su nombre. A pesar de ello, le costó volver la cabeza hacia el origen de la voz, pues se había quedado clavado en la mirada dorada de la joven.
–¿Qué hace usted aquí?
Al fin, el joven giró la cabeza, dirigiendo sus ojos hacia aquel que le llamaba la atención. Era su maestro de espada; el más duro de todos.
–Descansaba –respondió solamente, encogiéndose de hombros.
–Sabe que eso no se le está permitido –dijo duramente–. Su deber es entrenar.
–Si no descanso, no rindo lo suficiente –se excusó el joven, lanzándole una mirada heladora.
Luego volvió su cabeza de nuevo hacia el lugar donde había visto a esas dos jóvenes.
Pero ya no se encontraban allí.

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