[L1] Capítulo 15 (Segunda parte): Un lago y una visión
Sentía movimiento bajo su cuerpo. Un leve zarandeo que la despejó del todo. Abrió los ojos con lentitud, esperando a que su vista se enfocara. Y cuando esta lo hizo, lo primero que vio fue el suelo de tierra y hierba. Por un momento, creyó que caía, y se incorporó rápidamente, sobresaltada. Un fuerte y punzante dolor le golpeó la cabeza, lo que provocó que su mano se precipitara hacia la zona dolorida. Notó una textura suave y algo húmeda. Se miró la palma de la mano. Aquello no había podido ser su cabello.
–No te muevas tan deprisa –habló alguien a su lado–. Todavía no te has recuperado del todo.
La joven se volvió repentinamente, encontrándose frente a frente con una muchacha cubierta por una capa granate, montada sobre un caballo.
Tardó en recordar qué había pasado.
–Tú… –murmuró sorprendida. Luego miró al animal sobre el que estaba subida. Era uno de los caballos que habían arrastrado el carruaje donde ella iba montada–. ¿Qué ha pasado? –preguntó volviendo los ojos hacia Syna.
Esta guardó silencio unos segundos, sin desviar su brillante mirada de un camino que no existía. Se movían a través de los árboles del bosque. Ninguna señal especial les marcaba una ruta que seguir.
–Unos bandidos atracaron tu carruaje –respondió Syna.
Gabrielle bajó la mirada hacia ningún lugar en concreto. Movió sus ojos por las escasas flores que se abrían paso entre la tierra. Comenzó a recordar lentamente todos los detalles de lo ocurrido. La flecha encendida, la muerte de su antigua dueña, los golpes en la cabeza y la pérdida de conocimiento; y luego, aquella extraña sensación.
Miró de nuevo a la mujer que iba a su lado. Había aceptado que la acompañara. Ella, que parecía tan solitaria y fría… ¿Por qué? Prefirió no preguntarle nada el respecto. Mejor que así fuera. Estaba casi segura de que si la hubiera dejado allí, tampoco habría durado mucho.
–¿Adónde vamos? –preguntó sin embargo.
Los dorados ojos de Syna se clavaron en ella, y Gabrielle le soportó la mirada sin mucho esfuerzo, a pesar de que sentía curiosidad hacia ellos. Una sombra de extrañeza apareció en el rostro de Syna.
–Yo tengo una misión muy importante que cumplir –dijo esta con seriedad–. Te ayudaré a salir del bosque, luego cada una tendrá que seguir su camino.
Gabrielle se tornó ligeramente pálida. Abrió la boca para decir algo, pero enseguida se lo pensó más bien y la cerró. Se mordió el labio inferior y desvió la mirada hacia los árboles del otro lado. Comenzó a pensar con rapidez. ¿Qué pasaría una vez hubieran salido del bosque? Ella no tenía a dónde ir, no le quedaba nada. Entonces, ¿qué ocurriría con su vida?
Todos aquellos pensamientos se esfumaron de repente cuando divisó a lo lejos a dos figuras que caminaban con rapidez. La vegetación enseguida los ocultó, y Gabrielle no pudo ver nada más a parte de verde, verde y verde. Le gustaba aquel color, pero sentía curiosidad de quiénes eran aquellos dos que había visto.
De repente el corcel sobre el que iba montada se balanceó un poco hacia un lado. Lo miró alertada y frunció el ceño.
–Creo que los caballos están cansados –murmuró. Luego volvió a girar la cabeza hacia Syna–. Deberíamos pararnos a descansar. No podrán seguir toda la noche, ya llevan mucho tiempo arrastrando del carruaje.
Se hizo un silencio durante el cual Syna caviló pacientemente.
–Tienes razón –afirmó tirando de las riendas.
Gabrielle la imitó, bajó de su caballo y alzó la cabeza al cielo. Se arrepintió completamente. El dolor de la herida se intensificó, pero apretó los dientes y disimuló. Cuando bajó la mirada, vio que Syna también estaba en el suelo y ya caminaba, arrastrando a su hacia donde ella quería. La joven se apresuró en ponerse a su altura.
Unos diez metros caminaron, hasta que Syna se detuvo y miró a su alrededor. No era un espacio muy grande, pero dado que sólo eran dos, les bastaba. Sin decir una palabra, amarró su caballo a una raíz que sobresalía de la tierra. Estaba a la altura perfecta, debido a que se situaba en un pequeño montón de tierra que creaba una especie de muralla entre el espacio donde iban a quedarse y el resto del bosque.
El animal enseguida se tumbó y cerró los ojos. En efecto, estaba cansado. Sin detenerse un segundo, Syna se alejó un tanto de él y se agachó para rozar la tierra con la yema de los dedos.
–Aquí se podría hacer un fuego –murmuró pensativa.
–Yo voy a buscar leña –anunció Gabrielle, tras anudar a su propio corcel en otra raíz.
Ya estaba encaminándose hacia subiendo por el montón de tierra, cuando algo la cogió por la cabeza. La muchacha se quedó quieta, reprimiendo un gemido de dolor.
–Tu herida no está curada del todo –dijo una voz a su espalda. Gabrielle supo perfectamente que se trataba de Syna. ¿Quién si no?
Súbitamente, sintió un leve cosquilleo en la zona donde tenía herida. Fue una sensación extraña que la inquietó, poniéndola nerviosa. Se zafó de Syna y tras alejarse un par de pasos, se volvió hacia ella frunciendo el ceño. Fue entonces cuando sintió que el dolor de su cabeza iba desapareciendo.
–¿Qué has hecho? –preguntó confundida.
Syna la miró unos segundos, y luego alzó la cabeza hacia los árboles. Se llevó la mano a una daga de su cinturón y entrecerró los ojos.
–Yo me encargo de la comida.
Dicho esto, lanzó la daga hacia arriba. Gabrielle se quedó inmóvil, con los ojos abiertos y, sin tiempo a reaccionar, algo cayó ante ella. Miró al suelo.
Era un pájaro con una daga clavada en la tripa.
Volvió a dirigir sus ojos a Syna. Esta siguió tan fría como siempre, cogió el pájaro del suelo y volvió a mirar hacia arriba.
–Se nos va a hacer de noche –dijo.
Gabrielle comprendió el doble sentido de la frase, dio media vuelta y caminó deprisa hasta estar que Syna no fue más que una sombra entre los árboles.
La escena del pájaro la había sorprendido completamente. Pero eso no cubría la inquietud que había despertado en su interior a causa del cosquilleo que había sentido.
En efecto, el agua estaba templada. Aquello era extraño. Lo más lógico hubiera sido que estuviera fría, dado que no provenía de ningún agua termal, si no, por lo que había descubierto, salía de un agujero de la colina que había al lado. A pesar de ello, la temperatura era agradable. Ni muy fría ni muy caliente. Perfecta.
El tinte inmaterial del lago se había ido desvaneciendo. La puesta de sol había sido muy intensa, y todo el cielo se había cubierto por una capa rojiza que raras veces se veía en la Tierra. Melissa se preguntó si todos los días sería así.
–¿Cómo lo conociste?
Melissa se volvió hacia la voz. Era Elybel, semioculta tras una roca. Aunque en realidad había sido la humana la que se había intentado esconder al bañarse.
–¿Cómo? –preguntó, extrañada por la repentina pregunta.
–Que cómo conociste a Cradwerajan –aclaró la elfa.
La joven tardó en responder. Desvió la mirada hacia la piedra azulada de su colgante, que flotaba sobre el agua. Donde se encontraban ellas dos, el lago no era muy profundo. Melissa, que debía rondar el metro sesenta, estaba de rodillas, y el agua le llegaba casi hasta el cuello.
–Pues me encontró deambulando por el bosque, perdida –comenzó a relatar–. Había conseguido burlar a uno de los guerreros esos del tal Gouverón. –Calló, esperando que la corrigiera. Para su sorpresa, Elybel no lo hizo. Parecía que al fin había conseguido aprenderse un nombre. Tomó aire y siguió–: Fue el guerrero al que le robé el arco y el carcaj. No llevaba muchas armas encima, e intuía que las podría necesitar en un futuro. –Suspiró al descubrir que todavía no había tocado ninguna flecha de las que se había llevado, que apenas eran tres si recordaba bien–. Me escondí tras un matorral cuando oí los cascos de un caballo. Entonces apareció un hombre que llevaba una armadura negra. Sólo le pude ver los ojos.
–El chico con el que se fue Senlya, ¿cierto? –interrumpió la elfa por primera vez.
–Bowar… –susurró Melissa. Luego se percató de que se había dirigido a su hermana por su nombre. No le dio mucha importancia. A lo mejor allí no solían dirigirse a las personas por su parentesco.
–¿Y Cradwerajan? –preguntó Elybel, incitándola a que siguiera con su relato.
–Pues, cuando el caballero se fue, llevándose con él al hombre muerto, alguien habló. Me volví y me encontré con Crad –sonrió al recordar su conversación–. Al principio no quise saber nada de él, me desquiciaba. Me fui hacia otro lado, y entonces me volvió a atacar otro soldado de esos. Esquivaba sus ataques con facilidad, pero él era mucho más hábil que yo, así que pronto vi la punta de su espada abalanzándose sobre mí. –Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar el momento–. Cuando creía que estaba todo perdido, apareció él. Mató al hombre y me salvó la vida. Por ello accedí a pertenecer a la Séptima Estrella.
–¿Y ahora por qué viajas con él? –saltó Elybel, al notar que Melissa había terminado de hablar–. Podrías haberte quedado con la abuela y su hermana.
Melissa se puso tensa, algo molesta ante la brusquedad de la elfa.
–No quería quedarme allí –respondió solamente.
–¿Y no te sientes mal?
La humana frunció el ceño, extrañada.
–¿Por qué debería sentirme mal? –preguntó.
–Por ser un estorbo.
Un pájaro pasó volando sobre sus cabezas. Su canto se parecía mucho al de un cuervo.
–¡¿Cómo has dicho?! –saltó Melissa, levantándose de un salto pero sin moverse de detrás de la roca–. ¿Por qué soy un estorbo?
–Oh, vamos, es obvio –dijo Elybel tranquilamente–. Eres demasiado débil para moverte en este mundo. Sólo eres una carga para Crad. Es verdad, ¿por qué le llamas Crad y no por su nombre completo?
–Ahora no estamos hablando de eso –contestó Melissa, algo borde.
–No te enfades, sólo digo la verdad. Debías saberla.
Melissa apretó con fuerza los puños. Estaba a punto de explotar, y no quería que eso ocurriera habiendo agua de por medio.
–Me voy, ya estoy limpia.
–¡Tampoco hace falta que te pongas así! –gritó Elybel, al oír que Melissa salía del agua. Su ropa estaba en el lado contrario de la roca, así que no la veía, y sólo podía saber lo que ocurría por los sonidos que le llegaban a los oídos–. ¡Yo solamente quería comentártelo!
Nada. Melissa ya se había marchado. La pelirroja suspiró y hundió su rostro hasta la nariz. Elevó larga pierna derecha hasta que salió del agua, y observó su piel bronceada. Volvió a dejar caer la pierna y observó el cielo. Empezaba a oscurecer, ya sería hora de salir del agua; pero no le apetecía. Se quedaría un rato más.
Gabrielle andaba tranquila entre los árboles, recogiendo todas las ramas que encontraba en su camino. Mientras lo hacía, mostraba una agradable sonrisa. Aun así, no se olvidaba del incidente de los calambres que había sufrido en la cabeza, cuando la tal Syna la había tocado. Recordarlo le provocaba un nuevo escalofrío.
Un extraño sonido la alertó, provocando que volviera la cabeza, en busca de su origen. El ruido había sido breve, y no encontraba por ningún sito su procedencia. Pero entonces lo volvió a oír. Y esta vez acompañado por una voz humana. Una voz claramente masculina.
La curiosidad le pudo, y se dejó llevar por los sonidos que se prolongaban. Parecía que alguien estuviera agitando una espada en el aire. Y a medida que se acercaba, estaba más segura de ello.
Hasta que lo vio. Al principio no supo cómo reaccionar, y se quedó quieta en el sitio, sintiendo que los brazos le desfallecían. Pero enseguida se apresuró a esconderse tras el tronco de un árbol, y a sujetar con más fuerza las ramas que había ido recogiendo.
Asomó ligeramente la cabeza, presa de la curiosidad. Ante ella, un chico joven entrenaba con su espada. Sólo practicaba estrategias en el aire –de ahí la procedencia de los sonidos que había escuchado–. Los bruscos movimientos provocaban que sus mechones rubios casi blancos se agitaran en el aire, a veces golpeándole su pálido rostro. Llevaba una camisa arremangada, lo que dejaba ver sus musculosos brazos, tensos al soportar el peso de la enorme espada. Porque esta era muy grande. Tenía una empuñadura dorada y una gema verde incrustada en esta. El filo de la espada era bastante grueso. Gabrielle se preguntó cómo podía levantarla. Luego volvió a la realidad. Estaba claro que aquel chico llevaba entrenándose varios años.
Siguió mirando un poco más. Cuando, súbitamente, el chico se giró hacia ella, permitiendo que la muchacha descubriera unos profundos ojos verdes. Gabrielle, sobresaltada, se escondió tras el tronco del árbol. Hiperventiló unos segundos, hasta que decidió intentar calmarse y escuchar con más atención.
El sonido de la espada seguía oyéndose, al igual que ligeros gemidos de fuerza. Frunció el ceño y volvió a asomar la cabeza con lentitud.
El joven seguía entrenando. Al parecer no la había visto, cosa que Gabrielle agradeció. Probablemente la oscuridad la había mantenido oculta. Sonrió de lado al ver el empeño que el chico ponía en su entreno.
–¡Koren! –llamó alguien.
Gabrielle dio un respingo, sobresaltada. Estuvo a punto de ocultarse nuevamente, pero vio cómo un hombre alto y robusto se acercaba al chico, dedicándole una expresión seria. Comenzaron a hablar sobre estrategias de espadas, cosa que la joven no entendía mucho. Fue entonces cuando recordó que había ido a buscar leña, y que se estaba retrasando bastante. Se propuso a alejarse, cuando una rama se le resbaló de los brazos y cayó al suelo. Obviamente, atrajo la mirada de ambos.
Se acercó lo más sigiloso que pudo. Cuando vio que era el momento indicado, se lanzó contra el lugar de donde había procedido el sonido. Sus pies aterrizaron en la tierra. El espacio estaba vacío. Observó su alrededor con curiosidad, pero sólo encontró una delgada rama en el suelo. Probablemente la causante de lo que habían escuchado. Pero alguien debía haberla tirado, ¿no? Se sentía incómodo ante la situación. Entonces su maestro de espada le llamó, con su típico vozarrón exagerado. Koren asintió y, tras echar un último vistazo, acudió junto a él.
Unos metros más allá, tras un espeso matorral, una joven suspiró aliviada.
Lanzaba maldiciones por lo bajo, enfurecida, sujetando su bandolera, la falda y el corsé como podía. Apenas había esperado a secarse. Se había puesto solamente la blusa –que le cubría justo la ropa interior– y la capa azul por encima, y había huido de allí lo antes posible. Tampoco quería acercarse a Crad, así que se había desviado hacia otra dirección, consciente de que podía perderse.
Pensó en lo que le había dicho Elybel. Aunque no lo hubiera admitido ante ella, sabía que tenía razón. Solo era un estorbo, no servía para nada útil para ninguno de los dos. Ellos estaban más preparados para ese mundo. Lamentaba admitirlo, pero era la verdad. La única solución que encontraba era irse de allí. Posiblemente no lograría sobrevivir, pero al menos dejaría en paz a Crad y a Elybel, que tan unidos se veían.
Mientras seguía absorta en sus cavilaciones, algo le rozó el tobillo.
Rápidamente, sus ojos se desviaron tras ella. No había nada. Bajó la mirada y se encontró con el cachorrito peludo de color negro. Sonrió y se agachó para acariciarlo. Aún no le había puesto nombre, pero se le estaban ocurriendo varios relacionados con los sobresaltos.
Súbitamente, el animal comenzó a correr, zigzagueando por sus piernas y lanzándose luego a la espesura de la vegetación.
–¿Qué demonios haces? ¡Vuelve aquí!
Tiró todo lo que sujetaba al suelo, y echó a correr hacia donde se había escondido el cachorro. Al acercarse, tropezó con una piedra y su cuerpo se precipitó hacia delante, directo a los matorrales. Cayó sobre ellos, agradeciendo que al menos estos le hicieran un poco de muelle y no se empotrara directamente con el suelo. Fue entonces cuando sintió algo peludo en sus manos. Abrió los ojos, que había mantenido cerrados durante la caída por instinto de protección, y se encontró con que había cogido al animal de pura casualidad.
–Vaya, aquí estás –dijo sonriente.
Alzó la cabeza al sentir un ligero aliento cálido sobre su rostro.
El corazón se le detuvo de súbito.
Frente a ella, a escasos centímetros de su rostro, unos oscuros ojos cuya pupila no se distinguía casi, la observaban con un brillo curioso y sorprendido a la vez. Varias greñas de color rubio muy oscuro caían ligeramente sobre estos. Pero aquello no impidió que el susto de Melissa fuera menor. El grito que lanzó asustó a varios pájaros que estaban posados sobre las ramas de los árboles. Estos echaron a volar.
Pero el grito no vino solo. Ante un arrebato de instinto de supervivencia y terror, envió su puño a estrellarse contra la cara de aquel inesperado personaje. Creyó oír un leve crujido.
Se levantó aprisa con el animal en brazos, y caminó hacia atrás sin detenerse, todavía con el puño cerrado. Cuando chocó contra algo. En un autoreflejo, Melissa golpeó ese algo con el codo, lo más fuerte que pudo. Un quejido de dolor le llegó a los oídos. Volvió a la cabeza y se llevó la mano a la boca.
–Oh, Crad, lo siento… –murmuró. Pero enseguida cambió el tono de voz–. ¡No me asustes de estas maneras! ¡Acabo de ver a un chico ahí detrás! –exclamó señalando con un dedo el lugar del encuentro.
–Maldita sea, pegas fuerte cuando quieres –protestó Crad con una mano en el vientre–. Espera, ¿qué has dicho? –reaccionó.
–¡Deja de quejarte, joder! ¡Allí! –repitió, algo nerviosa, volviendo a señalar el matorral–. Un chico de ojos negros.
Crad se acercó rápidamente. Asomó la cabeza y observó los metros que había de altura. Los suficientes para que el suelo que pisaba le llegara al pecho a una persona alta. Luego, volvió a mirar a Melissa.
–Aquí no hay nadie, Mel –informó.
–Imposible –murmuró Melissa acercándose a su lado para ver si era cierto.
Y sí, tenía razón. Ahí no había nada.
–A lo mejor ha marchado corriendo cuando le di el puñetazo o algo… –susurró en voz baja.
–¿Le diste un puñetazo? –preguntó Crad, algo sorprendido.
–Fue un autoreflejo, ¿vale? –reprochó Melissa.
–Eso explica la sangre que hay por ahí.
–¿Sangre? –Esta vez fue Melissa la sorprendida.
Miró con más atención y descubrió que sí había pequeñas gotitas de sangre que iban dejando un rastro, pero luego desaparecían de repente.
–Veo que ya tienes la mano mejor –opinó Crad, observando la mano de Melissa que antes había estado vendada.
–Le pegué con la otra –refunfuñó Melissa.
Se hizo un incómodo silencio. Melissa miró a Crad, y descubrió que este tenía la vista puesta más abajo, casi en el suelo. Bajó los ojos y recordó que tan solo llevaba la blusa de Yaiwey. Los colores se le subieron al rostro, y volvió a alzar la cabeza, algo molesta.
–¡¿Qué estás mirando?! –preguntó gritando.
Crad volvió sus ojos color avellana a los suyos.
–¿Por qué vas a medio vestir? –preguntó mostrando una sonrisa de lado.
–¡¿Y a ti qué te importa, imbécil?! –gritaba, roja de vergüenza, intentando cubrirse con la capa–. ¡¿Quieres que te de un puñetazo a ti también?!
El chico explotó en carcajadas y se alejó unos pasos de ella, dándole la espalda. Solo entonces, Melissa se percató de que llevaba un par de pájaros en la mano, colgados boca abajo.
–¿Qué es eso? –preguntó arrugando la nariz.
–¿Esto? –Alzó la mano con los pájaros, dirigiendo su mirada hacia ella girando la cabeza–. La cena de esta noche.
Melissa no sabía si decir «qué asco» o «al fin comida». Se decantó por quedarse callada. Crad volvió de nuevo la cabeza y se quedó quieto frente al tronco de un árbol.
–Vamos, vístete, Mel –dijo.
–Vete entonces –protestó ella.
–Si dices que hay un tipo misterioso rondando por aquí, no es muy prudente que te deje sola mientras te vistes, ¿no?
La joven tardó unos minutos en responder. Le extrañaba que aquellas palabras tan protectoras salieran de la boca de Crad. Pero algo le llamó más la atención.
–No me llames Mel –refunfuñó–. No me gusta.
–No me llames Crad.
–¡No sé pronunciar tu nombre! –se excusó.
–Pues entonces yo tampoco –dijo encogiéndose de hombros–, Mel –terminó.
–Agh, te odio.
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