[L1] Capítulo 2: Muerte cercana
Melissa
se había quedado sin habla, observando al chico que le había
hablado en español. Tras escuchar tantas palabras extrañas, se le
hacía raro que alguien le hablara en un idioma conocido.
—¿Qué
pasa? —le preguntó aquel joven—. ¿Te has quedado sin habla, o
es que no me entiendes? Oh, claro que no me entiendes. Eres de...
—Sí
que te entiendo —lo interrumpió Melissa—. Aunque sea de Italia,
he aprendido español. Y lo hablo y entiendo perfectamente.
El
joven enarcó una ceja, extrañado
—Oh,
mierda —replicó de repente el chico—. Ya han aprendido nuestro
idioma... Serán...
—¡Oye!
—saltó Melissa, levantándose al fin del suelo y poniendo los
brazos en jarra—. ¿Qué problema tienes con los italianos? Todo el
mundo tiene derecho a aprender las lenguas que le dé la gana.
—¿Pero
qué son italianos?
Esta
vez fue Melissa la sorprendida.
—¿En
serio? —Aguardó unos instantes, esperando alguna reacción por
parte de aquel chico. Él sólo se encogió de hombros—. Me
vacilas. —No lo pronunció como una pregunta, si no como una
afirmación.
—¿Qué?
—preguntó de nuevo el chico, frunciendo el ceño.
—¡Madre
mía! ¡Qué poca cultura general tienes! —exclamó Melissa
indignada.
Se
quedaron en silencio. El chico inspeccionó a Melissa de arriba a
abajo, lo que provocó que la joven se ruborizara.
—Vas
vestida muy extraña —opinó.
Melissa
se miró a sí misma. Llevaba unos pantalones vaqueros —ahora
rasgados gracias a las caídas y al movimiento de subir al árbol—,
unas bambas con la solapa por fuera de Adidas, un
camiseta básica negra de manga larga y una chupa de cuero marrón
oscuro. Volvió a dirigir su mirada al chico y arrugó la nariz.
—¡¿Cómo?!
—Aquel joven había conseguido que Melissa se indignara aún más.
Lo miró mejor y replicó—: ¿Te has mirado bien al espejo? ¡Parece
que vengas del pasado! ¡De la Edad Media por lo menos!
Y en
efecto, eso aparentaba. Llevaba unos pantalones anchos de color beis,
una camisa blanca bajo un chaleco verdoso y rasgado. Sus botas
eran marrones y parecían militares, pero mucho más atrasadas de
las que Melissa conocía. También poseía un cinturón de donde
colgaban un par de dagas y una espada, y una capa bastante gruesa que
le colgaba casi hasta la espinilla.
—¡Tú
pareces un chico! —contraatacó el joven.
—¡Y
tú un pordiosero! —Estaba roja de furia, así que decidió
respirar hondo y le dio la espalda agitando una mano en el aire a
modo de despedida—. Me voy. No merece la pena perder el tiempo
hablando contigo.
—¡Eh!
¡Alto ahí!
No le
dio tiempo ni a respirar. Cuando quiso darse cuenta, Melissa estaba
con la espalda contra el tronco de un árbol y tenía ante ella al
chico apuntando una daga contra su cuello. Parpadeó sorprendida y
maldigo para sus adentros.
—¿Lo
sabe más gente? —preguntó el chico, acercando la hoja de la daga
poco a poco.
—¿De
qué hablas? —preguntó Melissa, procurando no respirar demasiado.
—Del Sprachege.
Melissa
se preguntó si aquella palabra había salido de la boca de su
boca o es que un pájaro se había estrellado contra el suelo
cerca de ellos.
—¿Qué
demonios es Spranchoge?
—Sprachege —corrigió
el joven—. El idioma que estás hablando ahora mismo.
Melissa
negó con la cabeza muy levemente, pues sentía la daga apoyada en su
piel.
—Yo
estoy hablando español, no Spranche —explicó.
—Sprachege.
El idioma de los pertenecientes a la organización de la Séptima
Estrella.
Ahora
sí que se había perdido.
—¿Séptima
Estrella? ¿De qué demonios hablas? —preguntó, entre curiosa
y confusa.
El
joven suspiró, resignado.
—La
Séptima Estrella. Esa gente que quiere destronar al gobernador.
¿Dónde has estado viviendo estos últimos años? ¿En una cueva?
—Más
o menos, sí —respondió Melissa encogiéndose de hombros.
El
joven enarcó una ceja. Y Melissa bufó.
—¿Pero
tú perteneces a la Séptima Estrella o eres una Gouveriana?
Melissa
empezaba a cansarse de las palabras extrañas, por lo que, durante un
subidón de adrenalina, bajó su mano hasta el cinturón del chico y
le quitó una daga. Apoyó la punta en el vientre del atacante y con
el otro brazo apartó rápidamente la mano de este para que dejara de
apuntarla con la daga. Lo empujó unos pasos hacia atrás, pero no
llegó a hundir la daga en la carne.
—Que
sepas —empezó a hablarle— que puedo cuidarme sola perfectamente.
—Posiblemente esa frase se debía al recuerdo de lo que le dijo
Cinzia—. Tengo un arco, varias flechas, y ahora además una daga. Y
yo hablo español ¿Entiendes? E-S-P-A-Ñ-O-L. Y tampoco pertenezco a
ningún grupo. Ni Séptima Estrella ni Gumersiana. Yo soy Melissa. Y
punto.
Dicho
esto, retiró la daga del vientre de aquel irritante chico y se alejó
tranquilamente entre los árboles.
—¡No
durarás ni veinte minutos en este bosque! —oyó que le gritaba el
joven desde sus espaldas—. ¡Aquí hay muchos guerreros de
Gouverón! ¡Si te encuentran, no serán tan compasivos como yo!
Melissa lo
ignoró por completo y siguió andando tranquilamente.
«Aquí
no viene nadie» se dijo por vigésima vez.
Hacía
una hora que se había sentado en el puente de piedra, pendiente de
la entrada al pueblo,
pero aún no había visto a nadie que siguiera las indicaciones que
le había dado aquella sacerdotisa hacía ya unos tres meses.
«Si
no fuera una sacerdotisa, creería que me ha mentido».
No
quería admitirlo, pero caminando sola entre aquel extraño bosque
hacía que sintiera algo de miedo. La batallita que había tenido con
aquel “guerrero de Gouverón” —tal y como había dicho el
extraño joven— había provocado cierta paranoia en Melissa, por lo
que caminaba calculando cada paso que daba, sin dejar de observar su
alrededor.
Los
pájaros volvían a cantar con alegría, entonando notas que Melissa
desconocía. Pero ya estaba acostumbrada a ver y oír cosas extrañas.
En los últimos tres cuartos de hora se había encontrado con más
extrañezas que en toda su vida. Miró su reloj de pulsera en un
autoreflejo. Ya llevaba quince minutos caminando. Cinco más y podría
burlarse de aquel chico que la había llamado débil en otras
palabras.
Pero
todas sus fantasías se esfumaron en cuanto una figura cayó de un
árbol justo delante de ella. Un hombre de barba asquerosamente
grasienta y rubia, al igual que su pelo. Unos ojos pequeños y negros
y una nariz enorme. Reconoció enseguida el escudo grabado en el
pecho derecho de su chaleco-armadura. Una corona atravesada por una
espada y esta, envuelta a su vez en una cinta. Ese mismo escudo lo
había visto en el guerrero que la había atacado antes.
El
hombre alzó la espada y se dispuso a avanzar para matar a Melissa.
Melissa, en el último momento, se apartó, provocando que la espada
se clavara en la tierra en lugar de atravesarla a ella de arriba a
abajo. Se estremeció al pensar en las posibilidades que había de
que no se hubiera apartado a tiempo.
Quiso
correr, pero los movimientos de aquel bestia eran rápidos, y tuvo
que agacharse para que la hoja de la espada —ya sacada de la
tierra— no le rebanara la cabeza. Lamentablemente, Melissa tenía
la certeza de que aquellos inesperados reflejos que le habían
llegado de casualidad se esfumarían enseguida, transformándose en
un baile de patos y sangre manchando la tierra. Por supuesto, su
terror fue creciendo cuando vio cómo algunas puntas de su largo pelo
caían ante sus ojos danzando en el aire hasta posarse en el suelo.
«Me
ha cortado el pelo —pensó angustiada—. Será cabronazo».
En un
autoreflejo, lanzó el puño hacia delante para que se estrellara
contra la espinilla de su contrincante. Se hizo más daño ella que
lo que aparentaba habérselo echo a él. Melissa se desanimó.
Ahora le dolían las dos manos a la vez —la izquierda aún por
la caída y la derecha por el puñetazo—.
Se
levantó del suelo intentando no apoyar ninguna de las manos y usar
sólo los pies y las rodillas. Pero entonces aquel hombre la cogió
por la muñeca izquierda, provocando que Melissa gritara de dolor. La
joven no se lo pensó dos veces antes de morderle la mano que la
aferraba con tanta fuerza. Jamás olvidaría el ácido sabor que se
le quedó en la boca. Pero al menos consiguió que la soltara. Oyó
que le decía algo en aquel extraño idioma y, aunque no sabía
traducirlo, supo por el tono de voz que no le había dicho nada
agradable.
Tuvo
que volver a apartarse, pues la espada volvía a abalanzarse sobre
ella con brutalidad. Rápidamente, intentó hacer algo más que
apartarse y le propinó una patada en el costado. Nada; parecía no
afectarle. Saltó hacia atrás y se le detuvo el corazón cuando vio
pasar la espada a un par de centímetros de su cara.
Decidió
que huir era la mejor solución. Por desgracia, la bandolera le
seguía pesando mucho, y sus movimientos eran más torpes que de
costumbre. Se detuvo en cuanto sintió el dolor que provenía de su
hombro izquierdo. Se lo miró y vio un desgarrón en su chupa de
cuero y un tímido hilillo de sangre que salía al exterior. Presa de
la furia, lanzó una patada hacia el vientre del hombre. Él cogió
su pierna e hizo rotarlo 360º grados. Melissa dio la vuelta en el
aire junto a su pierna y cayó al suelo, desequilibrada y con dolores
por todo el cuerpo. Cerró los ojos un par de segundos a causa del
golpe en la cabeza que se había llevado. Cuando los volvió a abrir,
recordando que estaba en medio de una pelea, ya tenía la punta de la
espada a un centímetro de su cuello.
El
hombre sonrió con satisfacción y alzó la espada por encima de su
cabeza con las dos manos, dispuesto a clavársela violentamente en
Melissa.
Melissa
sabía que todo había terminado. Aún no podía creerse dónde se
encontraba. ¿Había viajado en el tiempo? ¿Había ido a otro mundo
distinto? ¿O quizás estaba soñando? A lo mejor se había vuelto
loca y se lo estaba imaginando todo...
El
filo de la espada brilló a causa del sol que se abría paso entre
las hojas de los árboles. Los pensamientos de Melissa se desviaron
hacia el pasado, cuando vivía en el orfanato. Sentía claustrofobia,
cierto, pero al menos su vida no estaba en peligro. Aunque, al fin y
al cabo, a aquello no podía llamarse vida. Todo el día en un mismo
edificio; lo más lejos que podía llegar era el jardín de este.
Clases a todas horas y condiciones pésimas. Podría haber hecho
amigos, y de echo lo había intentado. Pero no le terminaban de
convencer. Los veía... diferentes. Se le hacía raro estar con
ellos. Prefería estar sola con sus pensamientos y deseos de salir de
allí.
Y
ahora que lo había conseguido, iba a morir en manos de un psicópata
que hablaba un idioma basado en los sonidos que se producen al
aplastar un gato. Aunque, si tuviera que elegir, prefería terminar
así que volver al orfanato.
Un
grito de victoria por parte del guerrero.
Un
último aliento por parte de Melissa.
Y una
espada que atravesó el hombro de su enemigo. Melissa rodó por el
suelo para evitar que la espada que iba a matarla la rozara. El
hombre ya caía al suelo, muerto. A Melissa no le dio tiempo a quitar
el pie izquierdo, por lo que gimió cuando se lo aplastó. Lo quitó
rápidamente de debajo de aquel bestia que pesaba diez veces más que
ella, y solo entonces se le ocurrió mirar a su salvador.
Era el
joven con quien se había encontrado antes.
Él le
arrancó la espada del hombro del guerrero y dejó que la sangre
que chorreaba por su hoja cayera al suelo. Entonces le ofreció a
Melissa su mano libre.
—Te
dije que no aguantarías ni veinte minutos —le repitió, mofándose
completamente de ella.
Melissa
sonrió débilmente durante unas milésimas de segundo. Pero
enseguida cambió a su típica expresión indiferente.
—Estúpido
—dijo solamente.
No
quiso devolverle la mano, se levantó sola. Cometió un grave error
al levantarse ayudada por su mano izquierda, que la apoyó en el
suelo. Perdió el equilibrio, pero no llegó a caer gracias a unos
brazos que la aferraron con fuerza y la levantaron del todo.
—Estoy
bien, gracias —replicó sacudiéndose de aquel joven.
Él la
ignoró y agarró su mano izquierda. La examinó detenidamente y
frunció el ceño. Luego, miró fijamente a Melissa.
—Creo
que te la has roto —objetó.
Melissa
retiró su mano de la de él y se la frotó suavemente. Ya lo había
sospechado.
—¿Vas
a ayudarme a salir de este bosque? —preguntó Melissa, ansiosa.
Él se
encogió de hombros.
—¿Perteneces
a la Séptima Estrella? —respondió con otra pregunta.
Melissa
resopló. Odiaba que la gente hiciera eso. Pero dado que no tenía
ninguna otra esperanza, asintió.
—Vale
—dijo.
—¿Vale?
—El joven alzó de nuevo una ceja—. ¿Eso es una respuesta?
—Sí
—saltó Melissa al borde de los nervios—. ¿Vas a ayudarme o no?
—Vale
—respondió el joven, empezando a caminar entre los bosques.
Al
principio, Melissa se quedó quieta en el sitio, observando al que
iba a ser su guía. Luego volvió a la realidad y empezó a seguirlo.
Cuando ya estaba tras él, este se detuvo, y Melissa se estrelló
contra su espalda.
—¡Eh!
—se quejó.
La
espalda del chico empezó a convulsionarse levemente. Se estaba
riendo. Melissa le arrancó la cabeza con el pensamiento y sonrió
placenteramente. Entonces el joven se volvió hacia ella y le tendió
una mano.
—A
propósito —dijo en cuanto hubo calmado su risa—, mi nombre es
Cradwerajan.
Esta
vez fue Melissa quien empezó a reír. Al ver que el chico permanecía
serio, intentó hacerlo ella también. Casi lo consigue.
—¿Qué
te hace tanta gracia? —preguntó Cradwerajan empezando a enfadarse.
—Tu
nombre —respondió Melissa entre risas.
—¡Ni
que el tuyo fuera muy bonito! —se quejó Cradwerajan gritando para
que se le oyera por encima de las risas de Melissa.
—¡No
sé ni cómo empezar a pronunciarlo! —exclamó Melissa, ignorando
por completo el comentario que había dicho su compañero.
Entonces,
Cradwerajan se dio la vuelta y empezó a andar pisando fuerte y
echando humo.
—¡Eh,
espera! —gritó Melissa agitando los brazos en el aire y corriendo
hacia él—. ¡Lo siento, Cradworan! —Nadie la habría creído,
pues aún seguía riéndose enérgicamente.
—¡Cradwerajan!
—corrigió empezando a correr para que Melissa no lo alcanzara.
—¿Puedo
llamarte Crad? —preguntó Melissa aumentando su marcha mientras
intentaba calmar su risa. No podía correr si se reía.
—¡NO!
—se oyó su voz, unos metros más adelante.

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