[L1] Capítulo 1: Perseguida
«¿Qué...
demonios...?».
Veía
doble. Nada de su alrededor tenía sentido alguno. Cuando al fin
logró enfocar la vista, se le aclaró la mente. Y recordó. Volvió
la cabeza rápidamente esperando encontrarse con Cinzia.
Pero
había desaparecido.
Frunció
el ceño, extrañada. ¿Cinzia había dejado que se fuera? ¿O es que
acaso la había creído muerta? No, imposible. Ni había atisbo de
bondad en ella, ni era tan estúpida. Tenía que haber algo más.
Lanzó un gemido inesperado y dirigió su mirada hacia el foco del
dolor. Gracias a su famosa torpeza, se había golpeado la mano
izquierda contra una de las raíces del árbol. La alzó lentamente y
reprimió las ganas de gritar. Seguramente se la habría roto.
Y
entonces se percató de algo que antes le había pasado
desapercibido. Miró a su alrededor, extrañada.
«¿Dónde
estoy?», se preguntó, viendo aumentada su confusión.
Árboles,
arbustos, flores, piedras... todo había cambiado de posición. Por
no hablar de las formas que éstos poseían. Melissa no estaba segura
de si todo aquello se debía a un efecto producido por un golpe en la
cabeza o era real.
Se
levantó, mas que nada para no sentirse débil tirada en el suelo. Y
fue entonces cuando cayó en la cuenta de que el ambiente ya no era
otoñal, si no más bien primaveral. El calor había ascendido
notablemente, y ya no había viento ni olor a tierra mojada. Todo,
absolutamente todo, era distinto a la última vez que lo había
visto, antes de tropezar con la raíz de aquel árbol. Y aquello
provocó que se pensara varias veces si había viajado en el tiempo o
no.
Se
palpó su colgante —una piedra de color celeste envuelta en
una espiral plateada— con nerviosismo. Cuando las cosas se torcían
o no sabía muy bien qué hacer en situaciones extrañas, frotaba su
piedra y se sentía mejor. Por eso siempre la llevaba colgando de su
cuello. Por eso y porque era lo único que podría darle una pista de
dónde procedía, dado que, cuando la llevaron al orfanato, ya lo
llevaba.
Al
fin, se decidió a caminar. No haría nada allí quieta. Avanzó
hacia adelante, echando una ojeada a cualquier cosa extraña que se
encontrara —por lo que no cesaba de mover los ojos hacia todos los
lados—. Descubrió que había un tipo de arbusto muy frecuente, al
igual que extraño, pues sus hojas no tenían un patrón fijo en lo
referido a forma. Cada una era diferente a la anterior. Corazones,
perros, zanahorias... Se podía encontrar cualquier silueta en cada
hoja, como si fueran nubes.
De
repente, Melissa vislumbró algo contrastado a lo que había visto
hasta entonces. Forzó la vista y trotó hasta una rama que
obstaculizaba su campo visual. La apartó cuidadosamente con la mano
derecha, pues la otra aún le dolía. Entonces lanzó una exclamación
de asombro y corrió hasta el lugar que tanto le había llamado la
atención.
Al
llegar a su destino, respiró hondo y saboreó el ambiente con
satisfacción. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sonido de la
cascada. No supo cuánto tiempo pasó así, pero cuando los volvió a
abrir, empezó a avanzar hacia aquel diminuto lago de aguas
cristalinas. Se arrodilló a su vera y observó el reflejo de su
rostro en la superficie. Rió débilmente y se quitó una hoja del
pelo. Posiblemente la llevaba allí desde la caída. La dejó caer en
el agua y observó cómo se iba moviendo tímidamente.
De
repente, un punto naranja salió a la superficie. Al principio,
Melissa se asustó, pero luego descubrió que sólo se trataba de un
pez anaranjado de enormes ojos verdes que la miraba con ojos
curiosos. Le sonrió y saludó tímidamente con la mano. Oh,
vaya, estaba saludando a un pez. Genial, su locura iba en aumento.
Le
extrañó el comportamiento del pez. Normalmente los peces sólo
asoman la cabeza en las películas de dibujos animados. Pero aquel la
miraba como si viera a una persona por primera vez... y en lugar de
temerle, la respetara. Entonces, el pececillo empezó a agitarse
nerviosamente y a emitir un extraño sonido parecido al de un
silbato, solo que unos tonos menores.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Melissa. Lanzó una maldición por lo bajo al
darse cuenta que le había vuelto a hablar a un pez.
Oyó
algo a su espalda, y se levantó instantáneamente, alertando todos
sus sentidos.
—¿Quién
anda ahí? —preguntó en voz alta. Luego se arrepintió. ¿Y si
eran sus cuidadoras?
Un
objeto alargado salió de súbito de uno de los árboles y pasó casi
rozando el pelo de Melissa, a quien le costó reaccionar y asimilar
que aquello que casi le atraviesa la cara entera era una flecha. Una
flecha de punta afilada.
Una
figura masculina con resistente armadura saltó del árbol y empezó
a avanzar hacia ella, apuntándola con el arco y pronunciando
palabras que a Melissa le sonaron marciano.
—Yo...
No entender... —intentó explicar Melissa—. Yo... ¡Inocente,
inocente!
Y
justo cuando vio que aquel hombre se disponía a lanzarle una flecha
de nuevo, empezó a correr. Logró oír el silbido que produjo la
velocidad de aquel objeto punzante e intentó no imaginarse que ella
podría estar herida en ese mismo instante.
Se
metió entre los árboles y empezó a saltar como nunca. El corazón
le latía alocadamente dentro del pecho, y tenía la sensación de
que se le saldría en cualquier momento, atravesando huesos, músculos
y todo lo que se le pusiera por delante. Pero sólo debía pensar en
correr. Aunque apenas unos minutos antes había corrido para huir de
lo que había sido su hogar, la situación cambiaba drásticamente a
correr delante de un asesino. Zigzageó, jugando con el terreno,
intentando despistar al psicópata que iba lanzando flechas a diestro
y siniestro.
Una
idea fugaz se le pasó por la cabeza. Sabía que, dadas sus
condiciones físicas y su torpeza infalible, aquello podía ser un
suicidio, pero ya que había dejado al asesino bastante aturdido y
las flechas ya no le pasaban tan cerca, tenía que aprovechar la
oportunidad.
Con
una destreza propia de un escalador profesional —que dejó bastante
sorprendida a Melissa— saltó y se aferró a la rama de un árbol,
para luego impulsarse hacia arriba —raspándose la cara y las manos
con las hojas y las ramitas— y ocultarse entre el follaje. Se apoyó
con cuidado sobre la rama más gruesa que encontró y esperó,
procurando no hacer ruido.
Enseguida
llegó el hombre. Corría como un poseso, pero de repente se detuvo y
empezó a olisquear el aire. Mientras tanto, Melissa estaba sobre él,
temblando y sudando como un cerdo. Temía que pudiera escuchar sus
propios latidos. Se mordió el labio inferior y posó la palma
de su mano izquierda sobre la piedra celeste con cuidado, mientras
apoyaba su peso con la derecha. No se desequilibró en
absoluto, de echo, no tenía otro remedio. El dolor de la caída aún
seguía presente en su mano izquierda. Lo que sí provocó que casi
se cayera fue el susto que se llevó cuando un ser diminuto apareció
ante ella. Se puso rígida y cerró los ojos, esperando la muerte y
que aquel ser hubiera sido su propia imaginación, quizás al igual
que todo lo demás.
Pero
nada sucedió.
Entreabrió
el ojo derecho y descubrió que no solo había un ser diminuto. Había
varios. Y enseguida los reconoció.
«Hadas».
Seis
hadas. Todas parecidas. Alas marrones y doradas, como si de hojas
otoñales se trataran. Un vestido posiblemente hecho de hojas
también. Cabellos pelirrojos o castaños, orejas puntiagudas y
mofletes rosados. Y le sonreían. Sí, le sonreían.
La
más imponente de todas, un hada de pelo pelirrojo en bucles, se
acercó demasiado a ella y la miró sonriente. Melissa se apartó
frunciendo el ceño. Aquello era muy extraño. Las demás hadas
rieron, pero los oídos de la joven no captaron el sonido. Entonces,
aquella que se había acercado señaló al hombre, que aún seguía
bajo el árbol. Melissa siguió la dirección de su dedo y volvió a
fruncir el ceño. Acto seguido, negó con la cabeza y volvió a mirar
a las hadas, esta vez con cara de preocupación. Estas se miraron
entre ellas y asintieron. Cinco descendieron del árbol y se posaron
sobre la cabeza del hombre. La que parecía la líder —que era la
misma que se había acercado a Melissa— arrancó una baya morada
del árbol sobre el que estaban y se reunió con sus compañeras.
Melissa observaba el proceso con curiosidad.
Todo
fue muy rápido.
Entre
cinco hicieron que la cabeza del hombre se alzara hacia el cielo y
abriera la boca. La sexta soltó la pequeña baya morada, acertando
en el interior de su boca. El hombretón dejó de dar miedo, y empezó
a gritar y a intentar escupir la baya. Pero ya era demasiado tarde.
Se la había tragado.
Las
hadas lo soltaron, y él se arrodilló en el suelo y empezó a
ponerse pálido. Parecía que se ahogaba y Melissa supo que su vida
se escapaba por momentos. Hasta que lanzó el último aliento y se
derrumbó en el suelo.
Las
seis hadas agitaron la mano hacia Melissa, que lo interpretó como
una despedida y se la devolvió. Luego, empezaron a volar hacia el
cielo y desaparecieron ante la atónita mirada de la joven paralizada
en el árbol. Pasaron varios minutos hasta que decidió saltar al
suelo. Se quedó pensativa, observando el cadáver del hombre.
Y se
le volvió a ocurrir otra alocada idea.
Se
agachó a su lado y le quitó la aljaba de la espalda para ponérsela
ella. Aquello le producía cierta asquerosidad, pero un repentino
instinto de supervivencia se había apoderado de su ser. Luego le
quitó el arco. Lo cierto es que le había llamado la atención. Era
de madera, con adornos que simulaban cisnes y peces. Demasiado bonito
para ser un arma.
Los
cascos de un caballo llamaron su atención, y su corazón —que
ya había vuelto a la normalidad— volvió a palpitar demasiado
deprisa. No se lo pensó dos veces y salió corriendo hacia el lado
contrario de donde provenía el sonido. Sabía que ya estaba muy
cerca, por lo que se tiró en plancha tras un arbusto. Se puso otra
vez en posición de soldado y buscó un hueco por donde poder espiar
al intruso que la había sorprendido en plena tarea.
Lo
primero que divisó fue un caballo marrón muy oscuro; casi negro. El
jinete era un hombre cual armadura negra le cubría todo el
cuerpo, a excepción de los ojos, verdes y penetrantes. Se
detuvo ante el cadáver y estuvo allí unos segundos. Luego, bajó al
suelo agarró al soldado y lo acarreó al caballo, para luego
alejarse, él, el caballo y el muerto.
Dejó
un huella tras de sí: un silencio anormal, una brisa gélida y una
extraña sensación en el ambiente. Melissa no quiso moverse ni un
centímetro, temerosa de que aquel misterioso hombre aún estuviera
cerca. Y así pasó quince minutos, quieta. Al final, suspiró
aliviada y se dispuso a levantarse.
—Casi
te descubre, ¿verdad?
Melissa
se volvió hacia el origen de la voz, con los ojos abiertos como
platos y la respiración agitada de nuevo. Su mirada se encontró con
un joven de cabellos castaños y ojos color avellana; alto,
corpulento y sonriendo misteriosamente.
Y
además hablaba español, esa lengua que tanto le había interesado y
por la que tanto se había esforzado para conseguir profesores que le
enseñaran el idioma en el orfanato.
Nota
de la autora: si
alguien no entiende lo último, dejadme aclarároslo. Veréis,
Melissa era de un orfanato de Italia, por lo que hablaba italiano.
Pero para no tener que escribir en italiano todo lo que ella dice o
piensa y poner la traducción al lado, pues lo he traducido
ya directamente al español.

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