[L1] Prólogo: La huida
Anielle,
Digrin.
Podía
oír el chocar de las piedras unas con otras.
Lograba
percibir los pasos que se acercaban cautelosamente.
Sabía
que cada vez estaba más cerca, y su mente comenzó a pensar con
rapidez. Quería alcanzar la daga de su cinturón, pero temía hacer
el más mínimo ruido que delatara su posición. También intentaba
no respirar. Prácticamente se estaba quedando sin aire, y sentía
una enorme presión en sus pulmones. Pero sabía que si la descubrían
sería mucho peor que morir ahogada. Estaba al tanto de las terribles
torturas que sometían a los que osaban rebelarse contra su
gobernador. Y ella se había rebelado en todos los sentidos.
La
habían buscado por todo el reino de Herielle, y al no encontrarla,
habían decidido expandir su búsqueda más allá de los mares y
océanos. Por suerte, ella era más astuta y veloz, y siempre se
escurría de los que intentaban detenerla.
Pero
todo apuntaba a que, en aquella ocasión, las cosas iban a cambiar.
Los
pasos se detuvieron, y, con cierto temor, la rebelde descubrió que
aquella persona ya estaba tras ella. De poco le serviría seguir
escondida tras la enorme roca de aquella playa de rocas. Seguramente
ya la había descubierto.
Con un
rápido movimiento —que podía conllevar unas terribles
consecuencias— se levantó del suelo y extrajo la espada de su
cinturón, apuntando hacia aquel que había logrado adivinar su
escondite. Su cabello negro y extremadamente húmedo le golpeó en la
cara ante aquel brusco movimiento, y pudo oler el repugnante hedor de
algas y pescado podrido que desprendía.
Lanzó
un respingo cuando descubrió a una figura cubierta por una túnica
morada con capucha, la cual provocaba que su rostro se escondiera en
las sombras.
—Usted
es... —no logró terminar la frase, pues aquello no se lo esperaba.
La
figura alzó la cabeza, dejando al descubierto un rostro pálido como
la cal, adornado por una diminuta nariz y unos enormes ojos redondos
sin rastro de blanco a su alrededor; únicamente poseía un iris azul
cielo y una gran pupila en el centro de éste.
Sonrió
a la muchacha, que aún sujetaba la espada con desconfianza.
Tras
unos segundos de silencio absoluto, la joven bajó el arma.
Todo
aquel viaje, todos los peligros que había corrido... al final,
habían valido la pena.
La voz
del ser misterioso sonó como una dulce melodía en sus oídos. Ella
entendía el idioma, si no, no serviría de nada estar ahí. Se dejó
llevar, sin sorprenderse de que su guía ya supiera lo que había ido
a buscar. No se podía esperar menos de una sacerdotisa.
La
Tierra, Italia.
«Mierda —pensó—.
Mierda, mierda, mierda».
Salió
de su escondite —localizado detrás de un árbol— y empezó a
correr medio agachada, alejándose de las voces que la llamaban.
—¡Eh!
¡Está ahí! —gritó alguien de repente.
Saltó
varias raíces que obstaculizaban el camino, pero no tropezó con
nada en ningún momento, a pesar de la velocidad a la que iba y de la
torpeza que poseía. Sabía que si la cogían ya no habría nada que
hacer. Era su última oportunidad para escapar de aquel horrible
orfanato.
Se
tiró al suelo rápidamente en cuanto descubrió a una de sus
cuidadoras buscándola a varios metros de ella. Por suerte, no la
había visto. Se arrastró ayudándose de los codos y las rodillas,
procurando no levantar mucho la cabeza y sobresalir del matorral que
la ocultaba. En esa posición parecía un soldado de guerra. Lo único
que le molestaba era la bandolera que llevaba en el hombro. Pesaba un
poco, a pesar de que se había encargado de no llevarse muchas cosas
por si acaso tenía que presenciar una persecución. Pero lo poco que
se había llevado pesaba bastante.
Cuando
la cuidadora ya se había alejado por entre los árboles, la fugitiva
se levantó y siguió su camino a pie, sin dejar de observar a su
alrededor a la busca de algún movimiento extraño. Siguió ese ritmo
un par de minutos, hasta que se convenció a sí misma de que la
habían dejado de buscar. Entonces empezó a correr de nuevo,
sorteando los obstáculos con ligera torpeza.
Miró
hacia atrás, desconfiada. Era imposible que ya se hubieran dado por
vencidas. Pero el sonido de un coche alertó todos sus sentidos.
Volvió la cabeza rápidamente y sonrió con satisfacción. Nunca
antes se había alegrado tanto de ver una carretera de asfalto. A
ella, a quien le gustaba tumbarse en la hierba y observar el cielo
durante todo el día, con la música de los pájaros de fondo. A
ella, a quien le desagradaban las bocinas de esos horribles trastos
que desprendían tanta contaminación a la atmósfera.
Ahora,
a ella, la llenaba una indescriptible sensación de felicidad.
Comparaba aquel momento con el de cuando dan un premio Nobel. Porque
sí, sentía que había conseguido su propósito: ser libre. Para
siempre.
Y de
repente, todo se esfumó. Su cara de felicidad se transformó en
sorpresa, horror e histeria. Se había visto obligada a detenerse por
culpa de unas manos que le aferraban el brazo izquierdo con
fuerza. Desvió su mirada hacia aquel que había conseguido atrapada.
—No...
—murmuró.
—Sí,
Melissa —dijo la mujer que la tenía apresada.
Alta,
rellenita, de pelo pelirrojo y muy grasiento, ojos oscuros y
expresión de indescriptible placer. Si la hubiera encontrado
cualquier otra persona no le hubiera importado tanto. Pero ella...
Ella no.
—Cinzia...
—logró susurrar Melissa. De repente, reaccionó y empezó a
retorcerse entre los brazos de aquella basta mujer—. ¡No, Cinzia!
¡Déjame, por favor! ¡Quiero irme!
—¡No
tienes a dónde ir, Melissa! —replicó Cinzia—. ¿Es que no lo
entiendes? Todo esto lo hacemos por tu bien; el mundo es muy cruel.
¡Allá fuera no sobrevivirías!
—Pero
sería más feliz que aquí —dijo Melissa mostrando una expresión
enfurecida—, encerrada en un orfanato que casi se cae a pedazos.
—¡No
permitiré que te vayas!
—¡¡No
podrás evitarlo!! ¡¡¡ESTA VEZ NO!!!
Y
logró liberarse. Presa de la euforia, Melissa echó a correr con
desesperación, oyendo los gritos de Cinzia a sus espaldas. Pero algo
salió mal en sus cálculos. Su torpeza salió a la luz al fin en el
peor de los momentos. Se enredó el pie en una raíz que sobresalía
sobre la tierra y cayó cual larga era sobre el montón de hojas
secas y doradas que había en el suelo.
—¡Melissa!
Los
sonidos se atenuaron, las formas cambiaron, y un mareo misterioso
envolvió a Melissa, que tuvo que cerrar los ojos levemente, pues los
párpados le pesaban. Sintió movimiento bajo su cuerpo, y una ligera
brisa sobre su rostro. Algo estaba cambiando. Melissa lo percibió.

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