[L1] Capítulo 4: ¿Y la Tierra?
El
interior de la casa tenía un ambiente muy rústico. La madera y la
piedra predominaban sobre todos los demás materiales. Había escasas
pinturas por las paredes y alguna que otra lámpara de aceite. Ante
Melissa se alzaba una escalera —de madera, por supuesto—; a
su lado izquierdo había un arco de madera que daba paso a otra
habitación, y a su lado derecho, una chimenea con un sofá y dos
butacas rojas de cara a esta.
Cede
la guió hacia el arco, y entraron en una especie de comedor donde la
mesa estaba en el centro y la cocina tras una barra a la derecha.
Todo aquello le recordó a la bodega del orfanato.
Sin
querer, rozó con la punta de los dedos la madera del marco del arco,
y enseguida la retiró bruscamente. Miró el marco y descubrió que
aquello no era madera. No podía serlo. Tenía su color y sus líneas,
pero no su textura; ni siquiera le sonaba el olor que desprendía, un
armoa demasiado floral e intenso. Tendría que estar cortado
recientemente para que fuera así.
No
pudo investigar aquel material mucho mas tiempo, ya que Cede la
siguió empujando hasta el centro de la habitación.
—¡Yaiwey!
—llamó alegremente.
—¿Qué
quieres, cariño? —respondió una voz.
De
detrás de la barra apareció la cabeza de una mujer mayor, de ojos
verdes claros y un pelo largo y blanco enrollado sobre sí mismo,
cayendo hacia delante por un lado. Tenía una expresión amable y
apaciguadora. Transmitía confianza y olía a flores.
—Cradwerajan
a traído a una invitada —respondió Cede.
Yaiwey
se percató entonces de la presencia de Melissa y le sonrió. Melissa
le devolvió la sonrisa sin saber qué decir ante una persona como
ella. Pero no hizo falta decir nada, pues Yaiwey salió de detrás de
la barra y caminó hacia Melissa sin dejar de sonreír.
—¿Cómo
te llamas, querida? —le preguntó amablemente.
—Melissa
—respondió ella, intentando aparentar seguridad; en realidad se
sentía confusa por los acontecimientos que había presenciado en los
últimos minutos.
Yaiwey
miró sus vestimentas y sonrió aún más.
—¿De
dónde vienes, preciosa? —le preguntó volviéndola a mirar.
Melissa
maldijo para sus adentros. ¿Qué iba a contestarle? Porque, si era
cierto que había viajado en el tiempo, ¿cómo explicárselo si ni
siquiera sabía cómo lo había hecho?
Tanto
Cede como Yaiwey notaron su nerviosismo.
—¿Ocurre
algo, amor? —preguntó Yaiwey de nuevo.
—Es
que... —empezó Melissa. No encontraba palabras para explicarse—.
Maldita sea, no lo sé —dijo al final—. Me perdí en el bosque.
Yaiwey
la miró con curiosidad, y Melissa deseó saber qué estaba pensando,
pues su expresión la inquietaba.
—¿Y
dónde vivías antes de perderte? —le preguntó entonces Cede.
Melissa
la miró y se convulsionó a la vez. ¿Podía decírselo? Se sentía
extremadamente confusa.
—¿Dónde
están tus padres? —irrumpió Yaiwey de repente.
La
mente de Melissa se paralizó en el pasado, en los recuerdos.
—No
lo sé... —murmuró bajando la cabeza—. Me encontraron dentro de
una cesta, frente a la puerta de un orfanato, cuando era un bebé de
apenas unas semanas. —Melissa se esforzó por no sonar triste, pero
era casi imposible relatando su historia—. No vieron a nadie. Se
encargaron de criarme, pero a mí no me gustaba estar siempre
encerrada, así que escapé. Y entonces fue cuando me perdí en el
bosque.
Nadie
se atrevió a decir nada, y aquello entristeció aún más a Melissa.
No soportaba los silencios incómodos en los que nadie sabe qué
decir. Se sentía extremadamente culpable de haberles contado una
historia tan triste a Yaiwey y, sobre todo, a Cede.
—¡Oh!
—saltó Yaiwey acercándose rápidamente a Melissa—. ¿Pero cómo
puedes llevar esta capa? Está sucia y rota; no es apropiada para ti.
—¿Por
qué siempre la tomas con mi capa? —dijo alguien tras la espalda de
Melissa—. Es bien calentita.
Todos
se volvieron y encontraron a Crad en la entrada. Este se acercó a
ellas y cogió un extremo de la tela de la capa para mostrar la
ropa de Melissa.
—Además,
¿has visto sus vestimentas? —siguió hablando—. Hubiera llamado
extremadamente la atención, y eso no era bueno para llevarla hasta
aquí. —Miró a Yaiwey sonriendo misteriosamente—. Luego dices
que no soy listo.
En
aquel mismo instante, Yaiwey pareció enfadarse con Crad. Le golpeó
la mano para que soltara la capa y se la quitó a Melissa.
—Listo
puede que seas —dijo, cogiendo la capa con el dedo índice y
pulgar—, pero de caballero tienes muy poco.
Cede
rió levemente.
—No
hace falta ponerse así —irrumpió Melissa, intentando calmar el
ambiente—. Crad sólo pretendía ayudarme, nada más. En realidad
le estoy agradecida por tomarse tantas molestias. Si no fuera por él,
ahora estaría...
—...aún
perdida en el bosque —interrumpió Crad. Melissa lo miró con el
ceño fruncido, preguntándole demasiadas cosas con la mirada—.
Esta chica no sabía orientarse, y me pidió ayuda en cuanto me vio.
Como pertenece a la Séptima Estrella, acepté —terminó
encogiéndose de hombros, como quitándole importancia.
Yaiwey
asintió, y Cede miró a Crad con curiosidad. Pasaron un par de
segundos en silencio, hasta que Yaiwey habló al fin:
—En
todo caso, es cierto. Cariño, llamas demasiado la atención
vistiendo de esa manera. Por suerte, yo tengo algún vestido por
arriba que seguro que es de tu talla. Ahora te lo voy a buscar y te
pegas un baño de paso, que seguro que lo necesitas.
En
efecto, lo necesitaba más que a nada en el mundo en aquel momento.
—No
quiero ser una carga... —dijo Melissa, intentando ser educada.
—Qué
va, mujer —le contestó Yaiwey, ya dirigiéndose hacia las
escaleras—. Me encanta tener invitados en casa.
Y ya
no pudo replicar más, pues desapareció a la velocidad de la luz.
—Yaiwey
es así —comentó Cede de repente—. Se preocupa más por los
demás que por sí misma.
—Algún
día eso le va a pasar factura —opinó Crad mientras caminaba hacia
la ventana con las manos sobre la cabeza.
—¿Qué
problema tienes tú con la gente buena? —le preguntó Melissa con
cierto desdén.
—Pues
que si eres buena persona, los demás se aprovechan de ti —le
respondió, mostrando indiferencia mientras miraba al exterior a
través del transparente cristal—. Eres más débil, y eso el
enemigo lo ve e intenta sacarle partido a toda costa.
Cede
llamó la atención de Melissa tirándole del jersey.
—No
le hagas caso —le susurró—. Siempre es así de borde.
Melissa
le sonrió, y luego paseó la mirada por la habitación, dado
que no tenía mucho más que hacer. Sus ojos se detuvieron —al
mismo tiempo que su corazón— en un mapa pegado a la pared; antes
le había pasado totalmente desapercibido, pero ahora le llamaba
mucho la atención.
Se
acercó lentamente y lo observó con cierto horror dibujado en su
rostro.
—¿Qué...
qué es esto? —logró preguntar.
Crad
giró la cabeza en su dirección para descubrir qué era lo que tanta
la impresión le había causado a Melissa. Él también se sorprendió
al encontrarse con aquella escena.
—El
mapa de Anielle —respondió.
Melissa
dirigió su mirada confusa hacia él.
—¿El
mapa de qué?
—Anielle
—repitió Crad—. ¿Es que no sabes ni el nombre del mundo por el
que caminas?
Volvió
a mirar el mapa, observando cada una de las islas, de los océanos,
de las porciones de tierra...
—No
es posible —murmuró para sí misma—. Esto no puede estar
pasando.
Y
entonces, todo pareció encajar en su mente. Los nombres extraños,
los paisajes desconocidos, las curiosas vestimentas, los guardianes
de Gouverón, el idioma... Todo se volvió más claro, excepto lo
referente con el español. ¿Por qué hablaban español en otro
planeta que no era la Tierra? Y además, por lo que había
averiguado, sólo lo hablaban los relacionados con la Séptima
Estrella. Eso sí que no tenía sentido.
Meditó
durante un tiempo que a ella le pareció eterno. Por lo visto, el
último momento que había pasado en la Tierra fue cuando tropezó
con la raíz de aquel árbol. ¿Es que aquel suelo escondía un
portal que unía ambos mundos? No lo sabía.
Y
luego empezó a cavilar sobre su futuro en Anielle. Porque realmente,
lo que pretendía huyendo del orfanato era empezar una nueva vida, en
otro lugar. Pero no se esperaba que viajara más allá de la Tierra.
Aunque, si lo veía positivamente, era un punto a su favor; ahora
tenía muchas menos posibilidades —por no decir que no tenía en
absoluto— de que la encontraran y la mandaran de vuelta a aquella
horrenda vida.
Pasaron
unos ¿diez segundos? ¿Veinte? Sí, más o menos. En ese corto
espacio de tiempo, a Melissa le dio tiempo para llegar a la
conclusión de que se esforzaría al máximo para acostumbrarse a
Anielle. Estaba claro. El destino le había hecho un favor y le había
cumplido un deseo: ser libre, empezar de cero.
—Ahora
en serio —repitió, cada vez más furiosa—. ¿Dónde están esos
dos?
—No...
No lo sé, señora —respondió el mendigo, asustado.
La
joven le cogió más fuerte de la camisa y su expresión se hizo más
amenazadora.
—No
me hagas repetírtelo de nuevo —le avisó—. ¿Es que acaso no
respetas tu vida?
El
pobre mendigo no se atrevía a hablar. Temblaba violentamente y
sudaba como nunca. Sus pupilas se dilataban de puro terror, y a penas
podía respirar. La joven lograba incluso oír los latidos de su
alocado corazón.
Vio
que ya no le respondería, así que empezó a sacar una daga de su
cinturón, con énfasis. El mendigo comenzó a retorcerse, pero
estaba tan débil y tenía tanto miedo, que no pudo progresar mucho.
—Nadie
lamentará la muerte de un simple mendigo que pide limosna en una
calle tan pobre como esta —dijo la joven con maldad—. Así que no
tendré ningún tipo de escrúpulo en terminar contigo delante de
toda la multitud.
—No
hace falta que mates a un pobre inocente —dijo una voz de repente.
La
joven se volvió bruscamente y se encontró con otro mendigo más que
vestía una capa gris y un sombrero negro. No podía verle el rostro,
pero sí percibió que tenía el pelo rizado y canoso hasta los
hombros.
—¿Quién
eres tú? —preguntó con actitud borde.
—Alguien
que puede darte más información que ese analfabeto —respondió el
misterioso hombre.
La
joven se guardó la daga de nuevo en el cinturón y soltó al
mendigo, que recogió su dinero y salió corriendo de allí como
pudo, tropezándose con todo lo que se encontró a su paso. Pero ella
lo ignoró —pues ya
no le servía de nada—, avanzó un par de pasos y
se puso de cuclillas ante aquel extraño hombre que decía saber la
información que ella necesitaba.
—Suéltalo
—le dijo impaciente.
El
hombre no la miró; siguió ocultando su rostro en la sombra que le
proporcionaba el sombrero.
—Supongo
que la información que deseas es confidencial.
Aquello
enervó a la joven enormemente.
—Ya
has visto de lo que soy capaz —le advirtió—, así que cuéntame
todo lo que sepas sobre la muchacha que iba con el chico.
—Sobre
la chica no puedo decirte nada, pues nunca la había visto por aquí
—contestó sin perder la calma en ningún momento—. Y el joven...
bueno, el joven es conocido e importante entre su gente.
—¿Entre...
su gente?
Varias
teorías asolaron su mente. Podría tratarse de cualquier criatura
especial, pero dados los tiempos que corrían, solo un pensamiento
destacaba sobre los demás.
—La
Séptima Estrella... —susurró por lo bajo, comprendiendo.
—Veo
que pillas rápido las cosas —objetó el hombre.
La
joven se levantó.
—Gracias
—murmuró.
Tiró
dos monedas frente a él y luego le dio la espalda para largarse.
—No
hubieras sido capaz de matarle —dijo de repente el mendigo—.
Ni a él, ni a mí.
La
joven se detuvo de súbito y cerró los ojos, intentando no perder el
control de sí misma y parecer tranquila.
—Aunque
te hagas la dura, en verdad sólo es una fachada —siguió hablando,
sin importarle las reacciones de la interpelada—. Realmente tienes
un corazón puro y tus intenciones son buenas. Lo único que
pretendes es no mostrar tu debilidad. No te gusta sentirte
vulnerable.
—Cállate
—saltó la joven sin volverse—. Tú no sabes nada sobre mí.
—Sé
más de lo que crees, Syna.
Esta
vez no pudo evitar girar la cabeza y mostrarse repentinamente
sorprendida. Los ojos del hombre podían entreverse un poco.
Grises
y vacíos. Los ojos de un ciego común.
La
bañera era un agujero cuadrado en el suelo, cubierto por un material
blanco, parecido al mármol, pero con aspecto de ser más duro. Ya
tenía agua y burbujas de jabón en su interior. Se la había llenado
Yaiwey antes de irse y dejar su nuevo vestido en una silla.
Ahora,
Melissa se estaba observando frente al espejo. Tenía un aspecto
lamentable. Sus preciadas bambas de Adidas, sucias de fango y a saber
de qué más; sus vaqueros habían perdido su color azul natural y
habían pasado a ser del color del barro y las hojas; su camisa negra
también estaba sucia, y su chupa de cuero rota por el hombro
izquierdo, donde le había cortado la espada de aquel guerrero de
Gouverón. Luego se fijo en su rostro. Sucio y desanimado. Parecía
un alma en pena. Su pelo ayudaba mucho a aquella expresión. Cardado,
lleno de hojas y más corto de un lado que de otro. Recordó el por
qué. Aquel bestia le había cortado las puntas.
Cogió
un peine que le había dejado Yaiwey y buscó con la mirada algo que
se le pareciera a unas tijeras. Y las encontró. Tenían el mismo
aspecto en realidad. Extraño para ser de otro planeta.
Se
igualó el pelo con cuidado. Aunque, lo cierto es que ya estaba
acostumbrada a cortárselo ella misma. Siempre lo hacía. Nunca le
había gustado que tocaran su cabello otras personas.
Al
terminar su trabajo, empezó a quitarse la ropa con cuidado. La dejó
en el suelo, al lado de la puerta, y luego se introdujo en la
bañera-agujero. Sintió un inmenso placer al sentir la calidez del
agua en su piel. Se tumbó y cerró los ojos. Nunca se había
relajado tanto bañándose. En realidad, nunca se había dado un baño
en una bañera —aún menos en una bañera-agujero—. En su
orfanato sólo había duchas, para ir más rápido. Pero a ella le
gustaba lo relajante; estar horas y horas en el agua hasta hacerse
pequeños cortes en los dedos por arrugarse tanto.
Y allí
fue cuando empezó a hacer planes de verdad.
Estaba
decidida a acostumbrarse al nuevo ritmo de vida de aquel extraño
mundo. Sabía que debía informarse sobre sus costumbres, su
geografía, sus leyendas. Todo. Y, por supuesto, pretendía hacerse
pasar por una habitante más. Nadie debía saber que venía de otro
mundo. A saber qué podrían hacerle. A lo mejor la creían por loca
y la quemaban. O peor aún, la encerraban en algún sitio. Temía que
le volvieran a arrebatar su ansiada libertad.
Abrió
los ojos, mirando al techo.
Sí,
el destino le había dado un regalo que no debía desaprovechar.
Tenía
que ser una auténtica habitante de Anielle. Y nunca más se
conformaría con estar encerrada en un sitio que pudiera mantenerla.
Si tenía que correr peligros, los correría.
Pero
estando en libertad.


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