[L1] Capítulo 5: Recuerdos que vuelven y esperanzas que se van
Se
miró en el espejo una vez más. No, aquello no iba con ella.
Lo
primero: la falda, de color azul cielo y larga hasta los pies.
¿Cuánto tiempo hacía que no llevaba falda? Unos ochos años
quizás. No lo recordaba muy bien. Ahora se encontraba extraña e
incómoda sin sus vaqueros.
Luego
estaba la blusa blanca. Al principio había creído que tenía un
escote de vértigo, pero después había descubierto que, realmente,
tenía que estar abierto, con los hombros al descubierto.
Y aún
le quedaba una cosa por ponerse, que descansaba sobre la silla,
esperando ser puesta. Lo miró con recelo. Era una especie de corsé
para abrocharse encima de la blusa. Tras unos segundos de intensas
miradas, lo cogió bruscamente y abrió la puerta del baño, asomando
su cabeza tímidamente.
—Yaiwey
—llamó.
—No
está —le contestó una voz que Melissa enseguida reconoció. Fue
entonces cuando se percató de que él estaba
sentado en el alféizar de la ventana—. Ha ido con Cede al mercado.
¿Qué quieres?
Melissa
maldijo por lo bajo. No podría haber tenido peor suerte.
—Nada,
tenía algunos problemas con el traje, pero da igual —respondió
agarrando el corsé fuertemente con la mano izquierda. Sintió una
punzada de dolor y recordó la caída. No pudo evitar gemir
levemente.
Crad
frunció el ceño.
—¿Qué
pasa?
Melissa
se mordió la lengua.
—Nada,
nada. —Vio que no la creía en absoluto—. De verdad.
Crad
se encogió de hombros y siguió mirando por la ventana, ausente.
Pasaron unos segundos hasta que Melissa decidió entrar en la
habitación y cerrar la puerta del baño tras de sí. Caminó
hacia Crad hasta que sólo un metro los separaba. Se quedó quieta,
de pie. Sabía que Crad había advertido su cercana presencia, pero
la estaba ignorando.
Al
final, cogió una silla, la arrastró hasta colocarla delante del
joven y se sentó en ella, con el corsé sobre las piernas y los
brazos cruzados en el pecho.
Crad
la miró interrogante. Esperó a que hablara, paciente.
—¿Por
qué les has mentido? —preguntó Melissa, sin rodeos.
Hubo
unos momentos de silencio que a Melissa le parecieron eternos.
Examinó la reacción de Crad. Pero este seguía impasible.
—¿Qué
es un orfanato?
La
pregunta sorprendió a Melissa. El recuerdo de todos aquellos años
la golpeó con fuerza, y tuvo que esforzarse para que los ojos no se
le humedecieran. Ella nunca había llorado, y no lo iba a hacer
entonces.
—Yo
pregunté antes —le contestó ella, copiando su inexpresividad.
—Pues
entonces no te respondo —terminó Crad volviéndose de nuevo hacia
la ventana.
—Estúpido.
Nada.
Melissa se extrañó. Antes Crad no era así. Observó cómo sus ojos
miraban el exterior, buscando algo en concreto. Un mechón de pelo le
cayó sobre sus ojos marrones, y se lo quitó rápidamente con
la mano. Ni eso le desvió de su búsqueda.
—Un
orfanato —bufó Melissa resignada, atrayendo la mirada curiosa de
Crad— es una casa donde habitan los niños huérfanos de padres.
Allí trabaja gente que cuida de ellos, y a veces viene gente a
adoptarlos. Eligen a un niño, se lo llevan a casa y lo crían como
si fuera su propio hijo.
—¿Y
os cuidan bien? —siguió preguntando.
Melissa
se mordió el labio inferior.
—Depende
de quién se encargue —le explicó—. Como en todos los sitios,
hay gente buena y otra que tiene otros ideales de educación.
¿Por
qué estaban teniendo esa conversación? En cierto modo, Melissa se
estaba descubriendo a sí misma. Se había prometido que sería una
habitante más de Anielle, y que su pasado ya no existía para ella.
Pero respondiendo a aquellas preguntas, su propósito corría un
grave peligro.
Entonces
Crad fue bajando la mirada hasta la cintura de Melissa. Ella se
sonrojó sin poder evitarlo. De repente, rompiendo el tenso silencio
que se había formado entre ellos y la expresión insensible que
mostraban ambos, Crad rió. Melissa frunció el ceño y se enojó
rápidamente.
—¿Y
ahora qué te pasa? —preguntó alzando la voz.
Crad
la miró con una sonrisa burlona dibujada en el rostro.
—Se
ve que no sueles vestir de chica —dijo inesperadamente— ¿De
verdad que no eres un chico?
Al
principio, Melissa no lo entendió. Pero luego, cuando bajó la vista
y vio el corsé, se puso roja como un tomate. Fulminó a Crad con la
mirada.
—Eres
un imbécil —le dijo mientras le brillaban los ojos de forma
amenazadora.
Se
levantó de la silla —que se estrelló contra el suelo del empuje—
y dio grandes y sonoras calzadas hasta salir de aquella habitación,
donde Crad aún reía. Se sorprendió al toparse con Yaiwey y Cede,
que justo entraban en la casa con una cesta cada una. Al ver la
expresión enfurecida de Melissa, Yaiwey dejó la cesta en el suelo y
se acercó corriendo hacia ella.
—¿Qué
te ocurre, querida? —le preguntó inmediatamente—. ¿Qué te ha
hecho ahora?
—Nada
—bufó Melissa, sabiendo a quién se refería sin necesidad de más
explicaciones. No tenía ganas de hablar.
Yaiwey
echó un vistazo al interpelado, que seguía riéndose sentado en el
alféizar de la ventana. Lo fulminó con la mirada y volvió la
cabeza hacia Melissa. Tras unos segundos mirándola de arriba a
abajo, descubrió el corsé en su mano. Sonrió.
—¿Que
no te lo sabes poner? —preguntó Yaiwey amablemente.
—No...
—murmuró Melissa, agradeciendo que Yaiwey cambiara el tema de
conversación.
Las
risas se alejaron. Crad se había encerrado en el baño. Ninguna
de las tres le hizo el más mínimo caso.
—Tranquila,
que yo te ayudo —se ofreció generosamente, quitándole el corsé
de la mano.
Dio la
enorme casualidad de que Melissa tenía la prenda cogida con la mano
izquierda, y cuando Yaiwey se la quitó, ella tuvo que hacer un gesto
extraño, por lo que un dolor atroz se le vino encima.
Cede,
que la había estado observando todo el tiempo, vio su mueca de
dolor.
—¿Es
que te has roto la mano? —preguntó.
Melissa
la miró, adoptando una sonrisa de agradecimiento.
—No
es nada, de verdad...
No le
dio tiempo a añadir nada más, pues Yaiwey ya le había cogido
su mano y la investigaba concienzudamente. Mostró una expresión
asombrada tras varios segundos de pleno silencio. Miró a Melissa,
con ambas cejas arqueadas.
—¿Cuánto
tiempo hace que te duele?
—Pues...
—¿Cuánto tiempo hacía? ¿Dos horas? ¿Tres? No lo sabía—.
Unas dos horas quizás...
—Te
la has roto —informó Yaiwey enseguida—. Ven, que te la curo.
Syna
caminaba sin rumbo alguno, esquivando a toda la gente que pasaba por
la calle. Algunos se volvían a observarla mejor. Sus ojos los
dejaban mudos. Otros, en cambio, pasaban de largo, ignorándola con
cierto sentimiento de desprecio. Pero a ella todo aquello le daba
absolutamente igual. Su mente estaba demasiado ocupada asimilando lo
que acababa de ocurrirle.
Los
recuerdos de cuando era una niña indefensa volvían a su memoria.
Los había creído perdidos, pero al parecer, estos no querían ser
olvidados.
—¡Por
ahí! —gritaba un guardia—. ¡La he visto, se ha escondido en
aquel callejón!
Sabía
que se refería a mí, por lo que corrí como si no hubiera
mañana hacia la dirección contraria. Tarde o temprano me iban a
encontrar; lo había asimilado desde hacía tiempo.
Zigzagueé
por entre las oscuras y tenebrosas calles. Había conseguido
esconderme tras unos barriles durante toda la noche. Faltaban unos
minutos para el amanecer cuando me encontraron. Yo, al ser más
pequeña que ellos, pude escurrirme y salir pitando hacia ninguna
dirección en concreto. Sabía que sólo me quedaba aquella salida.
Correr.
Si
me paraba a pensar, era deprimente que estuviera en aquella situación
el día de mi noveno cumpleaños. Pero la vida que me había sido
otorgada consistía en aquello: huir de las autoridades, mentir sobre
mi origen y vivir en pésimas condiciones. Todo hubiera sido más
fácil si...
No
quise pensar en ello. Estaba en una situación peliaguda, y
necesitaba concentrarme y utilizar los cinco sentidos —seis, si
también contaba mi pequeño don—. El instinto hizo que siguiera un
determinado camino. Nunca lo había recorrido, pero no había tiempo
para estrategias. Mi limitada mente infantil no podía hacer grandes
esfuerzos mientras mi corazón oprimía a los otros órganos de tan
alterado que estaba.
Terminé
en un callejón sin salida. Me detuve, al borde de las lágrimas.
«Ante
todo, sé fuerte, mi pequeña».
Las
palabras de mi madre volvieron a mi memoria. Logré oír los pasos de
los guardias que se acercaban. ¿Estaba perdida? No. Aún me quedaba
una cosa por intentar.
Apreté
los puños con fuerza, cerré los ojos y me concentré. Sabía que no
podría lograrlo estando tan nerviosa, por eso intenté calmarme lo
antes posible. Parecía que lo lograba. Aquella sensación recorría
mi cuerpo de arriba a abajo, proporcionándome un sentimiento de
poder indescriptible. Sentía que mi interior explotaba. Eso se
sentía eufórico al ser liberado por fin. Y es que nunca me
había atrevido a mostrar mi otra parte.
Pero
entonces una extraña debilidad nubló mis sentidos. Mis rodillas
empezaban a temblar, amenazando con doblarse. Abrí los ojos y dejé
de concentrarme. Intenté anular todo el poder que había liberado,
pero este me había dejado demasiado débil. Había abusado de él, y
aquello no era bueno en alguien tan inexperta y pequeña como yo.
Con
las últimas fuerzas que me quedaban, intenté llegar hasta el portal
de una puerta. Allí podría ocultarme si los guardias llegaban.
En
el momento en el que me apoyé en la puerta, pude sentir la presencia
de uno de los hombres que me buscaban. No sabía si había logrado
verme o no; el caso es que se acercaba.
Mis
alientos eran desesperados, por mucho que me esforzara por hacerlos
silenciosos. Tenía la tentación de tirarme en el suelo, pero mi
alma me lo impedía. Esta se aferraba a la vida más que nunca,
sufriendo a su vez.
Él
estaba cerca. Lo percibía. Me arrebujé contra la esquina, pero las
esperanzas de sobrevivir se escapaban por momentos. Las respiraciones
pausadas de aquel enorme hombretón ya estaban cerca. Podía oler
incluso su sed de sangre. Qué lástima. Posiblemente pensaba que
servir a un señor que se había autoproclamado gobernador le haría
feliz.
Los
primeros rayos de luz provenientes del cielo —que ya empezaba
a clarear— me dieron en la cara. Los observé, maravillada.
Disfruté de aquel momento como nunca antes lo había hecho, pues
estaba segura de que sería la última vez que viera la luz.
Y
entonces la puerta sobre la que estaba apoyada se abrió de sopetón,
y una mano me tiró hacia atrás, llevándome al interior de la casa.
Yo, con lo débil que estaba, caí al suelo, desfallecida. Pequeños
puntos de colores causados por la cegadora luz de la estrella me
ayudaron a no poder observar con claridad qué ocurría ante mis
ojos. Por eso me sorprendí al sentir una gota de líquido
estrellarse contra mi tobillo. Miré en esa dirección y descubrí un
pequeño punto rojo que se corría hacia abajo lentamente.
Sangre.
Dirigí
mi mirada hacia el guardia; estaba muerto en el suelo, con un
cuchillo sobresaliéndole del pecho. Fue entonces cuando se me
ocurrió investigar a aquel que me había salvado la vida.
Era
un hombre de cabellos negros y ojos del color del cielo. Me sonreía.
No
supe por qué, pero adiviné quién era. ¿Instinto? ¿Mi sexto don?
Ni idea. Lo único que sentí a continuación fue una inmensa paz y
confianza. No cabía duda de que había llegado a mi hogar.
Y
luego, me desmayé.
Frustrada,
se dirigió hacia una esquina y golpeó su puño contra la pared de
piedra de una casa. Los recuerdos la mataban por dentro, golpeando
sus entrañas y haciendo que se sintiera confusa y débil.
El
fuego de la chimenea era cálido, cosa que Melissa agradeció, dado
el frío que hacía fuera. Había descubierto que, aunque durante el
día el ambiente era primaveral, en la noche las temperaturas
disminuían notablemente.
En
aquel momento, le estaba haciendo un par de trenzas a Cede. Esta se
había acomodado en el suelo y sonreía con gran felicidad. Yaiwey
intentaba aprender a hacer aquel extraño peinado, observando con
curiosidad. Crad tenía la vista fija en el fuego, sentado sobre una
butaca roja, ausente a todo lo demás y perdido en sus propios
pensamientos. Tan sólo el crispar de las chispas rompía el silencio
sepulcral de la estancia.
Al
fin, Melissa terminó de hacer las trenzas. Cede cogió un espejo que
tenía preparado en la mesa, ante ella. Sonrió aún más al ver el
resultado. Luego, se volvió hacia Melissa y la abrazó con fuerza y
cariño. Ella le devolvió el abrazo, agradecida. Hacía muy poco
tiempo que se conocían, pero ya se habían encariñado y no podían
separarse la una de la otra.
Un
extraño instinto condujo su mirada hacia la posición que ocupaba
Crad. Pudo observar, con sorpresa, que este las estaba mirando y...
¿aquello era una sonrisa? ¿Estaba sonriendo? No pudo averiguarlo
del todo, pues él enseguida adoptó la misma expresión indiferente
de siempre y desvió la mirada de nuevo hacia la chimenea.
—Cede
—llamó Yaiwey—. ¿Puedes ir a buscar mi libro, por favor?
—Ya
voy yo —irrumpió Crad, levantándose ya de la butaca.
—¡No!
—exclamó Cede—. Me lo ha dicho a mí —indicó señalándose a
sí misma con el dedo índice.
—Pero
si tú no llegas a la estantería —contestó él encaminándose
hacia la habitación de al lado.
—¡Mentira!
—gritó Cede echando a correr para avanzar a Crad.
Ambos
salieron del salón entre empujones y gritos.
—Hermanos...
—murmuró Yaiwey observando la puerta, ahora solitaria—. Se
quieren, pero a veces no dejan de discutir.
Melissa
dirigió su atónita mirada hacia la anciana.
—¿Son
hermanos? —preguntó.
—Oh,
por supuesto, querida —le respondió ella—. ¿Es que no lo
sabías?
Melissa
negó con la cabeza encogiéndose de hombros. ¿Cómo iba a saberlo
si nadie se lo había dicho? Pero una tremenda duda asoló su mente.
—¿Y
sus padres?
Yaiwey
clavó su mirada en el suelo, melancólica, y Melissa pudo observar
una cierta sombra de tristeza en su rostro.
—Sinceramente,
no lo sé —dijo sin moverse ni un centímetro—. Los encontré
hará unos seis años, cuando Cede apenas tenía dos y Crad once.
Estaban en una calle, muertos de hambre y frío. Crad abrazaba a Cede
amorosamente, y enseguida supe que eran hermanos. Los acogí en casa,
pero ellos nunca me quisieron decir dónde estaban sus padres ni qué
los había llevado a aquel estado. —Posó sus verdes ojos en los
azules de Melissa, e intentó que su expresión fuera la misma de
siempre—. De todos modos, si ellos no querían contármelo, no les
iba a obligar.
Melissa
asintió, pero su conciencia estaba lejos de allí. Intentaba
imaginarse a un Crad débil y sucio, tirado en una calle sin ningún
arma ni esa expresión de valentía que poseía. Pero no pudo. Era
algo demasiado terrible como para que ella lo pudiera soportar.
Fue
entonces cuando Cede entró en la sala, con un grueso libro en sus
brazos y una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. A su
espalda caminaba Crad.
La
niña dejó el libro sobre la mesa, y bostezó instantáneamente. Sin
poder evitarlo, Melissa también lo hizo, sentada en el sofá.
—Deberías
irte a dormir —le dijo Yaiwey a Cede mientras le frotaba la
mejilla. Luego miró a Melissa con una sonrisa cómplice—. Y creo
que tú también. Hoy ha sido un día duro para ti.
Ella
asintió. Estaba completamente de acuerdo.
Una
luz blanca y pura se filtraba por la ventana de la habitación,
acariciando el rostro de una Melissa con la expresión cansada y
ojerosa. Su camisón era suave y cálido, su cama mullida y cómoda,
y la habitación sencilla y acogedora. Aún así, no había manera de
pegar ojo. Habían pasado horas, y ella seguía igual. Resoplando, se
incorporó y posó sus descalzos pies sobre el frío suelo de madera.
—Está
decidido —dijo Crad—. Tengo que irme ya.
Miraba
el cielo estrellado a través de la ventana, con las palmas de las
manos sobre su cuero cabelludo. Yaiwey seguía sentada en su butaca,
con el libro sobre sus rodillas.
—Pero
acabas de llegar —se quejó. Por su tono de voz se podía adivinar
que llevaba un tiempo insistiendo.
Crad
la miró fijamente.
—No
puedo perder tiempo —explicó—. Me han avisado de que unos
miembros de la Séptima Estrella que habitan al sur de Herielle
necesitan ayuda con las autoridades. Mi deber es ir allí.
—¡Pero
Cede se pondrá muy triste si te vas ahora! —exclamó Yaiwey con
preocupación.
—No
puedo hacer nada más —se excusó Crad.
Yaiwey
se quedó callada, mirando a Crad con un rostro que no mostraba
expresión alguna, lo que inquietó un poco a Crad. Siempre había
sentido curiosidad hacia los pensamientos de esa anciana que había
actuado como una madre para su hermana y para él, sin nunca
importarle.
—¿Y
Melissa? —preguntó de repente—. ¿Qué pasa con ella?
El
rostro de Crad se endureció, y desvió la mirada de nuevo hacia el
exterior.
—Se
quedará aquí, con vosotras —decidió.
—Sabes
que nunca lo aceptará.
—No
tiene más remedio. Si se viene conmigo no sobreviviría. Es
demasiado débil.
El
silencio reinó en la estancia. Crad supuso que Yaiwey ya no iba a
añadir nada más, por lo que se dirigió hacia las escaleras para
subir al piso superior y preparar sus cosas. Su sorpresa fue grande
cuando se encontró a una sombra sentada en el último escalón. La
blanquecina luz del astro que se alzaba en el cielo le permitió ver
unos ojos azules y penetrantes. Se quedó mudo, observando la
expresión de la joven. No sabía con certeza qué era lo
que mostraba esta, pues era indescriptible.
En el
piso inferior, Yaiwey ya se había acercado para observar la escena.
Lo había previsto con antelación.
—Quiero
ir contigo —dijo Melissa de repente, serena y seria a la vez—.
Llévame contigo al sur, Crad.

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